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Opinión

  • | 2008/09/20 00:00

    Fonda paisa

    Desde ahora sabemos cuál será el legado de Uribe de más hondo calado: el irrespeto. A la verdad, a la justicia, a la inteligencia...

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Dice el presidente Uribe que no piensa dejar su pelea de matón de esquina con las altas Cortes, ni ninguna de las varias trifulcas que ha armado con periodistas críticos o con políticos de la oposición, porque a él "le da lidia" quedarse callado y no le gusta "esconder las verdades con palabras lindas". Y es que Uribe confunde, como muchos en este país, la franqueza con la grosería. "Soy frentero", dice, cuando lo suyo es simplemente ser patán y agarrarse a trompadas cuando no puede responder con argumentos. Pero eso gusta aquí, y forma parte de su atractivo populista. Insulta y lanza palabrotas, como su vecino el presidente venezolano Hugo Chávez, porque sabe que eso hace que los suyos lo quieran más. Sus lameculos: fea palabra que todos ellos entienden, para no usar la más linda de sicofantes. Como aquella de "filipichín" que usó él mismo recomendando buscarla en el diccionario y poniendo ojitos picarones para decir en la televisión que alguno de sus opositores le parecía marica: y que si lo veía, le iba a pegar en la cara, filipichín.

Lo que resume el talante del presidente Álvaro Uribe, lo que más allá de la anécdota se convierte en categoría definitoria de lo que es el uribismo, es aquel famoso "¡Le pego en la cara, marica!" que le espetó por teléfono a uno de sus amigos caído en desgracia. Lo pinta de cuerpo entero, en carne y hueso (carnitas y huesitos), en cuerpo y alma, tanto en la forma como en el fondo: en la vulgaridad directa del lenguaje y en la sinuosidad calculada del montaje. Pues esa conversación privada telefónica con su amigo, llamado la 'Mechuda', misteriosamente se filtró a los medios cuando sólo el propio presidente Uribe sabía que estaba siendo interceptada: "Ojalá me estén grabando", dijo, cuidadoso de que no se fuera a perder para la Historia esa perla de cinismo, tan útil como prueba de su firmeza de carácter. Porque aquí se tiende a identificar el carácter con la ordinariez.

Y eso gusta, repito. Lo vemos reflejado en los foros de Internet de lectores de periódicos, en los que los uribistas sueltan comentarios soeces estentóreos con ostentosos errores de ortografía para mostrar que son "muy machos", como en esos carteles presuntamente humorísticos que cuelgan en las fondas típicas de Antioquia. Esas fondas en las que los meseros, disfrazados de arrieros (o de presidentes de la República), llevan nombres presuntamente cómicos ellos también: la 'Mechuda', el 'Curita', o alias 'Job'. El presidente Uribe ha convertido el respetable Palacio de Nariño en un metedero de hampones llamado confianzudamente "la Casa de Nari".

Ese es el principal legado que dejará a la Historia este que muchos han llamado "el mejor presidente que ha tenido Colombia", y que yo personalmente considero el peor, siempre dentro de la ley de hierro por la cual en este país de malos presidentes cada uno que llega es peor que el anterior. Uribe había logrado superar el difícil punto que puso Pastrana, y en su segunda presidencia va rebasando ya lo que fue la primera, y ya veremos (ya padeceremos) la tercera y la cuarta. Pero desde ahora sabemos que ese será su legado de más hondo calado: el irrespeto. La falta de respeto a lo que merecía respeto, y debiera merecerlo. Falta de respeto a la verdad, a la justicia, a la inteligencia. A los colombianos en su conjunto, a los opositores y los críticos en particular, y hasta a los uribistas mismos, a quienes pone a hacer el ridículo en juegos pueriles de síes y noes y guiños de coquetería y competencias de lambonería.

Falta de respeto también a su investidura de Presidente de la República, y a su propia palabra. "Yo soy un hombre de palabra, hijita", le dijo a la entonces parlamentaria Yidis Medina al prometerle las recompensas por su voto para la reelección que luego no le cumplió. Y es una prueba asombrosa de la falta de respeto que con sus propias faltas de respeto ha logrado ganarse Álvaro Uribe esta de que confiemos más en lo que dice una corrupta confesa y condenada que en lo que dice el Presidente de la República.

Se lo merece. Nos lo merecemos nosotros también.
 
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