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Opinión

  • | 2015/04/17 17:50

    “El ataque en el Cauca… bocadillo de guayaba a las hormigas”

    Una muerte, independientemente de la tipificación jurídica en el derecho interno e internacional humanitario que se le dé, es una muerte.

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Una muerte, independientemente de la tipificación jurídica en el derecho interno e internacional humanitario que se le dé, es una muerte. Y más la de un soldado de la patria, quien nos defiende día a día, noche a noche, minuto a minuto, exponiendo su vida, a pleno sol o bajo la lluvia en ocasiones, y de las balas.
 
Sin dejar al margen el dolor que esas muertes causan a sus familias y al país entero, es la tipificación que se le da al ataque de las FARC en el Cauca, la que como carbón a una hoguera que ya estaba entrando en los estertores de su fulgurante fuego, la que vuelve complejo, si no casi imposible, el desenvolvimiento del proceso de paz en La Habana, especialmente cuando se abre paso la discusión de la justicia transicional que ha radicalizado los extremos políticos.
 
Porque no hay cosa más complicada de entender, como conceptos tales el genocidio, los delitos de lesa humanidad, los crímenes de guerra, el derecho internacional humanitario, violaciones a los derechos humanos, etc.; cuando todos tienen un factor común en los conflictos armados internos: la violación a los derechos inherentes de las personas y de la conciencia universal.
 
Basta solo con revisar el Estatuto de Roma, que no es más que el Código Penal que rige a los estados miembros de la Corte Penal Internacional, para investigar y sancionar los delitos de una categoría superior cuando el país donde se han cometido no es capaz o no tiene la voluntad de hacerlo.
 
En su artículo octavo enlista una cantidad de conductas o acciones que son denominadas crímenes de guerra, entre las cuales debió haber acudido el fiscal general para, en forma a priori, determinar que las muertes de nuestros soldados en el Cauca son crímenes de guerra en persona protegida.
 
A la luz del derecho interno, el Código Penal Colombiano establece taxativamente qué se entiende por persona protegida, encontrándose que hacen parte de esa categoría los integrantes de la población civil, las personas que no participan en las hostilidades y los civiles en poder de la parte adversa, los heridos, enfermos o náufragos puestos fuera de combate, el personal sanitario o religioso, los periodistas en misión o corresponsales de guerra acreditados, los combatientes que hayan depuesto las armas por captura, rendición u otra causa análoga, los apátridas o refugiados, entre otras de conformidad con los convenios o tratados internacionales suscritos por Colombia.

Como crímenes de guerra se encuentran tres conductas que se arriman a lo expresado por el jefe del máximo órgano punitivo: 1) Atacar o bombardear, por cualquier medio, ciudades, aldeas, viviendas o edificios que no estén defendidos y que no sean objetivos militares; 2) Causar la muerte o lesiones a un combatiente que haya depuesto las armas o que, al no tener medios para defenderse, se haya rendido a discreción; 3) Matar o herir a traición a un combatiente adversario.
 
En cuanto a la primera, desde una vista panorámica, se atacó y se bombardeó una improvisada estructura defendida por miembros del ejército nacional y constitutiva de un objetivo militar. Con relación a la segunda, se causó la muerte y lesiones a unos “combatientes” en ejercicio, quienes no habían depuesto sus armas por ningún motivo porque hasta ahora el gobierno nacional no ha aceptado un cese bilateral de hostilidades. Y por último, en los conflictos armados internos, la traición es el elemento que causa el éxito de una operación, pues ni los grupos armados ilegales ni el ejército nacional dan aviso de sus golpes operacionales.
 
La traición del enemigo, se previene con el despliegue de actividades propias de la inteligencia y se contrarresta con la capacidad de respuesta, no solo del grupo atacado sino de los comandos que deben reforzar la embestida. Me imagino que esto será objeto de análisis y eventualmente, de investigación.
 
En consonancia con esta preocupación, hago una recomendación con el máximo respeto a las fuerzas armadas, utilizando el argot popular para enmarcarla en la siguiente misiva: “No se puede dar papaya”, porque se arriesgan las vidas de nuestros héroes y el proceso de paz. A más de darle bocadillo de guayaba a las hormigas.
 
(*) Abogado Constitucionalista.
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