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Opinión

  • | 1983/12/19 00:00

    FLASH DANCE

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Jennifer Beals. Jennifer Beals. Un nombre al que nos acostumbraremos como ya lo han hecho los norteamericanos, pues se trata del boom cinematografico más explosivo de los últlmos seis meses. Programas de televisión donde se la ve bailando, vallas publicitarias con su cara, revistas de modas con su silueta, inundan ciudades como Nueva York y Los Angeles. No es actriz profesional; se trata de una estudiante de la universidad de Yale, de 19 años, con una sola película en su haber, Flashdance, que la convirtió en cuestión de días en el nuevo símbolo generacional.
Flashdance, que sera exhibida en Bogotá durante las vacaciones de diciembre, fue concebida como una película más sobre un tema que viene arrojando grandes rendimientos, el del baile. El fenómeno que se buscaba recoger era de una danza popular, colectiva y callejera, que se ha regado por parques y andenes en los Estados Unidos: el breaking. Se trata de una nueva expresión de rock-disco-jaz, concomitante con el furor de la fisicultura y la idolatría por el cuerpo. Se requiere energía y elasticidad para bailarlo, e incluye buenas dosis de movimientos marciales, mímicos y aeróbicos. Es una "fiebre" propia de la clase obrera urbana. Se lo baila a la salida de las fábricas y en los bares de los barrios proletarios, y su ritmo acelerado busca acompañar el de las máquinas y el tráfico en los grandes centros industriales. Los profesionales de breaking no se encuentran en las academias sino en las esquinas, y no hay mejor tablado para ejecutarlo que el asfalto. En Miami se han invitado un verbo, sawesiar, que quiere decir ir al South West, -la sawesera- a bailarlo a la calle.
En Flashdance, Jennifer Beals hace el papel de una muchacha, Alex, que personifica la nueva tónica. De día trabaja en una fábrica siderúrgica como soldadora y de noche hipnotiza a la barra del barrio bailando en un pequeño night-club. Sus actividades son el decálogo del nuevo enfoque: vive sola, es independiente económicamente, lleva una vida sana, mantiene un contacto más estrecho con su bicleta, su walkman y su perro que con los seres humanos, es directa y parca en el trato, sólo abre la boca cuando es necesario. Absorta en sí misma y en su baile sólo parece interesada en pasar la prueba de admisión en una academia. Su belleza y la libertad gatuna de sus movimientos hacen de ella un verdadero fenómeno, al punto que el público de las salas de cine en los Estados Unidos se para para aplaudirla. Quienes consisan Flashdance en betamax -única manera de verla hoy por hoy en Bogotá- se van a encontrar repitiendo cinco veces y más las escenas donde ella baila. La película ha tenido tal éxito de taquilla que se la considera el fenómeno de los años 80 paralelo a Saturday Night Fever y a Rocky en los 70. Sin embargo en un principio la crítica la recibió con absoluta frialdad. Aducían que la debilidad argumental era absoluta, en lo cual tenían razón. Flashdance no tiene plot alguno, ni profundidad psicológica ni mensaje ni nada que parezca. En este terreno no pasa de ser un tenue cuento de hadas al cual se le superpone ese esquema tan favorito de los norteamericanos que es la persona que triunfa por sus propios medios y tras mucho esfuerzo.
La película es en cambio una deslumbrante compilacion de sensaciones, de imágenes, de sugerencias, enlazadas por el ritmo de la música y en la seductora dejadez de una adolescente.
Tanto el director, Adrian Lyne, como quienes estuvieron a cargo de la fotografía, tienen una larga trayectoria en publicidad, comerciales y moda, y trataron la película con meticulosidad en la imagen y la audacia en los efectos más propios de ese oficio que del cine propiamente dicho. Se filmaron kilometros de película de los cuales sólo se utilizaron finalmente secuencias de segundos. El manejo de la luz natural fue clave para captar los distintos ambientes del medio urbano. El director se recreó en los detalles como solo sabe hacerlo un publicista: un muslo en movimiento, el detenido gesto de calzarse un zapato, el deslizarse de la rueda de una bicicleta. La sensualidad en la imagen visual, se logra no sólo con la iluminación natural, sino mediante la selección cuidadosa de ciertas texturas, como el humo, el agua y las superficies húmedas.
El conjunto tiene ritmo, tiene tono, tiene vida. La protagonista tiene personalidad y gancho. La musica y los bailes atrapan. La mezcla de todo ello dio lugar a un nuevo fenómeno masivo y catapultó a la fama a un nuevo ídolo femenino: Jennifer Beals. Ojo: Jennifer Beals.
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