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Opinión

  • | 2002/05/18 00:00

    Genealogía y genética

    No hay razas puras, ni siquiera en España, y mucho menos en estas tierras coloniales en las que todos somos mestizos, zambos, mulatos, cuarterones, etcétera

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Un síntoma triste del subdesarrollo colombiano es que tenemos muchas más personas dedicadas al estudio de las genealogías que de la genética. Claro, estudiar biología es largo y difícil: toca pasar años sentado ante un microscopio, o quemándose las pestañas en el laboratorio para ver cómo se transmite la herencia de la mosquita drosófila o tan siquiera cómo se combinan las alverjas (ya sé que el diccionario dice arvejas, o guisantes, pero yo escribo en el español de mi abuelita, no en el de la Academia). En general a las personas no les interesa entender cómo funcionan los mecanismos de la herencia, y les molesta mucho ese golpe a la vanidad que consiste en reconocer que más del 98 por ciento del genoma humano lo compartimos idéntico con los chimpancés.

Mejor que enterarnos de estas verdades difíciles o fastidiosas de la genética es más fácil -y tiene mucho más prestigio social- hacer árboles genealógicos de apellidos, y descubrir que Gumersinda Urdaneta (nacida en algún puerto de Andalucía, por supuesto, no faltaba más) parió a Marcelino Pombo, quien a su vez se unió con Josefina Calderón para concebir a Isopete Tal quien a su vez se casó con Cosiampiruta Uribe, de quien nació el ilustre prócer Fulanito. Y si yo soy biznieto del prócer Fulanito, así yo sea borracho, parrandero y jugador, por arte no de genética, sino de genealogía, alegaré que he heredado sus virtudes.

Las genealogías, y me lo sabrán perdonar mis amigos genealogistas, son un pasatiempo intrascendente (tan útil como los crucigramas y tan instructivo como jugar canasta) pues todo árbol genealógico, de modo inexorable, si se prolonga lo suficiente, tendrá que ir a parar a Africa, tarde o temprano, y ahí sí que se terminan todas las alcurnias y todos los abolengos. Porque lo más paradójico es que muchos genealogistas lo que intentan demostrar es la ausencia del negro en sus ancestros, cosa del todo imposible, en vista de que el homo sapiens, la especie a la que pertenecemos todos los humanos por igual, se originó hace mil siglos, y en Africa precisamente, donde por cuestiones climáticas (mucho sol tropical) no abundan los que tienen poca melanina.

Pero no hay que irse tan lejos. Si se retroceden treinta siglos, encontraríamos que entonces no se habían inventado ni los apellidos. Y basta echar unos pocos números para darse cuenta de que en pocas generaciones hacia atrás tenemos 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128... antepasados directos con solo siete saltos (en todos los sentidos de la palabra salto). Y en una baraja tan grande ¿qué fue lo que heredamos de quién? Además nuestras genealogías, que pecan de machistas, se remontan paso a paso por el apellido paterno, como si la herencia de la madre que en genética es levemente superior a la del padre- no contara. Así, si yo fuera tataranieto de una señora Londoño (hace cuatro generaciones) hoy tendría más genes Londoños (si eso existiera) de los que tienen los descendientes del hermano de esa señora que por línea paterna conservaron el apellido.

Las muy conocidas y consultadas Genealogías de Antioquia y Caldas fueron escritas con el propósito explícito de demostrar que los antepasados de la inexistente 'raza antioqueña' no eran judíos conversos, ni moriscos vergonzantes, sino cristianos muy viejos y muy blancos, de limpísima sangre, sin mezcla de indios o de africanos. No hay razas puras, ni siquiera en España, y mucho menos en estas tierras coloniales en las que todos somos mestizos, zambos, mulatos, cuarterones, etc. Morenos o blancuzcos casi por casualidad. Precisamente la pasión local por las genealogías demuestra que pertenecemos a un grupo humano de inseguros, es decir, de personas que intentan amparar su valía personal no en sus propios actos o méritos, sino en las acciones o hazañas de sus antepasados.
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