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Opinión

  • | 2016/03/16 17:38

    La revolución del papa Francisco

    Los tres años del pontífice argentino representan una ruptura con el estilo regresivo de antes e impulsa una de las mayores transformaciones de todos los tiempos en la Iglesia Católica.

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Hace tres años, cuando después de su elección lo llevaron a conocer el imponente apartamento papal de 12 habitaciones en el Palacio Apostólico de El Vaticano, el cardenal argentino Jorge Bergoglio exclamó “aquí pueden vivir 300 personas” y envió de inmediato un mensaje contundente de lo que sería su pontificado: se instaló en un sobrio espacio de 70 metros cuadrados en la vecina residencia de Santa Marta. Rechazó también el lujoso carro oficial, el anillo del pescador de oro macizo, los ornamentos suntuosos, los privilegios y la vida principesca.

Adoptó el nombre de Francisco y como el santo de Asís, que combatió en la edad media la opulencia de la Iglesia, el apego al poder político, a la pompa y el fasto, resumió su estilo en una frase “Como me gustaría una iglesia pobre para los pobres”.       

La que puso en marcha desde entonces no solo ha sido una dramática ruptura con el estilo regresivo y conservador de sus antecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI  sino una de las mayores revoluciones en la historia milenaria del catolicismo.La suya es una Iglesia de la misericordia, consagrada a servir a los necesitados, a los excluidos, a los marginados, que clama por la solidaridad con los que sufren, acciones para apoyar a quienes padecen hambre y privaciones, a los desplazados, a los desposeídos. Una iglesia que abrió las puertas a los divorciados, a los homosexuales, a las víctimas de todas las violencias, y que ya envió las primeras señales para revisar temas hasta hace poco inmencionables entre las altas jerarquías como el celibato de los religiosos o la eventual ordenación sacerdotal de las mujeres.   

La sencillez, espontaneidad  y sinceridad del primer Papa jesuita de la historia, capturaron rápidamente el interés y la admiración de la gente. Posee una potente capacidad de comunicarse y habla con mensajes claros y directos sobre los problemas que afectan al mundo de hoy: las migraciones, la crisis económica, la corrupción, el narcotráfico, la explotación de los débiles, el armamentismo, el cambio climático –sobre el cual versa su encíclica Laudato Si. Clama por  políticas sociales, empleo para los jóvenes, ética, honestidad y eficiencia en la política.

Su labor diplomática incluye visitas a todos los continentes con excepción de Oceanía llevando un mensaje de optimismo y espiritualidad, cuyo contenido resumió muy bien su portavoz Federico Lombardi en una declaración reciente: “el Papa ha hecho comprender a muchas personas – sea dentro o ‘fuera’ de la Iglesia– que Dios los ama, los quiere, les perdona sin cansarse”.

Desde su convicción de que hay un solo Dios que se expresa de diferentes formas impulsa una gran apertura del catolicismo hacia otros credos.  Es el primer Papa que se reunió con el Patriarca de la iglesia rusa Kirill,  el primero en visitar un templo valdense  y  una comunidad pentecostal y el Vaticano ya confirmó que este año irá a Suiza a la celebración de los 500 años de la reforma de Lutero.

También  asumió con valor  la reforma del gobierno de la iglesia –la llamada Curia Romana-. Creó y tiene en marcha varias comisiones que están dedicadas a enfrentar y corregir  el  centralismo, la burocracia, la corrupción que afecta a algunos sectores del Vaticano y de la Iglesia. Y enfrenta  con energía el apego al dinero y otras faltas de algunos religiosos en particular los abusos sexuales a menores. La falta de resultados importantes en ambos frentes es fuente de las principales críticas a su papado.

En Colombia mantiene un decidido compromiso al proceso de paz y es casi seguro que vendrá en 2017 al país. La mácula es que no haya irradiado hasta ahora el espíritu reformista de su gestión a nuestra iglesia que es la tercera más importante de Latinoamérica después de las de Brasil y México.  Por razones hasta ahora desconocidas no hizo cardenal a un religioso, visionario, activo, sapiente acorde con su estilo, sino al obispo José de Jesús Pimiento, que a sus 95 años de edad entendió, con toda razón, el nombramiento, como un simple gesto honorífico. 

Sorprendente, positivo, edificante para el catolicismo el trabajo de este Papa que revolucionó la iglesia con un ímpetu y alcance que supera el que imprimió Juan XXIII al Concilio Vaticano II.  La revolución de este hombre a la vez grande y humilde, enfocado en la gente, que almuerza todos los días con personas del  común, que en sus viajes y correrías visita enfermos, refugiados, presos, mendigos, drogadictos y que por la singularidad de su apostolado ya es uno de los grandes líderes de un planeta afligido, entre otras cosas, por la escasez de dirigentes creíbles y respetables.  

La parte triste de la historia es que excepcional y extraordinaria, su presencia también, como todo lo humano, es efímera, ante lo cual produce inquietud y preocupación pensar si alcanzará a terminar la enorme obra que se impuso. Él mismo les dijo a los periodistas que lo acompañaron en su viaje a Corea que su popularidad duraría poco tiempo: “me faltan unos dos o tres años antes de entrar en la Casa del Padre”. Lo dijo en agosto de 2014.

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