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Opinión

  • | 2011/01/15 00:00

    Ferias y fiestas

    Los dineros previstos para las elecciones "atípicas" no pueden ser usados para socorrer a los damnificados. Lo dicho: lo urgente no puede hacer que se descuide lo importante.

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Medio país está inundado. Y ya pasaron las fiestas: las ferias de Cali y Manizales, la de Blancos y Negros en Pasto, la del Diablo en Riosucio. El alcalde de la devastada Bogotá, Samuel Moreno, ya regresó de sus vacaciones en Miami, y el que fue nombrado ad hoc para ocuparse de las inundaciones de Mosquera, Mario Galán, decidió tomar también las suyas. El general Manuel José Bonnet, designado gobernador del Magdalena en medio de la catástrofe invernal para sustituir a Omar Diazgranados, destituido por corrupción, apenas tuvo tiempo para celebrar su posesión con setecientos invitados antes de que el destituido fuera restituido en su cargo por una acción de tutela interpuesta ante un juez municipal. Medio país sigue inundado, el Canal del Dique sigue roto porque la supergrúa que iba a arreglarlo al final no sirvió, los tubos del colector de aguas negras de Cartagena siguen perdidos en el mar. Pero como lo urgente no debe hacer olvidar lo importante, todos los políticos de Colombia se ocupan de otra cosa: las elecciones.
 
Es que ya están encima: en octubre (solo faltan diez meses) hay que elegir alcaldes y gobernadores, concejales y diputados. Así que se barajan candidaturas -las mismas de siempre: Peñalosa, Mockus, etcétera-, se refundan partidos o se fundan otros nuevos, se organizan "talleres democráticos", se pactan alianzas transitorias. Esta vez, por añadidura, se modifica el censo electoral. Los 29 millones de ciudadanos con derecho a votar se reducen a solo veinte: es decir, se elimina de un tajo a casi un tercio de los posibles votantes con el extravagante argumento de que suelen preferir no votar. No parece una reforma muy democrática, pero su fin es, por lo que dicen, noble. Lo explica un politólogo diciendo que "al reducirse el potencial de votantes y compararlo con la votación efectiva, se reduce la abstención".
 
Hombre, pues sí.
 
Otro politólogo asegura que al disminuir el censo disminuirán también los costos electorales. Lo cual no es tan evidente. Pero, en todo caso, ¿por qué son tan costosas las elecciones en Colombia?
 
Las llamadas "atípicas", por ejemplo, convocadas en el Valle del Cauca para elegir gobernador en reemplazo del que fue destituido por intervención en política, cuestan 25.000 millones de pesos. El registrador nacional, Carlos Ariel Sánchez, divide la cifra en dos: 15.000 millones "para la parte técnica", y 10.000 millones más "para la contratación de supernumerarios". Y eso no incluye, por supuesto, la reposición a cargo del Estado de los gastos de los candidatos, que ya se verá cuántos miles de millones representa.
 
Pero ¿no estaba acaso el país en emergencia por las inundaciones del invierno?
 
Sí. Sin embargo, como explica el mismo Registrador, los dineros previstos para las elecciones "atípicas" no pueden ser usados para socorrer a los damnificados ni para invertir en la reconstrucción de los pueblos y las carreteras destruidos porque "ya tienen una afectación presupuestal, que son las elecciones del Valle".
 
Lo dicho: lo urgente no puede hacer que se descuide lo importante.
 
Y todavía no sabemos cuánto va a costar la fiesta de posesión del nuevo gobernador, que solo gobernará ocho o nueve meses. Porque, como dije más arriba, habrá de nuevo elecciones en octubre.
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