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Opinión

  • | 2004/09/05 00:00

    Filarmónica sin directores... y sin alcalde

    Mauricio Peña Cediel, ex director de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, cuestiona el procedimiento del alcalde de Bogotá Luis Eduardo Garzón para escoger a su sucesor.

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Durante la administración Mockus que terminó el primero de enero de este año se implantó una política de meritocracia -sólo los más calificados podían acceder a los cargos públicos-. Este fue en efecto el mecanismo que usó el ex alcalde para la conformación de su gabinete. Sin embargo, para el ex alcalde no bastaba con que la persona fuera la más preparada si no traía consigo un estilo de trabajo de construcción mediante la colaboración argumentada y, sobre todo, un espíritu de servicio a la ciudadanía, es decir, si no había en ella un sentido muy claro de lo público.

Es pertinente que se discuta la diferencia en los estilos de gobierno de la pasada y la nueva administración, pues no sólo es asunto de cómo el alcalde le habla a la ciudadanía o a los medios sino, aún más importante, con cuáles criterios y de qué manera se va a gerenciar la inversión de los recursos públicos durante la administración Garzón, si se tiene en claro que el ex alcalde Mockus los trataba y se refería a ellos como recursos sagrados pues los consideraba como recursos de todos que existían para el bien de la mayoría.

Mencionaba el ex alcalde en una de sus últimas presentaciones a la prensa, su gran sorpresa al descubrir en el transcurso de una investigación, que el número de asociaciones ciudadanas había disminuido en los últimos diez años, coincidiendo con el mejoramiento de la administración de la ciudad; al parecer, la ciudadanía bajaba la guardia veedora a medida que el Estado cumplía su misión de servir el bien común. Por eso no sorprende la vasta influencia que los grupos de intereses particulares tienen sobre la presente administración distrital y la baja resistencia organizada que esta práctica ha encontrado en la ciudadanía.

Muy efectivos fueron los conductores de servicio público al garantizar su tránsito en días de Pico y Placa para "poder llevar sus vehículos a reparación". A la administración poco le importó si esto disminuía la movilidad de la ciudad o si ponía en riesgo una efectiva medida de reducción de la sobreoferta de transporte público. Poco le ha importado a la administración los efectos que tenga sobre la educación pública el desmonte de las escuelas por concesión, uno de los más grandes ejemplos de altruismo y de compromiso ciudadano desde el sector privado. Ha sido más importante garantizar el apoyo de Fecode para la construcción de un partido político que se viste de amarillo igual que los empleados públicos que se ven al recorrer la ciudad.

Aún más preocupante es que, entrado ya el noveno mes de su primer año de gobierno, el alcalde todavía no tenga su gabinete completo y haya demorado su concreción por buscar la aceptación de un nombramiento de parte de un sindicato. Me refiero al caso de la Orquesta Filarmónica de Bogotá (OFB), establecimiento público cuyo director o directora general es miembro del gabinete distrital, al mismo nivel de la dirección del Instituto de Cultura y Turismo o el de Recreación y Deportes. Desde el 15 de enero y hasta este momento sigue encargado de la dirección general de la OFB el subdirector administrativo y financiero de la pasada administración; esto en un momento de importante transición dadas las renuncias de los dos directores artísticos de la institución, Francisco Rettig y Eduardo Carrizosa, el año pasado. Se ha visto obligada la dirección provisional a nombrar -sin ningún tipo de concurso- directores artísticos provisionales, a la espera de que el Alcalde defina qué es lo que va a pasar con el nombramiento de la dirección general, un nombramiento enteramente de su responsabilidad.

Pero no se trata de que el alcalde no haya dado pasos hacia el nombramiento de alguien. Muy a principios de año se escogió a una persona bastante conocida en los círculos culturales, sólo para echar atrás su nombramiento porque el sindicato de músicos de la orquesta protestó. En mayo el alcalde se reunió con los músicos y les pidió disculpas por haber siquiera pensado en ese nombramiento (¿por qué se disculpó?) y pidió que le mandaran una lista de posibles candidatos al cargo. ¿En qué empresa nombran los subalternos a su jefe? ¿Es esa la mejor manera de garantizar la idoneidad del mismo? Aparentemente no, pues la sugerencia de la orquesta, en una carta respaldada por cerca de ochenta firmas de músicos de la misma fue la de volver a nombrar a Raúl García, el primer director ejecutivo de la entidad y quien dejó el cargo al ser condenado por peculado y falsedad (de paso, preocupa que ese sea el liderazgo que quieren los músicos de la orquesta).

A todas estas, no ha habido ninguna iniciativa para consultar con el público de la orquesta lo que esperan ellos de la persona que se encargará de la orquesta por el resto de la administración Garzón. Parece ser que al alcalde el grupo de interés que menos le importa, por lo menos cuando se trata de la OFB -y también de la educación- es el de los ciudadanos afectados por los servicios que presta su administración.

Las orquestas sinfónicas (que son iguales a las filarmónicas) prestan un servicio cultural de alto impacto de acuerdo con su calidad artística. Entre más delicada sea la selección de su repertorio y sus artistas, entre más finas sean sus interpretaciones, y entre mejor sea el trabajo de preparación de una presentación, más se toca el alma de la gente en un concierto. Es fundamental que como ciudadanos exijamos los más altos estándares artísticos de un bien público y cultural como la OFB. El nivel artístico alcanzado durante las pasadas administraciones, debido sobre todo a la excelente labor del director chileno Francisco Rettig, no puede quedar en el olvido y no debe estar amenazada por ineficiencia administrativa. Una orquesta que no trabaje por mejorar constantemente la calidad de sus actuaciones, por retar y educar al público con nuevo repertorio, y especialmente por ser una institución al servicio de la realización estética de su comunidad es una orquesta condenada a la mediocridad y a la irrelevancia. Ojalá el alcalde reaccione pronto y complete su gabinete nombrando un director o directora general de la OFB libre de ataduras políticas y que esté dispuesto o dispuesta a servir a la ciudad y no a los intereses particulares de grupos de intereses que poco o nada tiene que ver con el bien mayor.

*Administrador cultural y ex director general de la Orquesta Filarmónica de Bogotá
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