Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2008/06/21 00:00

Gaviria otra vez

Gaviria ha dado en la flor de pensar que la manera de oponerse al principio antidemocrático de la reelección (ajena) es la reelección (propia)

Gaviria otra vez

No es serio esto de Lucho Garzón proponiendo una alianza electoral, electorera, del Polo Democrático Alternativo con los liberales de César Gaviria, que ni siquiera son liberales: son neo-liberales económicos. ¿Se puede llegar al poder a punta de hacer chistes? Sí: así llegaron Ernesto Samper y Andrés Pastrana. Y ya sabemos que Lucho Garzón no es serio.
 
Pero este país, para no seguir hundiéndose en la desesperanza, necesita una izquierda seria. No la enmontada y militarizada de la guerrilla, corrompida y violenta; ni la oportunista que ahora representa Garzón, que cambia de chaqueta -o el buzo por la corbata- a cambio de un plato de lentejas. Y, dentro de la ignorancia generalizada, agravada por la desinformación y contrainformación que fomentan casi toda la prensa escrita, casi toda la radio y la totalidad de la televisión, mucha gente en Colombia sigue pensando que Lucho Garzón es la izquierda.
 
Viene de allá, en efecto: del Partido Comunista (del cual conserva muchos resabios de carácter). Y lo eligió alcalde de Bogotá la izquierda: el Polo, del cual fue uno de los fundadores. Pero ahora podría repetir el chiste famoso de Enrique de Navarra cuando cambió de religión para poder ser rey de Francia: "París bien vale una misa". Aunque ¿París? Bueno, sí: tal vez una embajada.

Dice Lucho Garzón, a modo de reproche, que con la gente seria del Polo no se puede "hacer política" porque está dedicada "a cuidar la casa". Es que es gente seria, justamente. No se puede hacer política -sino sólo politiquería electorera- sin tener la casa en orden. Y el Polo no se creó -o por lo menos eso creímos muchos- para ayudar a ganar elecciones a los liberales. Otra vez. Como tantas. Sino para ordenar la casa de la izquierda y permitirle convertirse por fin en una fuerza capaz de llegar por sí misma al poder para hacer cambios, y no para hacer alianzas.

Y, encima, con César Gaviria (que a su vez quiere ampliar la alianza hacia "personalidades del uribismo"). César Gaviria: el presidente de la apertura económica neoliberal, el de la destrucción del agro (con sus secuelas de agravación de la violencia), el del sometimiento de la justicia a Pablo Escobar en la solemne ceremonia de La Catedral, el del exterminio de la Unión Patriótica cuando era ministro de Gobierno de Barco, el del bombardeo de la Casa Verde de las Farc en tregua, el iniciador de las privatizaciones. César Gaviria: el precursor y anunciador de Álvaro Uribe. Porque no veo yo diferencia ninguna entre las ideas del ex presidente y las del actual presidente, ni en su expresión práctica política, económica y social. Ni siquiera en sus estilos respectivos de comportamiento, ahora que Gaviria ha dado en la flor de pensar que la manera de oponerse al principio antidemocrático de la reelección (ajena) es la reelección (propia).
 
César Gaviria, en fin: el que carga a las espaldas el cajón de muerto del partido liberal, lleno de gusanos del tamaño de víboras. Ese cajón del cual salió también Álvaro Uribe, modelo de neoliberales, de "lentejos", de liberales "volteados", como se decía cuando todavía había liberales en Colombia.

Cuando el Polo le dio la más alta votación que haya tenido jamás la izquierda colombiana en unas elecciones presidenciales dijo el otro Gaviria, Carlos, el candidato: "No nos vamos a dejar cooptar".

POST DATA:

Algunos lectores de mi artículo sobre Escobar y Marulanda me recuerdan que quien más daño le ha hecho a la sociedad colombiana en el último medio siglo han sido los paras. Con sus nombres y apellidos completos: los narcoparapolimilitares. A sus centenares de millares de víctimas entre muertos y desplazados, hay que sumar su capacidad corruptora de las instituciones, no igualada ni por el propio Escobar: se adueñaron de por lo menos un tercio del poder legislativo, y no sabemos de cuánta parte del judicial, ni qué tan alto llegaron en el ejecutivo, del DAS y el Inpec para arriba, ni hasta dónde se infiltraron en la Policía y el Ejército. Porque, a diferencia de la guerrilla y del narcotráfico "limpio", si así puede llamarse, el narcoparapolimilitarismo no se levantó en armas contra el Estado, sino a su favor: para complementarlo, y con su respaldo militar y político. Así lo indican los prefijos "para" de su nombre, semejantes a la preposición "de" de las mujeres casadas: para-militares (con quienes los militares colaboran para ganar la guerra); y para-políticos (con quienes colaboran los políticos, para "refundar la patria").

Tal como el narcotráfico y la guerrilla, el narcoparapolimilitarismo sigue actuando.

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