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Opinión

  • | 2017/06/14 08:51

    Generación Z y Fecode

    Los profesores perdemos progresivamente el milenario monopolio de ser los portadores de la información y la formación, un recurso que gracias a internet ya está al alcance de cualquiera.

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Esta semana, 8 millones de estudiantes de establecimientos públicos en todo el país, completan un mes sin clases por el paro de maestros. Son una porción importante de nuestra generación Z, nativos digitales, los nuevos habitantes de la Tierra, que están provocando la mayor revolución de la educación en la historia del planeta. 

Es impactante, potente y estremecedor el panorama de las transformaciones que la tecnología impulsa en los sistemas educativos más avanzados y consolidados -las nuevas herramientas, la transformación de  programas y de roles,  las fusiones y cierres de establecimientos educativos-, para atender las nuevas realidades que plantean esos niños y jóvenes de hoy que, a diferencia de quienes los antecedieron  -la Generación X y los millennials- no conocieron el mundo analógico y tienen muy poco interés en el papel, en las clases magistrales y en los antiguos métodos y recursos de enseñanza. 

Los profesores perdemos progresivamente el milenario monopolio de ser los portadores de la información y la formación, un recurso que gracias a internet ya está al alcance de cualquiera. La especialización y la diferenciación de los colegios y las universidades avanzan a través de núcleos de conocimiento, nuevas experiencias y posibilidades, procesos participativos de alcance universal o de las flipped classroom, interacción de alumnos y estudiantes para resolver problemas reales en forma práctica. 

Llega una educación que identifica y desarrolla las capacidades y talentos de los alumnos desde edades tempranas, que estimula la confianza y la autoestima a través de módulos diseñados para personalizar la formación a partir de las singularidades. Una educación que enfatiza en el aprendizaje continuo -fuente de la proliferación de los cursos online- más flexible y acorde con las necesidades y expectativas de los individuos. Aulas globales e hiperconectadas para buscar conocimientos y soluciones o para promover intercambios con fines pedagógicos. Una educación que considera y valora el espíritu de emprendimiento y que aporta espacios y recursos para que los estudiantes puedan trabajar y desarrollar sus ideas de negocio. Una educación que enseña programación y lenguaje html para diseñar, para crear contenidos y todo lo que ofrece la tecnología.

Apertura, reflexión, debate, adaptación, se nos imponen a los educadores ante este nuevo panorama, para ser actores y no víctimas de un cambio avasallante e imparable que podría ser implacable para marginar a quienes no estén a la altura. 

Los resultados de las pruebas Saber revelan los graves problemas de calidad que enfrenta nuestra educación. Los de pruebas internacionales como las Pisa, la gravedad de la crisis en los contextos latinoamericano y mundial. 

Nos llegan y tendremos que asumir los retos de la nueva educación cuando todavía debemos resolver problemas fundamentales y antiguos como conectar la educación con las necesidades del desarrollo o corregir la inequidad que hace que, teniendo la misma inteligencia y talento, sean muy distintos los destinos de los estudiantes de educación pública y privada. Cuando aún no logramos dignificar la profesión docente, atraer a las facultades de educación y al magisterio a los jóvenes más competentes.

Desde que la Constitución de 1991 creó el Sistema General de Participación, el gasto del Gobierno en educación ha crecido exponencialmente, pero todos los estudios disponibles sobre el tema confirman que esas inversiones han tenido poco impacto para elevar la calidad. Han sido absorbidas por los temas centrales que impulsa el sindicato: estatuto docente, promoción y remuneración. 

Lograr en serio un gran salto cualitativo para 2025 impone la tarea de adelantar una acción conjunta -estado, Fecode, comunidad educativa- para construir la nueva educación. No tenemos recursos ilimitados. Siendo la educación la herramienta más eficaz para la inclusión social la causa del sindicato por las condiciones de trabajo de los maestros, merece respaldo, pero también es fundamental que se extienda a las demás acciones necesarias para impulsar las transformaciones indispensables para mejorar la calidad.

El sindicalismo, producto de la revolución industrial, es uno de los principales logros de la democracia en defensa de los intereses de los trabajadores. La tormentosa historia que ha tenido en Colombia desde la fundación en 1847  del primer sindicato y desde que, en el Gobierno de Alfonso López Pumarejo, arrancó en forma el movimiento sindical, ha limitado su acción, en forma preocupante e injusta, a sectores cuya parálisis afecta gravemente el país -transporte, servicios públicos, justicia, educación etc. 

Es evidente - y lamentable- la crisis del sindicalismo a nivel mundial. En Estados Unidos pasaron de un pico de 20 millones de afiliados en 1979 a 14,5 en 2015; en Inglaterra, de 12 millones a 6,5; y en Colombia, escasamente llega al 5 por ciento de la fuerza laboral (The Economist,  2015). Causas diversas han determinado este inatajable declive, tales como los términos de intercambio entre países, la desindustrialización de Occidente, la automatización, e inclusive la violencia en nuestro país. Pero en igual medida, es innegable que una porción importante del sindicalismo ha basado su accionar en la confrontación y el conflicto perenne como mecanismo de presión, que contrasta con la voluntad de hacer causa común con el destino y los propósitos de organizaciones, empresas y con el Gobierno, que caracteriza movimientos europeos y de otros países. 

Hace pocos días, en Argentina, tuve la suerte y el privilegio de compartir un evento académico con el premio nobel de paz, Lech Walesa, el legendario líder sindical y expresidente de Polonia, la acción de cuyo sindicato, Solidaridad, fue determinante en la caída de la cortina de hierro. Me sorprendió que hoy, en la madurez de sus 74 años, no es partidario del sindicalismo combativo ni de las huelgas, sino del sindicalismo propositivo, que impulsa el diálogo social, que ayuda a construir instituciones y no a destruirlas. Dice que los sindicatos de hoy se deben comportar como “bacterias decentes”, que nunca destruyen al organismo en donde viven porque, si lo hacen, se destruyen a sí mismas.
 
 *Rector Universidad Autónoma del Caribe

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