Domingo, 22 de enero de 2017

| 2002/11/03 00:00

Friolentos y calentanos

Durante mucho tiempo hemos tenido gobernantes de tierra fría. Con Uribe tenemos uno de tierra templada con el corazón en la caliente

Friolentos y calentanos

Hay algo que los bogotanos no han entendido bien de este gobierno que les llegó de Antioquia. La prensa se ha quedado fascinada con lo anecdótico: un acento (Ave María) y tres verbos (madrugar, trabajar y trasnochar), sin descifrar a fondo a qué se deben estos nuevos hábitos de vida y de gobierno, la mano dura, el corazón valiente.

Cuando la geografía era una disciplina seria que ayudaba a entender la idiosincrasia de una nación, se nos enseñaba que Colombia era un país de tres climas: tierra fría, tierra templada y tierra caliente. Para entendernos: el altiplano cundiboyacense, buena parte de Cauca y Nariño, el gran macizo, los nevados y Manizales en noviembre, son la parte esencial de la tierra fría; el nudo central de Antioquia la Grande, con Santander y el norte del Valle, es la tierra templada; y el resto (menos los puertos del Caribe, que son un mundo aparte), es decir, los Llanos, la Amazonia, el Magdalena medio, el bajo Cauca, las planicies de la Costa, las selvas del Pacífico, son la tierra caliente. Estos estratos del clima, se corresponden con los del mundo; cuanto menos calor, más desarrollo histórico. En tierra caliente el mundo es premoderno -mafia, guerrilla, narcocultivos, paras, terratenientes-; el de tierra templada es moderno -cafetero, agricultor, comerciante, exportador de droga-; y posmoderno -información, editoriales, empresas de energía, bioquímica- el de tierra fría.

Durante mucho tiempo hemos tenido gobernantes de tierra fría, es decir, del trópico disimulado. El frío al lado de la línea ecuatorial equivale a aquello que es y no es al mismo tiempo: la zona tórrida con el clima de Flandes. De allí vienen los Pastrana, Samper, Barco, López, Lemos (digamos que fue gobernante, en virtud de su pensión). Belisario y Gaviria eran de tierra templada, sí, pero trasplantados desde hacía mucho al altiplano, es decir, tibio-friolentos. Todos veían el país más extenso, si es que lo veían, desde las cimas, desde lejos. Con Uribe volvemos a tener, después de muchos decenios, un Presidente de tierra templada cuyo corazón, además, no está en la tierra fría -donde lo tenían Belisario y Gaviria- sino en la tierra caliente.

Hago una caracterización a grandes rasgos. Sé muy bien que las fronteras de estos territorios no son nítidas, que hay incursiones de lo frío en lo templado y de lo templado en lo caliente. Señalo con un bastón lo que debería señalar con un alfiler, como decía Lichtenberg, pero por algo se empieza. Lo que quiero mostrar es que el gobierno de Uribe encarna, al mismo tiempo, la racionalidad modernista del antioqueño práctico (para el cual los rolos son una partida de vagos dormidos en los laureles), con la hiperactividad algo rabiosa del cruzado medieval terrateniente que abre haciendas en tierra de infieles (para el cual los calentanos son una parranda de perezosos que hacen siesta bajo los almendros).

Hemos cambiado de verbos: de los "coquetear, sonreír y viajar", típicos de la era Pastrana, hemos pasado a los ascéticos "madrugar, laborar y desvelar". Fuera de Hommes, que es un rezago friolero de tiempos posmodernos, no hay gordos en el gobierno. Por algo sube Mora macilento y baja Tapias sanchopancesco; es cuestión de talante y de silueta. El batallón del gobierno se caracteriza ahora por un delgado ascetismo militar todo hecho de mortificaciones: se abandona el adorado aguardiente y se lo reemplaza por el yoga; trote diario y comida frugal; horario de monje cisterciense. Los ojos siempre rojos del demacrado ministro Londoño Hoyos no son siempre de furia sino también de sueño. Lo mismo puede decirse de las ojeras del descarnado Cano. Las cabeceadas del seco ministro Botero (hombre de tierra fría por temperamento y adopción) y de la delgada ministra Ramírez (friolenta), obedecen a la incompatibilidad con los horarios del nuevo cruzado madrugador, magro e hiperkinético que a media noche está más fresco que recién bañado. La afilada ministra Barco, que se ocupa del exterior, tiene licencia para seguir en su mundo frío y posmoderno. El que más se ve a sus anchas en este nuevo orden es Andrés Uriel, que es cartujo de nacimiento.

Madrugar es una costumbre rural que los antioqueños (cristianos viejos de tierra templada) imponen a sus peones en tierra caliente: al mediodía los rayos perpendiculares del sol canicular impiden recorrer los potreros y contar el ganado. La geografía y la experiencia vital nos dan un talante y un temperamento. El clima del actual gobierno es templado (riendas firmes, espuelas amenazantes por si la mula se rancha) con repentinos acaloramientos de tierra caliente. Por ahora ni un instante para el carnaval, la comilona y el desenfreno: yoga, ayuno, madrugada y control. Gobierno de caballistas que recorren el feudo y quieren vivir en armonía con peones y aparceros. Pero eso sí, no me levanten la voz, porque los puedo desterrar o extirpar, igual que la maleza.

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