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Opinión

  • | 2015/07/21 09:22

    Que alguien nos salve de internet

    No hay que ser famoso ni tener millones de seguidores para ser víctima de un linchamiento en redes sociales.

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El 20 de diciembre del 2013, Justine Sacco, una joven que viajaba desde Estados Unidos hacia un país de África, envió durante una escala en Londres a los escasos 170 seguidores de su cuenta en Twitter un mensaje que decía "Voy a África. Espero no coger el sida. Es broma. Soy blanca". Once horas más tarde, cuando llegó a su destino, había recibido 2.608 mensajes con insultos y amenazas, así como la notificación de su jefe de que había sido despedida de su trabajo por ese comentario racista.

No hay que ser famoso ni tener millones de seguidores para ser víctima de un linchamiento en redes sociales. Realizarlo es el oficio de los trolls –gente a la caza de oportunidades para publicar mensajes ofensivos, desconcertantes o agresivos, casi siempre con desmesura y  maledicencia- en el mundo virtual.

Son una fauna amplia, variopinta y universal que está en Internet desde los primeros días y expande su actividad con el mismo ritmo vertiginoso con el que crece la red. Omnipresentes en chats, blogs, foros, secciones de comentarios de medios de comunicación y redes sociales, son agitadores del adjetivo y el improperio. Su objetivo apunta casi siempre a escandalizar, agredir, agitar sentimientos y pasiones, ofender, inducir conflictos y provocar reacciones.

Como ocurría en épocas remotas con quienes enviaban anónimos a los medios o circulaban pasquines en los pueblos, la esencia de su actividad está en buena parte en el anonimato y se puede decir, sin temor a equivocarse, que la mayoría no es gente buena. Un muy completo perfil psicológico realizado en el 2014 por las universidades canadienses de Manitoba, Winnipeg y British Columbia señala que los trolls “padecen sadismo, psicopatía y son maquiavélicos en su manipulación de los demás y su desprecio por la moral”. Lo realmente lamentable es que no siempre son inofensivos. En el 2013 Gran Bretaña se conmocionó con el suicidio de cuatro menores de edad por el acoso que padecieron en la red social "Ask.fm". Y el pasado mes de abril se arrojó desde un puente a las aguas del río Hudson en Nueva York Rachel Bryk, una diseñadora de videojuegos transexual, vencida por las agresiones y el odio de los trolls.

Internet es sin duda uno de los mayores aportes de la tecnología a la humanidad en toda su historia. Una herramienta fascinante y poderosa que impulsa la ciencia, el conocimiento, la economía a niveles nunca antes alcanzados. Pero también alberga zonas oscuras que reúnen miserias, delitos, crimen, una gran antología de lo peor que puede haber en el ser humano. Los casos de Julian Assange en Wikileaks y de Edward Snowden pusieron al descubierto hasta dónde puede llegar el espionaje de los gobiernos a otros gobiernos y también a individuos y organizaciones a través de la red. Pero aún peor que el espionaje o el acoso en la internet que utilizamos todos los días puede ser la "zona oscura”, el uso masivo, clandestino y sórdido del recurso, que alberga redes y comunidades a las cuales no se accede con exploradores convencionales como Chrome o  Explorer porque usa tecnologías que permiten interactuar sin dejar rastro y son por eso herramienta y escenario de todo tipo de mercados ilegales y masivos de drogas, prostitución, armas y desde luego, santuario de trolls.

Día tras día crece y se consolida la gran revolución económica, educativa y cultural que ha representado la internet en el planeta. Procesos en marcha como el crecimiento exponencial de la internet inalámbrica, los wearables, el big data o la internet de las cosas, indican que los mejores días de esa revolución están por venir. Crecen las agresiones desde la internet oscura, pero simultáneamente las respuestas para enfrentarla. En abril pasado la Universidad de Stanford puso al servicio un algoritmo 100 % eficaz para detectar trolls y bloquearlos fácilmente. Los casos de Assange y Snowden suscitaron respuestas institucionales y legales de gobiernos y organismos internacionales para extremar controles y garantías a la privacidad. Pero en el fondo, lo bueno y lo malo que pasa en la red demuestra que su impresionante conjunto de artefactos, plataformas y herramientas son todavía un universo descomunal en construcción, que poca gente domina. Y que la ya famosa sentencia de Eric Schmidt, presidente de Google, podría mantener su vigencia durante algunos años más: “Internet es el primer invento de la humanidad que la humanidad no entiende. El mayor experimento de anarquía que hemos tenido”.
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