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Opinión

  • | 2016/12/01 09:02

    Lo que dejó Fidel

    Esta semana, en la que coinciden la aprobación en el Senado del nuevo acuerdo de paz, y la muerte del líder de la revolución cubana, Fidel Castro, se me viene a la cabeza una charla que tuve con mi padre.

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Quienes hemos tenido la fortuna de crecer cerca a nuestros padres, sabemos perfectamente que convivir con ellos no siempre es fácil. Muchas veces, los hijos nos sentimos abrumados ante la inmensa responsabilidad que implica tener a los papás contentos, tranquilos y su voz a decibeles razonables. En estas relaciones, que se rompen solo con la muerte, se vuelve necesario hacer concesiones de lado y lado. Los progenitores tienen que aguantarse una infinidad de situaciones que seguramente preferirían evitar: las reuniones de padres en el colegio, los llantos en la noche, las pataletas, las peleas con los hermanos, los amigos metidos en la casa, las quejas de los vecinos desesperados, las recogidas en todas partes y, en general,  los problemas que vienen en combo con la paternidad.

Los hijos, por nuestra parte, tampoco la tenemos fácil. A nosotros nos toca sufrir regaños que a veces no compartimos, reuniones familiares que poco nos entusiasman, las hormonas de las mamás, los bambucos en carretera, las llamadas en cualquier momento del día a preguntar cómo se prende el televisor o cómo se desbloquea el celular, y la condición de arbitro imparcial cuando a los papás les da por pelear. Crecer con ellos, viene además de la mano con tener que oír las mismas historias a lo largo de los años, una y otra vez… Sin embargo, esas historias que en su momento resultan repetitivas y en ocasiones aburridas, con el tiempo van cobrando sentido, y se vuelven una compañía y un referente al cual remitirse en distintos contextos de la vida.

Esta semana, en la que coinciden la aprobación en el Senado del nuevo acuerdo de paz, y la muerte del líder de la revolución cubana, Fidel Castro, se me viene a la cabeza una charla que tuve con mi padre. Alguna vez, hace ya varios años, me dio por sentarme con él y preguntarle sobre sus recuerdos de infancia. Quería saber cómo era la personalidad de mi abuelo, su núcleo familiar, la vida en un pueblo, la escuela, y entender a grandes rasgos el contexto en el que había crecido mi papá, que parecía tan distinto al mío. En esa charla, le pregunté cuál era su primer recuerdo de tristeza. Quedé sorprendido cuando me dijo que a sus escasos 10 años ya había sufrido una pena de amor.

De inmediato me interesé en el cuento y quise saber quién era la responsable de  haberle roto el corazón por primera vez. Resulta que a tan corta edad, él ya había logrado persuadir a una niña muy linda del pueblo para que fuera su novia. Sin embargo, la dicha le duró poco. Aunque en medio de la inocencia del amor de dos infantes la cosa marchaba muy bien, cuando mi papá fue orgulloso a darle la noticia a mi abuelo, él, en un tono cortante, le ordenó acabar de inmediato la relación con “esa niñita”. Ahogado en llanto, y sin entender la reacción de mi abuelo, mi padre le preguntó si había una razón de peso para dejarla ir. La respuesta de su viejo narra perfectamente lo que ha sido y sigue siendo la historia de nuestro país: “¡mijo usted no puede seguir viendo a esa niña porque es goda! Y usted sabe muy bien que los conservadores nada tienen que hacer aquí. Así que haga caso”.

Me acuerdo justo hoy de esa anécdota, porque la violencia, que en últimas fue la responsable de que mi padre tuviera que acabar su primera relación amorosa, está a punto de llegar a su fin. Me refiero a esa violencia que desde hace tantos años nos divide y nos desangra.

El nuevo acuerdo de paz acaba de ser aprobado por mayoría en el Senado, y su implementación marcará de manera definitiva el tránsito de las FARC de organización armada a un movimiento político. Esta decisión legislativa, que tendrá como consecuencia inevitable el surgimiento de nuevos liderazgos salidos de las filas de la insurgencia, coincide con la muerte de Fidel Castro, quien es seguramente un referente y un modelo a seguir para muchos de los integrantes de las FARC.

Los antes guerrilleros y ahora políticos, deben lograr bajar a Fidel del pedestal en que lo tienen, y entender que el socialismo y comunismo como sistemas políticos no han funcionado y están mandados a recoger. Sin embargo, de quien alguna vez fuera su norte, deben quedarse con lo bueno y hacer de ello su bandera. Castro logró hacer de una pequeña isla, el epicentro de los grandes momentos de nuestra historia reciente. Consiguió además, mantener a raya a los Estados Unidos, darle a su pueblo la mejor educación, un gran sistema de salud, reducir a casi nada la violencia, los robos, las bandas delincuenciales, sobresalir en los deportes, etc… Pero, sobre todo, Fidel logró hacer de Cuba la población más digna y, a la vez, más generosa que la humanidad haya conocido. Si en Colombia algún político, venga de donde venga, logra romper la cultura individualista que tenemos, y sembrar en nosotros la mitad del amor de patria que Fidel cultivó en su pueblo, empezaremos a halar todos para el mismo lado, a ayudarnos los unos a los otros, se acabará la polarización y ningún niño tendría que dejar a su novia por goda.

En twitter: @federicogomezla

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