Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2016/07/07 11:42

Nos reservamos el derecho de expresión

Los periodistas pueden ser socios del club El Nogal siempre que no hablen en medios sobre otros socios o sobre el club. Es la prueba de que la censura a veces es sutil.

Camilo Vallejo (*) Foto: Semana.com

Es casi un silogismo: (1) Los periodistas y columnistas hablan en medios de comunicación sobre funcionarios o exfuncionarios públicos; (2) algunos de esos funcionarios o exfuncionarios y algunos periodistas son socios de un club; (3) ese club prohíbe que sus socios critiquen o denuncien a otros socios en medios de comunicación.                                                       

¿Conclusiones? Que los periodistas y columnistas que son socios tienen dos salidas, o dejar de ser socios, o dejar de ser periodistas o columnistas. Es la historia del club El Nogal y su nuevo reglamento disciplinario. El club donde los periodistas son bienvenidos siempre que no hablen mal de los funcionarios o exfuncionarios que son socios. 

Esta es la prueba de que la censura no siempre es abierta, pública o con violencia evidente. A veces es sutil y la revisten con justificaciones que parecen razonables. El caso se conoció con la discusión que tuvieron en medios Daniel Emilio Mendoza y el club El Nogal. 

Mendoza es socio del club, es columnista ocasional de algunos medios virtuales y generalmente escribe opiniones contra funcionarios públicos o exfuncionarios que son parte de El Nogal, entre ellos el excongresista Pablo Victoria, quien actualmente es miembro de la junta directiva del club. Mendoza también escribió la novela El diablo es Dios, publicada por Planeta, a la cual le abrió una cuenta de Twitter promocional en la cual, dice él, hablan los personajes de la historia. 

Su forma de escribir, tanto en la realidad como en la ficción, es fuerte, grotesca, visceral, obscena, vulgar, muchos podrán decir que de mal gusto. Imagina a los personajes de sus columnas y de su novela como sodomitas, pervertidos, fascistas, drogadictos, hipócritas en últimas. En fin, es su estilo. 

El hecho es que Mendoza ha venido denunciando que lo quieren sacar del club por lo que publica. En un principio le advirtieron que era por sus columnas, pero más adelante el club le hizo un llamado de atención por su novela y la cuenta de Twitter. Sin embargo, hay algo más grave que el intento de sacar a Mendoza de El Nogal: es el literal g) del artículo 5 del nuevo reglamento disciplinario del club. Una norma que hoy usan contra Mendoza pero que puede seguirse utilizando contra cualquier otro socio que se atreva en el futuro a ejercer su libertad de informar u opinar sobre personas del club. 

El literal dice que cualquier socio incurrirá en una falta disciplinaria por “hacer declaraciones o publicaciones en los medios de comunicación o redes sociales que causen daño al prestigio o la imagen del Club o de sus integrantes, o en general atentar, de cualquier manera, contra el buen nombre de la Corporación”. Es decir, ningún socio puede hacer periodismo sobre los socios del club, o sobre el club. Y sabemos que no poder hablar de El Nogal y sus socios es no poder hablar del poder en Colombia.

(En el 2014, el club ya había tenido un desencuentro entre socios, uno de ellos Mendoza, por las declaraciones que algunos hicieron en medios de comunicación sobre la muerte del mexicano Luis Fernando Campo en sus instalaciones).

El poder siempre encuentra la forma de callar. Cuando no puede hacerlo de forma pública y abierta, se vale de los espacios cerrados y privados para que las cosas no se digan como son. Una comida en la que se le ofrece al periodista algo de publicidad para su medio, o, por qué no, amenazar al columnista con que puede ser expulsado del club si sigue hablando. Es el poder que se vale de lo privado para impedir que la opinión o la información salga al público. 

El club dirá que la libertad de expresión tiene límites, pero se equivoca en parte. La libertad de expresión no se limita a la brava, mucho menos de cualquier forma. Este literal del reglamento es innecesario y desproporcionado, pasa de inmediato a castigar cualquier expresión. No considera siquiera si lo que se dice es de interés público y si vale ser escuchado por todos. No reconoce que herramientas como la rectificación pueden ser más efectivas para proteger la honra sin necesidad de castigar a quien habla. 

Dirán que el club y sus socios tienen derecho a proteger su derecho de asociación y el buen nombre del club. Se equivocan en algo. En que la libertad de expresión no puede anularse por completo sino que debe siempre sopesarse, incluso puede llegar a imponerse sobre otros derechos debido a las garantías más generales que hace posibles: como el derecho del resto de los colombianos a saber y a opinar sobre un personaje público. 

Dirán que no se puede proteger la grosería y falta de moral. Pero se equivocan. Al final proteger la expresión se trata de eso, de saber vivir con el crítico, el grotesco, el apóstata. En este tiempo de construcción de paz, queda por saber hasta qué punto nuestra élite está dispuesta a convivir con todos ellos en sus lugares más privados. El Nogal tiene mejores opciones que esta vía de censura que escogió, ojalá rectifique.

 

*Coordinador de Defensa y Atención a Periodistas. Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP). 

 

@CamiloVallejoG

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