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Opinión

  • | 2017/09/11 16:52

    Francisco, textual

    Solo en un país tan polarizado como Colombia, el carácter de la visita del papa Francisco genera debate. Él mismo había anunciado que su motivación para emprender este viaje era dar su respaldo a la paz de Colombia, de modo que discutir si su presencia en estas tierras obedeció a un asunto espiritual o político es inútil.

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Los efectos de su presencia fueron claros aun antes de que aterrizara el 6 de septiembre en Bogotá. A inicios de esa semana hubo dos anuncios de trascendental importancia para el futuro de la paz en Colombia, ambos claramente animados por la visita de Francisco. El primero, el cese al fuego bilateral entre el ELN y el Ejército a partir del 1 de octubre por 100 días; el segundo, los mensajes del comandante del Clan del Golfo expresando su disposición de desmovilizar a ese ejército de neoparamilitares. Lo que se desprenda de esos anuncios está por verse, pero queda claro que una verdadera paz, estable y duradera, comienza a servirse en la mesa colombiana.

Francisco vino a enseñar cómo se pide y se ofrece perdón, y lo hizo poniéndose del lado de las víctimas. ¿Esta es la postura de un líder espiritual o de un líder político? Cualquier líder político sueña con alcanzar un impacto siquiera cercano al que despierta Francisco sobre la gente. Es de cizañeros argumentar que hay “desviación” en la interpretación del papel y de las palabras de Francisco, él habla clarito el español y no fue necesario más que oírlo para entender lo que nos vino a decir.

Estos son apartes textuales de lo que Francisco dijo en Villavicencio en el encuentro con las víctimas, frente al mutilado Cristo negro de Bojayá, reliquia del dolor de la guerra colombiana.

“También hay esperanza para quien hizo el mal; no todo esta´ perdido. Es cierto que en esa regeneración moral y espiritual del victimario, la justicia tiene que cumplirse. Como ha dicho Deisy, se debe contribuir positivamente a sanar esa sociedad que ha sido lacerada por la violencia. 

Resulta difícil aceptar el cambio de quienes apelaron a la violencia cruel para promover sus fines, para proteger negocios ilícitos y enriquecerse o para, engañosamente, creer estar defendiendo la vida de sus hermanos. Ciertamente es un reto para cada uno de nosotros confiar en que se pueda dar un paso adelante por parte de aquellos que infligieron sufrimiento a comunidades y a un país entero.

Es cierto que en este enorme campo que es Colombia todavía hay espacio para la cizaña. Ustedes estén atentos a los frutos, cuiden el trigo y no pierdan la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y de´ frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados.

Aun cuando perduren conflictos, violencia o sentimientos de venganza, no impidamos que la justicia y la misericordia se encuentren en un abrazo que asuma la historia de dolor de Colombia. Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió´ delitos, los reconoce, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la construcción del orden nuevo donde brille la justicia y la paz.

La verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar que´ paso´ con los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de abusos. 

Quisiera, finalmente, como hermano y como padre, decir: Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios y déjate reconciliar. No temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos: No tengan temor a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, renunciar a las venganzas y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno. Que podamos habitar en armonía y fraternidad, como desea el Señor. Pidamos (como san Francisco de Asi´s) ser constructores de paz, que allá´ donde haya odio y resentimiento, pongamos amor y misericordia”. 

Está visto que lo que Francisco vino a decirle a Colombia es un bálsamo con el poder de abrir las puertas a una verdadera reconciliación. Por la espiritualidad y por la política, gracias papa Francisco por regalarle su valerosa presencia a este país que merece superar tantas décadas de dolor.

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