Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2006/06/24 00:00

Fútbol: el infantil juego

Marlon R. Madrid-Cárdenas, contagiado por la euforia del Mundial, reflexiona sobre la maravilla de este deporte que exalta el nacionalismo y al mismo tiempo borra las fronteras.

Fútbol: el infantil juego

Sobre un suelo polvoriento y abrasado por el sol, donde derruidos ladrillos o trozos de palo hacen de portería, los niños seducen o se dejan seducir por la esfera del hermoso juego. El juego, o los sueños que inspira, lo comparten niños en la extensa y pobre África, en la imponente Rusia, en la isla grande de Australia, en la península de Corea, en la deslumbrante Suramérica o en los fríos polos de este planeta caliente. La tierra, ese lugar natural y bello donde el hombre despliega su compleja condición, es también redonda como un balón.

Con el pasar de los años, los campeonatos mundiales hacen del mundo un lugar pequeño y reconocible para todos, un gran barrio conectado por cables que finalizan en pequeñas pantallas. El corte de pelo del jugador inglés David Beckham, la magia del brasileño Ronaldinho Gaúcho, las jugadas del francés Thierry Henry o la sorpresa del camerunés Samuel Eto´o son imitadas por chicos y grandes en cada rincón del planeta. Y las camisetas de los clubes más importantes se pueden conseguir en tiendas deportivas o en ventas callejeras de Taiwán a Croacia, de Honduras a Sudáfrica. Los significados de un mundo cada vez más globalizado son más sencillos de explicar con una pelota que con un crayón.

Al lado de la pasión futbolística está la larva del chovinismo. Los colores de las camisetas son signo de la división humana, de anacrónicas identidades, de evanescentes estilos de vida, de guardados sufrimientos históricos, de remembranzas de felicidades pasadas y de primitivos orgullos tribales. Cada partido parece el enfrentamiento bélico de dos sociedades por otros medios, pero en una zona desmilitarizada: el cántico de los himnos nacionales, el ondeo de las banderas en las graderías, el maquillaje colorido en las mejillas, los gestos de triunfo y los rostros enmascarados por la derrota.

En la semana inaugural del Mundial, el vocero del Partido Nacionalista Alemán –organización relacionada popularmente con el neonazismo– ha dicho que su organización guarda simpatía por el equipo iraní. “Porque este equipo se compone solamente de jugadores nacionales, a diferencia de los equipos europeos”. Su final añorada sería Alemania contra Irán. Estas expresiones contrastan con el mensaje oficial del campeonato: “Alemania 2006. El mundo hospedado entre amigos”. Por fortuna, la amabilidad y la hospitalidad germanas mostradas en este certámen sepultan en parte ese amor enfermizo al propio país y el desprecio por lo extranjero que engendran los neonacionalistas allá y sus homólogos en otras cuevas del globo.

Lo ideal sería que el juego de la pelota estuviese limpio de política. Que esta última se quedara en una silla barata de la tribuna como un espectador más. Pero no, la realidad es otra. Su nariz se expande en el césped de la cancha. Para el equipo africano de Costa de Marfil, cada partido es también una gota de sudor apostada a la consecución de la paz en un país dividido por la guerra desde 2002. “Este es un momento muy difícil para Costa de Marfil. Nuestros hijos también lo sienten cada vez que salen a la cancha y saben que no están sólo jugando un partido […], están jugando por la paz”, dice la madre del mediocampista Didier Zokora. La política se cuelga de los botines de los jugadores embadurnando y obstaculizando el buen juego.

Por fuera del césped surge otro tipo de partidos ligados a la carne. La pasión en las graderías, la cerveza y la inflamación que produce la entrada del verano en Europa estimulan los apuros sexuales. Unas 40.000 mujeres, entre alemanas y extranjeras, ofrecen sus lascivos servicios alrededor de los estadios del Mundial, según cálculos de la organización alemana de asesoramiento a prostitutas, Hydra. “En un día ganamos casi tanto como antes en más de una semana”, dice una de las encargadas de saciar esas compulsiones del cuerpo. Para algunos, esto es parte de las zonas grises del comercio que arrastra el deporte rey.

En contraste, semana tras semana, nuevas niñas y mujeres se enlistan en equipos de cada continente. El año próximo el seleccionado alemán tendrá que defender el título en la Copa Mundial que se celebrará en China. El fútbol femenino, a simple vista, puede parecer lento, pero en el fondo es más armonioso y permite urdir con mayor detalle cada jugada. Y algo significativo es el hecho de que no está lleno, ni en la cancha ni en las graderías, de ese contenido violento que blanden las hormonas masculinas. En el futuro, el hermoso juego será más encantador de lo que es hoy. El balón sabe dormir, pero sobre todo volar, desde el empeine femenino.

La intelectualidad no se queda por fuera de la seducción derrochada en los coliseos modernos. “Creo que el fútbol es un pensamiento que se juega, y más con la cabeza que con los pies”, ha afirmado Milán Kundera. Pero, décadas atrás, quien fuera jugador del modesto equipo de la Universidad de Argel, Albert Camus, reflexionaba ya sobre las lecciones que se pueden derivar de este sencillo juego. “Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga”. Así son también algunas cosas de la corta vida.

La esfera seguirá rodando. Y no importa de qué esté hecha: si de cuero, de rústico y duro plástico, de caucho o simplemente sea un redondeado trapo mugre. Lo importante es que sea dócil y que parezca que tiene vida propia para cruzar cualquier improvisada portería. Es más fácil tomar una pelota con las manos. Pero es menos divertido y exigente. Este reto a la motricidad humana le otorga también algo al fascinante juego. Su perenne e infantil sentido.

Analista político. Docente Universidad Nacional de Colombia, Universidad del Rosario.

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