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Opinión

  • | 2016/12/10 08:13

    ¿A qué horas se perdió el temor a la ley y a Dios?

    Con frecuencia le escucho este interrogante a una persona que hoy por hoy representa un gran amigo, compañero de batallas y hasta un padre si se quiere, a quien le profeso respeto por su ejemplar vida. Y a quien por eso mismo, prefiero no mencionarlo.

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¿A qué horas se perdió el temor a la ley y a Dios? Pregunta que desde diferentes ópticas y vivencias de la cercana y actual sociedad se puede encuadrar para determinar cuál podría ser una solución posible, especialmente para las nuevas generaciones.

Comencemos por la música. Ahora mismo está siendo cuestionado uno de los más populares artistas del reguetón. Maluma, un joven que ya es figura internacional es duramente censurado por la letra de sus canciones que exhortan a la violencia física y psicológica contra la mujer, como si su mensaje reflejara un desprecio interno que no ha podido superar. Pensé que se trataba de otra tendencia viral de las redes sociales pero cuando escuché a Carlos Vives opinar sobre la situación mi concepto cambió, porque el cantante samario representa un caballero de la literatura musical y el folclor.

En materia de corrupción, el amor al dinero sin importar de dónde provenga está apolillando a la juventud en la administración pública y de justicia. En Colombia es orgullo que un familiar que acaba de terminar su carrera universitaria, y de pronto una especialización o una maestría, en pocos años de experiencia ya cuente con recursos para comprar un apartamento lujoso, un vehículo suntuoso y hasta una casa de campo. Los padres no le preguntan a sus hijos ¿cuál es la procedencia de ese dinero? ni ¿en qué andas hijo?, solamente es relevante la posición que está adquiriendo y el camino raudo que está escalando.

“A mi hijo le está yendo muy bien”, dicen los padres ingenuos que por su maestría deberían saber que no se hace rico en esta sociedad de un día a otro, salvo que se ande en malos pasos. Por su parte, el hijo que engaña a sus padres a quienes no puede mirar fijamente a sus ojos, pero que ante sus amigotes solo calcula que en caso de caer ante la justicia la salida es acogerse a una sentencia anticipada y terminar “caleto”, porque el Estado no tiene los dientes para llegarle hasta la masa afincada por sus actos de corrupción consumados.

Parece que el actual Fiscal General de la Nación, doctor Néstor Humberto Martínez, quiere ponerle freno a la fuga de capitales de esta afrentosa plaga y propuso extraditar a quienes trasladan su maldito lucro al exterior, particularmente a Estados Unidos de América. Esta política criminal es laudable, no obstante deja al descubierto la ineficiencia de nuestras autoridades.

Lo que colmó la copa de la sociedad es la violencia generada por quienes lo han tenido todo y a quienes no les ha faltado nada. Jóvenes de las mejores universidades y de las familias más aliñadas de este país están cometiendo los crímenes atroces, reprochables y aborrecibles de los últimos tiempos.

Un joven que asesina a su vecina porque no lo dejaba escuchar su música al volumen que le parecía perfecto para él; Las señoritas que hoy están sometidas al proceso penal de mayor notoriedad como causa de un presunto asesinato de su compañero y “novio” de una de ellas, conocido como el caso Colmenares; Un recién salido de la adolescencia que con su vehículo termina con la vida de unas humildes operarias de una fábrica que al amanecer salían de una ardua jornada de trabajo; Ahora, un pujante arquitecto, de familia “de alcurnia” que rapta, viola y asesina a una menor de 7 años.

Hasta hace algunos años se pensaba que los crímenes eran perpetrados por los pobres, por sus necesidades socio económicas. Hoy, éstos son cometidos por los acaudalados hijos que estudian en la Javeriana, Los Andes y otras universidades de renombre.

Algo está fallando en nuestra sociedad. ¿Será que por el ánimo desenfrenado de amasar riquezas y poder, los padres – por parejo madre y padre – están abandonando a sus hijos a la desazón y los peligros que la propia sociedad abraza?

¿Es un fracaso el modelo de educación que el Estado, la sociedad y la familia le estamos dando a nuestros hijos? ¿Se perdió el temor al cumplimiento estricto de la ley? ¿Se perdió aquello que nuestros padres nos metían en la cabeza casi a la brava que se llama temor de Dios?

La definición más sencilla de criminología es aquella “parte del derecho que estudia el delito, sus causas, las maneras de evitarlo y el modo de actuar de las personas que lo cometen.”

No estamos estudiando el modo de actuar de nuestros hijos, no hablamos con ellos porque es más importante el trabajo, la moda es salir a las once de la noche de la oficina para que nuestros superiores vean que trabajamos como “mulas” y con eso conseguir un ascenso, una Delegada, una Secretaría, un Ministerio. El progreso social, laboral y económico está por encima de las vidas sencillas que a diario desarrollan nuestros hijos, pero que por falta de presencia bien pueden convertirse en una tragedia, individual y familiar.

Si no velamos por su modo de actuar no podemos evitar que cometan conductas reprochables y en ocasiones punibles, por eso no conocemos las causas de sus actuaciones y tendremos que padecer sus efectos.

La parte de la sociedad que ayer cometía los delitos, hoy pide justicia a gritos, y eso hay que evitarlo porque, o termina aplicándose la justicia por su propia mano, o todos sucumbiremos ante la ausencia de una política criminal cuya única génesis debe ser la educación, y el temor a la ley, y el temor a Dios.

(*) Abogado Constitucionalista.

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