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Opinión

  • | 2017/04/30 10:51

    ¡Que suenen los acordeones!

    "En los chistes con paisanos, la capital de Cesar ha dejado de mencionarse con el gracejo Valle de Old Parr para pasar al mote Dubaipar".

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“Casi uno de cada dos cesarenses es pobre. A pesar de la riqueza carbonífera que tenemos y de los miles de millones invertidos recientemente, hay 13.000 nuevos pobres en Cesar. Es como si la mitad de Bosconia se empobreciera de repente”, escribió en su columna el economista vallenato y experto en pobreza Fernando Herrera, quien de tiempo atrás ha venido llamando la atención sobre el impresionante ascenso de los índices de pobreza estos últimos años en Valledupar, la tercera más pobre del país.

Según el DANE, la ciudad con mayor incidencia de pobreza monetaria en 2016 fue Quibdó, con 49,2 %; seguida por Riohacha, con 45,5 %; y Valledupar, con 35,5 %. “¿Cómo así que un departamento con recursos importantes y con capital humano no disminuye la pobreza? ¿Dónde está el problema?”, finalizaba Herrera preguntándose.

Sin embargo, para un desprevenido que visite Valledupar por estos días Herrera no es más que un alarmista, pues lo que corre como un torrente desbordado por esta ciudad son ríos de dinero. “¡Primo, plata es lo que sobra!”, oí decir antier a un vecino de Novalito, el barrio de antiguos ricos al que tras la caída del algodón le decían “El tubo”: él tuvo fincas, él tuvo lanchas, él tuvo un avión”.

En los chistes con paisanos, la capital de Cesar ha dejado de mencionarse con el gracejo Valle de Old Parr para pasar al mote Dubaipar, pues no es tanto que la ciudad viva en una eterna parranda (es la cultura ancestral y eso no va a cambiar), sino los precios que se cobran, que no se compadecen con la realidad. Basta hacer una rápida revisión de las facturas de la celebración de los 50 años del Festival.

Este año entraron, en 4 días, 78 vuelos: todo un record. Los tiquetes en avión, en un solo trayecto, sobrepasaban el sábado el millón de pesos (¡Ni a New York, pues!); el arriendo de una casa para entre seis y ocho personas fluctuaba entre los cuatro y los veinte millones “la temporada”; la “cuota” para disfrutar de una parrandita bajo el paloe´mango del patio de alguna casa de vecino estaba entre los trescientos y los quinientos mil pesos; el palco para ocho personas para la final en el Parque de la Leyenda costaba la bicoca de ¡doce millones de pesos!, eso sí: con IVA incluido. Aunque también hay que aclarar que el whisky iba aparte. ¡Es más barata la boleta para un palco en la Ópera Garnier, incluyendo el pasaje ida y regreso a París!

¿Qué está pasando en Valledupar? La ciudad vive de tiempo atrás en una burbuja que ha llevado, en breves años, a la aparición de una gran cantidad de barrios. ¿De dónde, de repente, ha salido tanta gente? ¿Dónde trabajan todas estas hordas que hace una década no existían? ¿De dónde sale el dinero, si la ciudad no se distingue propiamente por su carácter empresarial? ¿Acaso todo obedece a la bonanza minera? De ser así, no sería la primera que vive la ciudad y no está de más recordar que todas han acabado mal.

¿Arrastramos, como Sísifo y su piedra, el ejemplo del pasado sin poderlo superar? Y los gobernantes ahí, repitiendo homenajes a los martinelías para que el pueblo no recuerde que padece hambre y en su lugar grite alegre, “Esto no es vida, primo. ¡Esto es un vidón!”.

Con tantos excesos en medio de la pobreza más absoluta lo único cierto es que aquella pregunta de Echandía ya no es válida. En su lugar hay que preguntarse, “la riqueza, ¿para qué?”.

@sanchezbaute

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