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Opinión

  • | 2004/11/08 00:00

    Ganó lo peor

    Lo que está en marcha con Bush es un regreso al espíritu confesional que no por ser de cruces en vez de media lunas es menos fanático

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No cesó, sino que sigue la horrible noche. El mundo, cuatro años después de las cruzadas de Bush II, el cristiano renacido, está mucho más convulsionado e inseguro que hace cuatro años. El país que bajo el terror de Hussein vivió horriblemente, vive hoy todavía peor bajo el terror desatado por la invasión norteamericana y sus contragolpes. El

fundamentalismo islámico ha retoñado allí, y en toda la región, con un fervor que nunca consiguió Ben Laden. La región, y en cierto sentido el mundo entero, se parece cada vez más a Israel: ejércitos poderosos tratan de domar a una masa de descontentos cada vez más furiosa, y los civiles son los blancos más vulnerables de ese poder absurdo y de esa furia desesperada.

Es de suponer que cuatro años más de la misma medicina nos dejarán todavía peor. Por lo pronto, Irán corre a fabricar armas nucleares -pues es lo único que inspira algún respeto-, los chinos gastan en armamentos como durante la Guerra Fría, la ex Unión Soviética se hunde en caos y corrupción, el sentimiento antiamericano crece por todas partes y el mundo entero se convierte en una olla de presión que podría estallar de un momento a otro.

La situación dentro de Estados Unidos también es lúgubre, al menos para quienes creemos que eran buenas muchas conquistas de libertad. Tres días antes de estas tristes elecciones, el presidente de la Corte Suprema de Estados Unidos,

William H. Rehnquist, un octogenario conservador, empezó a someterse a quimioterapia por cáncer de tiroides. Todo parece indicar que la forma de su mal es de las más agresivas y que el 'Justice' tendrá que ser reemplazado en pocos meses.

Esta coincidencia entre dos circunstancias no relacionadas -la reelección de Bush y la salida de un magistrado- nos sirve para recordar que aquello que se está llevando a cabo en el país del norte no es simplemente una disputa entre dos visiones del mundo, sino una restauración conservadora adelantada por la parte más oscura y desconocida de Estados Unidos, la que está fuera de las grandes ciudades y ni siquiera imaginamos, toda llena de cuellos colorados, racistas mal disimulados y fanáticos religiosos creyentes en el creacionismo y no en la evolución.

Así como hubo -y en parte sigue habiendo- dos Españas, la una religiosa, moralista y reaccionaria, y la otra liberal, permisiva y libertaria, también hoy la sociedad norteamericana está partida en dos: por un lado, cristianos evangélicos, predicadores de la 'mayoría moral', aquellos que luchan contra el aborto y a favor de la compra libre de armas, y por el otro, quienes defienden el derecho a abortar y la necesidad de limitar el acceso al menos a las armas más letales. Por un lado, quienes están a favor de la pena de muerte sin contemplaciones para algunos delincuentes, a favor de las guerras preventivas, el poderío militar y las cruzadas religiosas y por el otro, quienes se oponen a lo mismo. Por un lado, el racismo apenas velado de quienes creen en la superioridad blanca, que están contra la acción afirmativa para proteger a las minorías étnicas, contra las uniones homosexuales y contra la investigación con células madre y por el otro, quienes intentan que las minorías no se hundan cada vez más en la miseria y no ven esos límites éticos en la familia ni en la investigación científica.

El caso es que todos estos asuntos fundamentales, más que el ejecutivo o el legislativo, los definen en últimas los magistrados que interpretan la Constitución. Por eso, el triunfo de los reaccionarios, tan importante como elegir al Presidente, es poder nombrar los jueces que defiendan y perpetúen, quién sabe por cuántos años, esta visión del mundo. Bush lo ha venido haciendo en las Cortes Federales, pero no ha tenido tiempo de modelar a su antojo la Corte Suprema. Los avances del liberalismo (en el sentido filosófico de la palabra) han sido muy lentos y trabajosos en Norteamérica, y lo que está en marcha con Bush y sus amigos es una reacción antiliberal, una contrarreforma, un regreso a los valores religiosos del viejo conservatismo, y un regreso al espíritu confesional que no por ser de cruces en vez de medialunas es menos fanático que aquel que defienden los musulmanes rigurosos de Ben Laden. La mezcla de Estado y religión es una de las peores lacras del gobierno Bush, y la más explosiva.

Por eso, en esta campaña, los republicanos quisieron poner siempre por delante las moral issues, las cuestiones morales. La prohibición del matrimonio gay arrastró el voto conservador en muchos estados. Y el espíritu de cruzada, alimentado por el miedo que dejó el ataque a las Torres Gemelas, arrastró al voto a millones de personas que se movilizaron con la pasión del odio y del miedo. Antes de la guerra de Irak sus partidarios nos decían que en breve esa parte del mundo estaría pacificada. Ya vemos lo que pasa. Antes de esta victoria nos dijeron que será la mano firme de Bush lo que salve a la Tierra. Me temo que también esta vez será todo lo contrario.
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