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Opinión

  • | 2014/04/19 00:00

    Gabriel García Márquez en cinco lecciones de periodismo

    El fallecido escritor colombiano afirmó que el periodismo era el “mejor oficio del mundo”, pero las prácticas contemporáneas lo convirtieron en un objeto de mercado y de manipulación.

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Y claro, la noticia me llegó por donde llegan ahora las noticias, por Twitter. Estaba proyectando mi columna para esta semana, revisaba los apuntes que había tomado durante una entrevista, y de repente un mensaje -“se murió Gabriel García Márquez”-. Quedé impactado, aunque por la información de los últimos días era de esperarse el desenlace. Lo que vino después fue una pregunta: ¿sigo trabajando en el tema o cambio y dedico unas líneas al escritor, que siempre me sedujo por su manera de escribir y me desveló cuando cursé mis estudios de literatura en la década del ochenta tratando de entender su narrativa?

Pues bien, ganó la segunda opción. Pero ante tal decisión, lo que vino después fue buscar un ángulo de la historia de García Márquez que me permitiera abordarlo sin caer en lugares comunes, sin repetir lo que los medios nacionales e internacionales escribirían sobre este maravilloso escritor.  Y recordé entonces su memorable discurso ante la 52 Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa, celebrada en octubre de 1996 en Los Ángeles, California. Allí, brotó de su voz una de sus lecciones de periodismo. Y la verdad, quedamos mal parados. Y casi 18 años después, sus conceptos no solo continúan siendo válidos, sino que algunos de ellos se han afincado, como maleza.

Evocando entonces su famoso discurso, encuentro por lo menos cinco lecciones que ameritan una reflexión. La primera de ellas tiene que ver con la primicia, lo que también llamamos “chiva”. García Márquez planteó que a los nuevos periodistas “No los conmueve el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor”. Lo que ha agravado el tema, 18 años después, es la mala utilización de los medios electrónicos. Su instantaneidad les ha quitado a los periodistas la capacidad de reflexionar sobre los hechos que deben explicar. Si bien se tiene un dato, se comunica por redes. El periodismo se está reduciendo a 140 caracteres. Y a pocos parece no importarle.

La segunda lección tiene que ver con la descripción de salas de redacción como “laboratorios asépticos” que hace García Márquez y a las que considera espacios “para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores. La deshumanización es galopante”. Y he aquí el verdadero sentido que el Nobel de Literatura le quería imprimir a su afirmación: humanizar el periodismo.

Y pareciera rara esa advertencia, pues el oficio no existiría si en el centro no estuviera la gente, aquella que necesita la amplificación de su voz para hablar de sus necesidades, de sus pérdidas, de sus exclusiones, de sus dolores, de sus angustias. Pero por momentos esas comunidades se pierden en reportes estadísticos, en notas numéricas, en cifras frías, que carecen de vida.

Pero claro, esa deshumanización pasa por dos aspectos concretos que tienen que ver con la tercera lección del discurso de García Márquez: la falta de tiempo y la restricción del espacio. Tales aspectos son los culpables, según el escritor colombiano, de haber minimizado el reportaje, al que consideraba el “género estrella” del periodismo, y del que dijo “requiere más tiempo, más investigación, más reflexión, y un dominio certero del arte de escribir”.

Ante la falta de espacio y de tiempo, que desde hace varios años lo ocupan la publicidad bajo una especie de tiranía comercial, los periodistas se ven obligados a reducir sus temas de tal manera que las voces de la gente se pierden en el marasmo de cifras y de fuentes oficiales, a las cuales recurren para que les ayuden a interpretar la realidad, como si sus cargos vinieran con una licencia para explicarlo todo, aún a costa de la versión de los que padecen sus decisiones. De ahí no sólo la deshumanización del periodismo, sino su burocratización.

La cuarta lección que quiero destacar de ese memorable discurso es la sugerencia que hizo a las facultades de Comunicación Social para formar mejores periodistas a partir de lo que llamó los tres pilares maestros: “la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón”.

De esta lección destaco uno de sus pilares, el de la investigación en el periodismo, un compromiso con el oficio que se pierde en las salas de redacción no sólo por las prisas y la falta de espacio, sino por aquella condición de “guardianes de cierto poder”, no de “todo el poder”, es decir, hay un sesgo en los temas que se quieren profundizar motivado por razones políticas, en unos casos, y en otros por razones económicas. Ha hecho carrera en el periodismo colombiano “investigar a los enemigos” y cuidarles la espalda a los “amigos”. De eso hay ejemplos a granel.

Y por último, la quinta lección, aquella que describe el periodismo como “una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad”. Su propuesta se contrapone a aquel periodismo insulso que va de escritorio en escritorio consultando temas que poco esfuerzo exigen y que, dadas las estrategias de las instituciones públicas y privadas, ya le dan hasta la noticia redactada.

Esa relación con la realidad, García Márquez la llevó al extremo, la quiso volver piel entre los periodistas: “Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso”.

En esta lección introduce el tema de la persistencia como un factor esencial para el ejercicio del periodismo: “Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”. 

La realidad nos muestra, 18 años después, que muchos de los que llegan al periodismo como reporteros carecen de esa persistencia y lo asumen como un trampolín para llegar a cargos públicos o privados que exigen menos trabajo y pocas alteraciones. ¿A eso se ha reducido “el mejor oficio del mundo”? Abramos el debate en memoria del maestro Gabriel García Márquez.

En Twitter: @jdrestrepoe
*Juan Diego Restrepo E.
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