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Opinión

  • | 1999/09/06 00:00

    FIEBRE HIP HOP

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El que no sepa que es el hip hop tiene dos opciones. La primera, revisar su cédula y si
tiene más de 60 años, puede estar tranquilo. A esa edad las preocupaciones son menos mundanas y se
está pendiente de la pensión. Además, a las personas mayores se les permiten ciertas licencias, sobre todo
en lo que se refiere a los fenómenos de coyuntura.
La otra es tener menos de 60 años y no saber qué es el hip hop. Ahí la cosa es más delicada. En este caso es
bueno que se pregunte en qué mundo vive. O que se pregunte cuántas horas de televisión nacional ve al día.
Porque si son más de dos es probable que quede desinformado. Y si son más de tres corre el riesgo de
quedar alienado de la realidad. Aunque parezca difícil de creer, hay vida más allá de la guerrilla, los
paramilitares, las masacres, las tasas de interés y las piernas cruzadas de Viena Ruiz que nos muestra a
diario la pantalla chica. La prueba más fehaciente es la cultura hip hop que está revolucionando a la juventud
en Colombia y el mundo.
Sin embargo, el hueco negro de la guerra y su voraz torbellino informativo se chupan todo lo que encuentran
por delante y nos impiden observar y entender ciertos fenómenos sociales y culturales que están ocurriendo
en el país. Así, puede que estemos muy enterados de las veleidades ideológicas del 'Mono Jojoy' a través de
sus autorreportajes en la prensa y familiarizados con la última tecnología militar pero no sabemos cuáles
son los valores e intereses que mueven a las nuevas generaciones. Tenemos un ojo clínico para diferenciar
entre un Galil y un AK 47 pero ignoramos el significado histórico de la cultura hip hop.
Y lo ignoramos a pesar de que el hip hop tenga que ver con las armas y con la violencia, tan recurrentes en
nuestra vida cotidiana. Pero esta es tan sólo una de sus múltiples facetas. Porque el hip hop también tiene
que ver con la droga, el sexo, el alcohol, la exclusión social, el aborto, la rumba y la lucha por ganarse la
vida. El hip hop es un estilo de vida, una manera de pensar, de expresarse, de vestirse y de entender el
mundo.
Aunque nació como una subcultura de las minorías negras y latinas del Bronx de Nueva York a mediados de
los años 70 que se manifestaba a través de la música rap, el grafito y el baile, la cultura hip hop es hoy un
fenómeno mundial que se ha convertido en la válvula de escape de una nueva generación de jóvenes que a
falta de ideales expresa su rebeldía y su angustia a través de sus vivencias personales.
Sus canciones son crónicas de sus propias vidas y generalmente glorifican la droga, el sexo y el
materialismo. Tratan de encontrarle un sentido poético a la violencia y la exclusión que les tocó vivir. Por eso
el hip hop es la voz de protesta de la juventud y sus vibraciones urbanas vienen de lo más profundo de la
marginalidad social. Pero es una marginalidad que no expresa su rechazo a través del vandalismo y la
delincuencia sino mediante la cultura, la música y el arte. La violencia física entre pandillas está siendo
desplazada por la violencia verbal de su música, en cuya lírica los jóvenes descargan todos sus odios,
frustraciones y falta de horizonte.
Pero el hip hop ha dejado de ser una subcultura de jóvenes, minorías y sectores excluidos. Su ritmo callejero
y su contenido iconoclasta ha contagiado al resto de la sociedad y ahora todos quieren oír sus canciones. Ya
trascendió la música rap y está combinando el blues, el jazz, el soul y en algunos casos la salsa.
En Estados Unidos la fiebre hip hop mueve más de 100.000 millones de dólares y está influyendo en el cine, la
literatura, la publicidad, la política y el arte. Según la revista Time, que le dio carátula hace unos meses, el
hip hop ha transformado el paisaje cultural norteamericano. La joven cantante negra Lauryn Hill, máximo
símbolo del hip hop, ha vendido más de ocho millones de discos en todo el mundo y en los últimos Grammys
se llevó cinco premios, más de los que hubiera soñado Madonna. En América Latina, el grupo mexicano
Molotov tuvo enorme éxito con su diatriba contra el régimen político Gimme tha Power _canción prohibida
en el país azteca_ y en Colombia la música hip hop ya es la cuarta más solicitada por el público después del
rock, la salsa y el heavy metal.
En un mundo en transición, donde las utopías fueron reemplazadas por la incertidumbre y la
confusión, el hip hop se ha convertido en el neoexistencialismo de una generación que expresa su
inconformismo a través del arte marginal. Pero a diferencia de la generación de Mayo del 68, los jóvenes de
los 90 no luchan contra el sistema sino que están en la búsqueda de una identidad y un reconocimiento. No
pretenden abrazar el mundo y llevar "la imaginación al poder". Sólo quieren expresar sus sentimientos y
gritar "aquí estoy, oigan lo que digo".
Y, no cabe duda, los están oyendo.
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