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Opinión

  • | 2003/12/11 00:00

    Filias y fobias

    Me gustan: el correo electrónico, las mujeres que están a punto de dejar a sus maridos, las cantatas de Bach, el plátano asado...

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En De Senectute, el extraordinario libro sobre la vejez de Norberto Bobbio, el pensador italiano hace una división, que él considera esencial, entre los seres humanos: según Bobbio hay un abismo (de carácter, de actitud ante el mundo y ante la vida) entre aquellos que consideran que hay algún tipo de supervivencia después de la muerte y aquellos que piensan que los seres humanos nos morimos definitivamente. Bobbio, como Borges, como Konrad Lorenz y Bertrand Russell, son de los que no creen en ningún más allá después de la vida. Filósofos creyentes como Pascal, Kant o Heidegger, sí confían en algún tipo de supervivencia, si no del cuerpo, al menos de esa cosa intangible que algunos llaman el alma, o el ser. Esta actitud metafísica es quizá la que mejor distingue a unos seres humanos de otros y la que más radicalmente nos divide. Por si les interesa, yo soy del partido de los que no creen en la inmortalidad, y más aún, la considero de una insufrible vanidad personal. Pero hay otros detalles, en apariencia insignificantes, de los que también dependen nuestras inclinaciones, y los que nos llevan a decidir con quién nos gustaría almorzar, pasear, pasar unas vacaciones o al menos una noche. Hay una buena revista cultural peruana (Etiqueta Negra, se llama, y la dirige un chino tropical, Julio Villanueva Chang), en la que siempre les piden a sus colaboradores que hagan una lista de sus gustos y de sus disgustos, o mejor, según el léxico de la publicación, un resumen de sus filias y de sus fobias, de aquello que aman y aquello que detestan. Más que la breve biografía de los autores, siempre tan mentirosa, creo que esta tarjeta de presentación nos puede orientar para decidir si queremos o no leer lo que han escrito. Después, a lo mejor, resulta que estábamos equivocados, pero creo que es una buena orientación inicial. Yo, por ejemplo, encuentro difícil de leer a alguien que pone entre sus filias a los hipopótamos pigmeos, a las cabezas reducidas y a la Business Class de los aviones. En este último punto prefiero la respuesta del abuelo de García Márquez a quien le preguntaron por qué viajaba en segunda clase: "Porque no hay tercera". Pocas veces me he sentido, en cambio, tan de acuerdo con las fobias y filias, como con la siguiente lista de Juan Villoro, un gran escritor mexicano. Filias: "Las películas en las que hay una escena larguísima en un tribunal, los defectos de mis amigos, las iglesias sin misa, los viajes en tren, la tinta azul, los que saben pero no hablan como si supieran, las mentiras que me creo". Fobias: "Los trámites de identidad, el teatro interactivo que obliga a subir a un escenario a hacer el ridículo, la calvicie, los remedios contra la calvicie, las flautas andinas con amplificador, la comida o la decoración con karma o energía, la ultrajante sinceridad absoluta". A veces encuentro, claro, acuerdos y desacuerdos. No puedo estar más de acuerdo con Carlos Monsiváis como cuando dice que no soporta "a los obispos que indican las conductas en la cama, a los fundamentalistas árabes y a Ariel Sharon cuando dice que los israelíes son las únicas víctimas", pero discrepo cuando afirma que le encantan "la lucha libre y Lezama Lima". Tampoco estoy de acuerdo con Savater cuando dice que ama lo salado y odia lo dulce, aunque conozco aquellos versos de Lope en los que nos recuerda que hay gente pa'todo: "Hombres hay que un día oscuro / para salir apetecen / y el sol hermoso aborrecen / cuando sale claro y puro. / Hombres que no pueden ver / cosa dulce y comerán / una cebolla sin pan". Aunque nadie me lo haya preguntado, yo también quiero improvisar una pequeña lista de mis filias y mis fobias. Me gusta: el correo electrónico, las mujeres que están a punto de abandonar a sus maridos, las cantatas de Bach, las últimas cartas de los suicidas, el clima del trópico a dos mil metros de altitud, el plátano asado, la poesía de san Juan de la Cruz, las películas de vaqueros en las que los buenos no son tan buenos ni los malos tan malos, los perros que no muerden, los senos sin silicona y los senos con silicona (mejor dicho: las tetas en general). Detesto: las personas que tienen gustos muy definidos, las cartas astrales, las corridas de toros, las velas que huelen, los que creen que no hay mayor virtud que la castidad, los libros de autoayuda, los e-mails colectivos, las esencias florales (sobre todo engullidas públicamente por ministros), los que se creen muy honestos y dicen que lo son, los domingos por la tarde, los políticos que defienden la religión, la familia y la propiedad, los machos que cuentan sus proezas sexuales, los vitrales, los zapatos de charol, la avaricia y los avaros, aquellos que te cuentan con lujo de detalles las maldades que otros dijeron sobre ti, los que les lanzan piedras de condena a las mujeres adúlteras. Hasta aquí llego yo. Ahora les toca a ustedes. Qué importa que sea solamente un trivial juego de sociedad. Al fin y al cabo en eso se nos va la vida: en decirles lo que nos gusta y los que no nos gusta a los demás.
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