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Opinión

  • | 1983/06/13 00:00

    FEDESARROLLISMO

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Resulta atractivo, de vez en cuando, poder estar de acuerdo con la mitad de lo que dice Fedesarrollo. Ante la escasez de polémica y la desaparición de las ideologías, esa prestigiosa entidad de investigadores ha ido creando un virtual monopolio sobre el pensamiento económico y ejerce, quizás justificadamente, una dictadura intelectual sobre economistas, estudiantes, políticos, empresarios, periodistas, mandos medios y hasta ministros del ramo...

Favor enviar flores. En las últimas semanas, moviéndose con destreza en el campo yermo del pensamiento económico contemporáneo, Fedesarrollo se ha convertido en adalid de un curioso intento por darle resurrección artificial a Lord Keynes, precisamente en el centenario de su nacimiento. Y el intento se explica fácilmente si entendemos que habiendo el gobierno de Belisario nutrido sus filas ejecutivas con los últimos reaganistas que quedaban en aquella asociación, ésta se convirtió, por fuerza mayor, en el inteligente reducto keynesiano que estamos viendo. Los primeros auxilios al keynesianismo comenzaron a aplicarse hace pocas semanas cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos, vislumbrando como cualquier Contralor colombiano su futura reelección, resolvió relajar por un momento el "monetarismo" rígido que tan buenos resultados anti-infiacionarios arrojó en los últimos dos años. Este viraje estaba basado asimismo en el hecho de que los índices de la reactivación económica, producidos por dos años de reaganomics, eran ya todos positivos, lo cual permitía relajar el control monetario para darle oxígeno suficiente a la recuperación. Esta conducta probaba también que la teoría económica conservadora no era dogmática, sino reflexiva y elástica ante cada coyuntura. Pero los fedesarrollistas -colombianos y norteamericanos- rápidarnente cantaron victoria invitando al sepelio del reaganomics, ceremonia durante la cual se exhumaría simultáneamente el cadáver de un Lord inglés de la preguerra para insuflarle nueva vida. El mensaje era: "Favor enviar flores en grandes cantidades"...

Oferta vs. demanda. Sin tener en cuenta dentro del entusiasmo de la resurrección que la teoría keynesiana comenzaba con la certeza de que los salarios reales eran demasiado altos para la productividad y que constituían así la causa eficiente detrás del desempleo, los neo-keynesianos han hecho todo un montaje en torno de la escasez de demanda agregada para solicitarle al gobierno tres peligrosas medidas de reactivación: 1.- Mayor devaluación, 2.- Mayores salarios reales, y 3.- Mayor gasto público aún a costa del déficit fiscal. Es lo que se llama "el modelo de la inflación". El diagnóstico de los fedesarrollistas se resume así: "La industria enfrenta insuficiencia de demanda efectiva y la agricultura restricciones por el lado de la oferta". El 50% del diagnóstico con el que estoy de acuerdo es éste último y lo de la devaluación. Pues tratar de arreglar la insuficiencia de demanda, proveniente del hábito arraigado de nuestras clases medias de consumir en el extranjero por medio del mercado interno, resulta una utopía. Se podría decir que en este país no se pagan salarios sino prestaciones sociales. Si las empresas están virtualmente quebradas en la situación actual, con unos pasivos de cesantías que traspasan en la práctica su propiedad a los trabajadores ¿cómo resistirían un nivel superior de salarios que no estuviera acompañado de aumentos en la productividad? Y si el déficit fiscal es casi el 5% del producto bruto, ¿cómo incrementar el gasto público sin decretar nuevos impuestos que asfixien en forma definitiva a la industria moribunda? El modelo propuesto, con excepción de los estímulos agrícolas, es ante todo inflacionario y, luego, catastrófico para el régimen de libre empresa. Rompería el equilibrio entre empresa privada y empresa pública, en favor de la última, cuya ineficiencia todos conocemos. Para mantener la burocracia y el ritmo de las inversiones públicas el Estado se vería obligado a multiplicar los impuestos, situación en la que sólo tributarían los empleados y muy posiblemente sólo los del sector público. Sin producción, se envilecería la moneda y se dispararía la inflación, dando al traste en últimas con el propio sistema democrático...

Reagan vs. Keynes. Siendo el problema básico la decadencia de las industrias y el aumento del desempleo, parecería evidente que la solución radica en fortalecer el sector privado, es decir, en adoptar una política de incentivos a la oferta netamente reaganista no sólo en el campo sino en las ciudades. El gasto público crea empleos improductivos en el sector público y los elimina en el privado. Ese puede ser un camino aceptable hacia el socialismo de Estado, pero está muy lejos el gobierno de Belisario de haber adoptado semejante modelo para el desenvolvimiento de nuestra sociedad. Hasta el doctor López, de vuelta del fedesarrollismo de su campaña, afirmó la semana pasada, con reminiscencias de The Economist, que el dilema era 'exportar o morir'. Es decir, palabras más, austeridad del sector público, incentivos a la iniciativa privada, estímulo al espíritu empresarial (el doctor López hablaba en Medellín) e instauración de un régimen económico competitivo. Reagan en vez de Keynes, desde luego.
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