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Opinión

  • | 1987/02/09 00:00

    FUGA MENTAL SOBRE UNA AUTOPISTA

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En "El otro sendero", el libro del peruano Hernando de Soto que un excelente prólogo del escritor Mario Vargas Llosa viene promocionando a través de la prensa colombiana, se diagnostica desde el punto de vista económico lo que en Colombia apenas estamos comenzando a registrar desde la óptica periodística: que la burocracia, y su principal engendro, la tramitología, constituyen el candado que amarra a los paises del Tercer Mundo al subdesarrollo.

El secreto es sencillo. Si un humilde productor de envueltos de maiz tiene que atravesar una tupida telaraña de leyes, disposiciones, decretos, resoluciones y reglamentos para funcionar con permiso legal, lo que no solamente le toma varios meses de su tiempo sino que le resulta costoso por lo que debe pagar por ley y por fuera de la ley, hay dos consecuencias previsibles: la de que es muy probable que ese hombre continúe vendiendo envueltos sin licencia, y la de que es seguro que su negocio jamás trascenderá los umbrales de una actividad económica de subsistencia.

La gravedad de este ejemplo se resume en la afirmación de que en un país como Colombia o como el Perú, es el propio Estado por medio de la burocracia y la tramitología, el que se asegura de que un ciudadano con el propósito de salir adelante se ahogue en los vapores de su propia iniciativa económica. Es decir, que los pobres seguirán siendo pobres porque cuesta demasiado tiempo y dinero el trámite legal necesario para salir de la pobreza.

Lo más curioso consiste en que la burocracia y la tramitología de un país como Colombia parecen calcadas de regimenes como el cubano donde, a diferencia de lo que sucede en los sistemas capitalistas, los dos fenómenos mencionados son inevitables, porque son consustanciales con la organización comunista del Estado y de la economía.

Yo no tuve tía monja, como cualquier familia colombiana que se respete, pero tengo tío castrista. O mejor dicho tuve, porque llego de Cuba hace una semana con una decepción tan profunda, que entre todos hicimos "vaca" para pagarle unas sesiones de sicoanálisis.

Desde que yo estaba pequeña lo recuerdo escandalizando a mi abuela con su admiración por Fidel Castro.
El problema consistió, en que siguió admirándolo mucho después de la edad en la que se usa, es decir, pasados los veinte, y bien entrados los cuarenta. Hasta que llegamos a creer que su convicción era tan sincera y madura, que incorporamos sus largas diatribas sobre el paraiso cubano a instituciones tan familiares como el ajiaco de los domingos y el postrecito de papayuela de Dominga.

Y por eso cuando finalmente logró su sueño dorado de viajar a Cuba, hace tres semanas, a conocer lo que durante tanto tiempo se había imaginado, lo dejamos ir y volver sin mucha curiosidad de nuestra parte. Presumimos que llegaría más entusiasmado que nunca, afirmando algo parecido a: "Vi el futuro y me gustó".

Pero ni lo vio, ni le gustó. Desde su arribo al aeropuerto, en medio del barullo de una multitud de cubanos que llegaban de servir como mercenarios en Angola, hasta que cerró la puerta de su cuarto en el Hotel Habana Libre, para descubrir que en su interior se respiraba un ambiente de 30 años atrás (no sólo por la antiguedad del mobiliario, sino porque hacia el mismo tiempo que no lo limpiaban), se resistió a dejarse llevar por una primera y falsa impresión.

Ni los huevos pericos en aceite de carro que desayunó al día siguiente sobre un mantel que llevaba trabajando varias jornadas extras, lograron decepcionarlo. Tampoco haber tenido que pasar más de medio día llenando formularios para alquilar un vehículo. Ni haberse quedado con las manijas de la puerta del "Lada" en las manos. Ni haber hecho dos horas de cola en un bomba para tanquear con los cupones de la agencia de alquiler de autos. Ni el cambio de carro por otro al que pudieran cerrársele las ventanas, pues llovía mucho. Ni el haber recibido a cambio un "Volkswagen" que, después de tanquear nuevamente con cola y cupones, lo dejó "botado" en una autopista cuando se le cayó el tren delantero de transmisión. Incluso cuando recibió el tercer automóvil puso gustosamente de su parte para que el cinturón de su pantalon ayudara a mantener cerrada la puerta del conductor.

Pero cuando al tercer día en el hotel seguía desayunando en el mantel del primer día, comenzó a sospechar.
Más aún cuando se le informó que si quería comer en mantel limpio, tendría que pagar algo más de los 150 dólares diarios que pagaba por su hotel.

Y sus sospechas aumentaron cuando descubrió que en Cuba, las librerías están llenas de libros rusos y literatura política. Y que a los cubanos se les somete a la lectura del "libro de la semana", que en esa semana era "El principito". Y sospechó más cuando en un restaurante le dijeron que en la mesa que ocupaba servían cocteles pero no comida, y que en cambio en la mesa de al lado servian comida pero no cocteles, y que llamarían al inspector si intentaba pasar un coctel a la mesa de la comida o un plato de comida a la mesa de cocteles. Y más cuando en una tienda le advirtieron que no se vendían gaseosas si no iba a almorzar. Pues él se sentó, pidió el menu y solicitó que, mientras escogia, le sirvieran la gaseosa. Cuando se la tomó dijo que tal vez no almorzaría, y pidió la cuenta. Y parece que todavía están echando números, pues desde la revolución no habían tenido un caso más complicado.

Y fue descubriendo que en La Habana la gente vive en los sótanos de los otrora lujosos edificios de varias plantas, que simplemente se dejaron llegar a ruinas. Y que para comprar un helado hay que cumplir trámites ante cinco empleados distintos. Y que no hay nada que comprar--salvo, quizás buen vodka y caviar rusos, y sin embargo, a los turistas les dan las vueltas de sus dólares en cupones del mismo almacén inundado de camisas "Pierre Cardan". Y que las colas en las tiendas de viveres no son tanto porque los productos sean escasos, sino porque los dependientes son abundantes y los recibos que hay que llenar, excesivos. Y que el comunismo en Cuba tajó arriba y abajo de la población, dejando una franja de gente cuyo principal mecanismo de subsistencia es la mediocridad homogenea. Y ay del que sepa leer un poco menos del promedio, o un poco más. Y que la televisión pasa todo el día noticias de que Ronald Reagan firmó un decreto en el que autoriza que se continue con la matanza de niños negros en EE.UU., y que científicos aseguran que las drogas han producido tal degeneración genética en los norteamericanos, que la próxima generación dará una raza de monstruos, mientras que los niveles de productividad en Ucrania despiertan la envidia del planeta. Y que la exposición del mes en La Habana era una de los retratos de los miembros del Kremlin. Y que no se ven niños en las calles, y que la femineidad de las mujeres es una veleidad capitalista que quedó prohibida con la revolución. Y que el turista en Cuba no tiene restricción para entrar a ninguna parte, mientras el cubano las tiene todas. A menos que sean prostitutas, que abundan, y que son toleradas en los lobbys de los hoteles y en los restaurantes, si están acompañadas por un turista.

Y ahora que he llegado hasta aqui con el tema de esta columna, no sé como regresar a Hernando de Soto.
Sólo se me ocurre escaparme a través de una reflexión. Entre el libro del peruano y la tremenda desilusión sufrida por mi tio castrista hay dos largas autopistas, que en un punto se unen y se vuelven una. Pero descubrir dónde, es un problema que corre por cuenta exclusiva del lector. --
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