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Opinión

  • | 2016/11/05 17:37

    El peligro de ser niña en Colombia

    Nada refleja mejor lo lejos que andamos de ser una sociedad respetable, como la enorme cantidad de delitos y atropellos que se cometen a diario contra las niñas.

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Esta semana, mientras los segmentos más favorecidos de la población celebraban con disfraces y dulces al estilo gringo “la Fiesta de los niños”, las Naciones Unidas entregaron el más desolador panorama del desempeño de nuestro país en el tratamiento a la niñez y en particular a las niñas.

En su informe del Estado de la Población Mundial de 2016, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) señala que en Colombia violan cada día a 21 niñas de entre 10 y 14 años y 22 más son víctimas de otras graves formas de violencia -11 mueren cada mes por ese tipo de ataques-. Diariamente hay 18 partos de niñas de 10 a 14 años y en 2015 la incidencia de VIH en niñas de esas edades se duplicó en relación con 2010.

En el nuestro y en muchos otros países del mundo las niñas tienen una vida relativamente tranquila hasta que cumplen 10 años. Llegan a la pubertad y muchos las perciben como un producto que se puede comprar, vender o negociar. Comienzan los asedios, los acosos y los peligros: violencia física y sexual, matrimonio forzado, explotación sexual, entre muchos otros.

Las cifras de Colombia son aterradoras: en 2015 se registraron 18.000 denuncias de abuso sexual contra menores (84% contra niñas) y 6.500 alumbramientos de madres menores de 14 años. El nuestro es un país con niñas en la guerra y niñas víctimas de actores armados: un millón 145 mil han sido afectadas por el conflicto desde 1985. Las Farc y el ELN son culpables de miles de casos de reclutamiento y explotación sexual de menores y figuran por ello en la misma lista de ese oprobio con Al Qaeda, Al-Shabaab, Isis y Boko Haram.

Los expertos en el tema coinciden en que la mayoría de los atropellos no se reportan por lo cual la situación es mucho más grave de lo que registran las estadísticas.

Ante la dimensión y gravedad del problema es condenable e inaceptable la insensibilidad de tantas personas y comunidades para defender y respetar los derechos de las niñas, así como la ineptitud y la incapacidad del Estado para proteger eficazmente sus derechos.

El panorama mundial tampoco es alentador. Investigaciones de las Ong Save the Children, Terres des Hommes y de Unicef, señalan que las niñas, por serlo, tienen menos oportunidades académicas que los hombres, lo cual hace que también tengan menores oportunidades laborales cuando se hacen mayores.

En esta era de los grandes avances tecnológicos y científicos las niñas siguen siendo objeto de grave discriminación. En el vergonzoso planeta que habitamos, 30 millones de niñas son víctimas de esclavitud y/o de explotación sexual. 44 millones, menores de 14 años, son víctimas de mutilación sexual, fenómeno generalizado en países como Somalia o Guinea. 7.5 millones están obligadas a realizar trabajos domésticos en condiciones inaceptables. Y 15 millones contraen matrimonio precozmente cada año (una de cada tres, menores de 15 años). Las niñas son más de la mitad de los 57 millones de menores en el mundo excluidos de la escuela, tienen, en promedio, tres veces más probabilidades que los hombres de abandonar la educación, dos veces más de morir por mala nutrición, son dos veces más vulnerables a ataques sexuales y dos veces más propensas al tráfico de personas.

Este trágico panorama contrasta con el inmenso valor que representan las niñas para el desarrollo y el avance del mundo. En la actualidad hay 61 millones de niñas de 10 años de edad en el planeta, un inmenso patrimonio para el progreso económico y social de la humanidad. Colombia tiene una condición privilegiada en cuanto a ese dividendo demográfico. Tenemos 415.910 niñas de 10 años y 2.086.363 que tienen entre 10 y 14 años. Que superemos la pobreza y el subdesarrollo, que tengamos mejores individuos y familias en el futuro -prósperas, estables, productivas- depende dramáticamente de que esas niñas crezcan sanas y libres, que reciban educación de calidad, que sus derechos sean respetados, que puedan asumir las grandes decisiones sobre su vida, que tengan mejores oportunidades y condiciones económicas.

El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer escribió que “la calidad moral de una sociedad se mide por aquello que hace por sus niños”. Aún en esta Colombia tan afectada por la corrupción, la violencia, el narcotráfico, la guerrilla y la minería criminal, nada refleja mejor lo lejos que andamos de alcanzar niveles aceptables de civilización y de ser una sociedad respetable, como la enorme incidencia de delitos, atropellos y barbarie contra los menores, en particular contra las niñas.

Hay mucho camino por recorrer para que nuestro país y otros del mundo se comprometan seriamente en la vital tarea de transformar positivamente la realidad y las condiciones de vida de la infancia. En forma inteligente y oportuna la ONU ligó la nueva Agenda de Desarrollo 2030 y el plan para el progreso económico y social de los próximos 15 años a eliminar las barreras que afectan hoy a millones de niñas de 10 años, en especial a las más pobres y vulnerables.

Madres, padres, Estado, gobierno, sistema educativo, gremios, líderes comunitarios, medios de comunicación, encabezan la lista de responsables de que hayamos llegado en nuestro país a la deplorable situación actual en cuanto a los derechos de las niñas. Tendrían que ser la fuerza principal para romper la indiferencia y para lograr que las niñas de hoy tengan un futuro acorde con sus potencialidades. Un futuro que, en definitiva, será nuestro futuro.

* En Twitter: @germanmanga

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