Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2003/05/05 00:00

Fidel en su isla

Nadie que haya oído hablar de Fidel Castro en los últimos cuarenta años, desde que instaló el paredón, puede sorprenderse ahora

Fidel en su isla

Nadie le puede creer a Fidel Castro que esos pequeñoburgueses que leían periódicos extranjeros a escondidas en La Habana, y a quienes por eso condenaron sus jueces a treinta años de cárcel, constituían una amenaza para su régimen. Los pequeñoburgueses que leen periódicos y quisieran poder escribir en ellos son justamente la principal creación de su régimen. Nadie le puede creer tampoco que los lumpenproletarios que secuestraron un transbordador a punta de pistola para escapar a Miami, y a quienes por eso condenaron a muerte, constituían una amenaza para su régimen. Son ellos justamente -y las jineteras que se prostituyen para los turistas, y sus hermanos proxenetas- el mayor fracaso de su régimen. El cual no ha creado "hombres nuevos", como se pretendía ("seremos como el Che", cantan los niñitos de las escuelas de Cuba), sino hombres de los de siempre. Burguesitos. Hamponcitos. Ni los primeros merecen la cárcel, ni los segundos la muerte. Los primeros merecen más bien que les den periódicos para leer y escribir, y los segundos que les quiten la pistola. Y habría que averiguar cómo hicieron para obtener la pistola en un país tan sometido al control burocrático y policial como Cuba. La omnipresente policía cubana lleva cuarenta años dedicada a espiar a quienes leen periódicos, pero por lo visto no controla a quienes compran pistolas. ¿O es ella la que las vende? Y los periódicos prohibidos ¿cómo llegan a la isla? Que se fusile a los responsables. Son funcionarios y policías del régimen. Por otra parte, tampoco nadie que haya oído hablar de Fidel Castro en los últimos cuarenta años, desde que entró en La Habana a instalar el paredón, puede sorprenderse ahora. Digamos, por ejemplo, José Saramago, stalinista de toda la vida que súbitamente se descubre herido en su sensibilidad de intelectual. O, digamos también, los cubanos exiliados de Miami, viejos anticastristas profesionales que en el fondo están felices de que el viejo tirano les dé una vez más la razón. Si ahora lo critican unos y otros no es porque les escandalice que mande matar gente, como ha hecho siempre. Sino, otra vez, porque les disgusta que siga haciendo otra cosa que siempre ha hecho: oponerse al poder hegemónico de los Estados Unidos. En cuyo nombre, paradójicamente -es decir: contra cuyo nombre-, él mismo ejerce su propio poder local: sin ese enemigo, Fidel no existiría. El lo sabe, y por eso explica ahora que los presos y los muertos de Cuba son culpa de Bush, con el mismo cinismo que lleva a Bush a decir que los muertos de Irak son culpa de Saddam y que lo hará decir mañana, cuando invada también a Cuba, que los muertos de esa guerra serán culpa de Fidel Castro. Porque no dudo de que el poder imperial de los Estados Unidos constituye una amenaza para Cuba: lo ha sido siempre, como lo es también para el resto del mundo. Por eso, personalmente (si es que esto importa; y sí, creo que lo personal es, en política, lo que más importa), siempre he apoyado a Fidel Castro en su oposición a ese poder y lo he admirado por ella. Siempre es bueno oponerse al poder, sea el de los Estados Unidos en el mundo o el de Castro en su isla. Pero creo que para eso existen métodos distintos y mejores que el del paredón y la cárcel. Precisamente los mismos métodos que Castro niega: los de la libertad. La libertad de informarse (leyendo los periódicos, por ejemplo), y la libertad de irse (a Miami, si es el caso). Justamente -y tampoco es casualidad- las libertades que Bush y su hatajo de fascistas están desmantelando no sólo en el mundo entero a punta de bombas, sino en los propios Estados Unidos a punta de "patriotismo", "lucha contra el terrorismo" y "defensa de la seguridad nacional". Los mismos argumentos que, para Cuba, esgrime Castro. Y por los mismos motivos: porque el poder, en tanto que tal, es enemigo de la libertad. ¿Libertades 'formales'? Sí, libertades formales. No hay otras. Ni Bush ni Castro creen en ellas, como sí creían aquellos en cuyo nombre las aplastan. Creía José Martí, que por ellas luchó contra el poder imperial de España y puso en guardia contra el de los Estados Unidos, que por entonces ya le había echado a Cuba el ojo. Creían los founding fathers de los Estados Unidos, que por ellas lucharon contra el poder imperial de Inglaterra y se embarcaron por primera vez en la historia en la peligrosa aventura de permitir que la gente pensara lo que le diera la gana y decidiera en libertad, en vez de que, como siempre, el poder de turno decidiera por ella. Creían en la posibilidad de las libertades porque confiaban en la inteligencia de la gente. A mí me pasa lo mismo. A Bush y a Fidel no.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.