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Opinión

  • | 2017/01/21 16:24

    No es la tauromaquia, el demonio es la carne

    El actual modelo de producción y consumo de carne en el mundo es insostenible por su impacto en el calentamiento global, la degradación de tierras, la pérdida de biodiversidad y la contaminación de la atmósfera y del agua

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En Colombia existe desde 1997 un movimiento antitaurino, coordinado y activo, que todos los años realiza protestas y hostigamientos contra la “inmensa minoría” que acude a las plazas a presenciar ese espectáculo que para muchos reúne extraordinarias manifestaciones de estética y plasticidad y para otros no es más que una carnicería despiadada, arcaica e injustificable, donde la víctima principal son animales indefensos.

Prohibiciones como las logradas por movimientos antitaurinos en Francia y en la propia España demuestran que la fiesta de los toros, con sus complejas e impactantes ritualidades, con sus atuendos arcaicos y vistosos, con sus tormentos a los animales y su derroche de sangre, pueden tener sus días contados en esos países y en algunos latinoamericanos, los únicos que todavía la celebran.

El declive y la creciente restricción de las corridas es producto de ejercicios democráticos cuyo única y grave falencia es quizás que dirigen demasiada atención entre nosotros hacia un aspecto minúsculo e intrascendental de una crisis global, mucho más grave e importante y una de las mayores amenazas que enfrentan Latinoamérica y la humanidad: la cría y sacrificio masivo de animales para el consumo de carne.

En el año 2016 el mundo consumió 260.5 millones de toneladas de carne -60 millones de toneladas de res, 112 millones de cerdo, 90 millones de toneladas de carne de pollo-.  

La presión desaforada en toma de tierras, siembra de vegetales para forraje y el gasto de agua que se requieren para atender ese consumo monstruoso, hacen que la producción y el consumo de carne estén entre las principales causas del calentamiento global, la degradación de tierras, pérdida de biodiversidad y contaminación de la atmósfera y del agua en el planeta.

Aunque comer carne resulte para muchos un placer sin consecuencias, el sector ganadero es responsable por el 18% de las emisiones de gases que producen el efecto invernadero, -más de las que origina el transporte-. Genera 65% del óxido nitroso de origen humano, -que tiene 296 veces más potencial de calentamiento global que el CO2-, 37% de todo el metano producido por la actividad humana -23 veces más perjudicial que el CO2-. El ganado contamina el agua en una proporción 10 veces superior a los humanos y 3 veces más que la contaminación de la industria del aceite, carbón, acero y manufacturas juntas, a lo cual hay que agregar el impacto para la salud y para el ambiente derivados del uso intensivo de antibióticos, hormonas, químicos, fertilizantes y pesticidas en diferentes etapas de la producción de carne.

La solución más eficiente y efectiva para atender esa crisis sería reducir drásticamente el consumo de carne -dos veces a la semana-, como decisión personal, o masivamente a través de decisiones políticas como aumentar los precios de recursos escasos hoy subvalorados -tierra, agua, forrajes- transformar la industria y crear estímulos a productores que hagan gestión de tierras y del agua. Son medidas sencillas que muchos gobiernos, presionados por los productores o por el temor de interferir en las costumbres alimenticias de la gente, no quieren asumir.

El poder universal del lobby de la industria de la carne se vio más nítido que nunca en la COP 21, la conferencia de 196 países realizada en 2015 en Paris para lograr el más importante acuerdo mundial para reducir emisiones de gases de efecto invernadero a partir de 2020. Pese al impacto que ocasionan en el planeta, en los documentos oficiales no quedó incluido ningún compromiso directo para reducir la producción ni el consumo de carne.  

En contraste, hay importantes iniciativas desde el sector privado como “Beyond Meats” impulsada por Bill Gates y otros inversionistas para desarrollar nuevas opciones de alimentos. Meat Free Monday, el “día sin carne” que promueve Paul McCartney. O el espectacular proyecto de Google y la Universidad de Maastricht para producir carne artificial a partir de células madre, a mayor velocidad que los propios animales.   

La FAO reporta que una de las dificultades mayores consiste en que por falta de información, comunicación o educación, mucha gente en el planeta no conoce o ignora la gravedad del problema. El consumo de carne en el mundo se duplicó entre 1960 y 2016. A ese ritmo podría crecer un 75% hasta el año 2050 cuando la población sería de 9.000 millones de habitantes. La producción de carne acapara hoy la tercera parte de toda la superficie de la Tierra. Producir medio kilo de carne demanda 1.800 galones de agua. Un bovino consume 21 kilos de comida al día. Es evidente que no hay tierra, ni agua, ni recursos suficientes que resistan ese ritmo y que el planeta tampoco podría absorber el Co2, ni el metano resultantes de ese frenesí que, desde el punto vista económico es una insensatez, pues pese a ocasionar tantos daños, la ganadería apenas genera 1,5% del PIB en el mundo.

La crueldad y sevicia contra los animales que algunos denuncian en la tauromaquia es minúscula frente a las que dominan buena parte de la industria de la producción en gran escala de carnes de res, cerdo, caprinos, pollo y otras aves sometidas a hacinamiento, ingesta de químicos y otras sustancias y víctimas de aterradoras prácticas de sacrificio. Es positivo e importante luchar, como lo hacen los antitaurinos, por la defensa de las reses de lidia. Si como todo parece indicar aquí y en Europa logran su cometido de abolir las corridas, los toros de casta desaparecerán porque no sirven ni para carne ni para leche, solo para la fiesta brava. Mientras llega ese día, como el resto de los morales, harían bien en dedicar más atención y todos los esfuerzos políticos y publicitarios a su alcance para crear conciencia acerca de las devastadoras consecuencias del modelo de producción y consumo de la carne, que, si no se somete a profundas y urgentes transformaciones, puede determinar que se acabe la fiesta grande de la vida de este planeta que habitamos ellos, nosotros y nuestros descendientes.

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