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Opinión

  • | 2016/08/04 12:27

    Que las mujeres sean sacerdotisas, obispas y cardenales

    Católica, apostólica y machista, la Iglesia se opone con argumentos desuetos y cada vez más difíciles de justificar a la integración plena de la mujer y a garantizar su igualdad con los hombres

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Una monja católica le dijo al Papa Francisco durante su visita de 2015 a Estados Unidos: “…algún día un Papa tendrá que pedir perdón a la humanidad por el trato que el Vaticano ha dado a las mujeres”.

Entre 2006 y 2015 la obispa presidente de la iglesia anglicana de Estados Unidos fue Katharine Jefferts, casada con Richard Schori, madre de una hija llamada Katharine, una biografía que sería imposible para toda mujer vinculada a la iglesia católica, apostólica y romana, que las quiere buenas, devotas y rectas, pero también sumisas, limitadas a dignidades menores y completamente alejadas del poder.

Mientras la integración masiva de la mujer a la educación y al trabajo transformaron para bien el mundo durante los últimos 50 años, la iglesia católica insiste en marginar sus opiniones y decisiones, impide que accedan al sacerdocio y a la jerarquía y persiste en negarles igualdad con los hombres en su organización.

Los motivos que subyacen en el fondo de esta injusticia se remontan a los primeros años del catolicismo cuando el rol de la mujer era muy diferente del que cumple hoy y por lo mismo resultan inadmisibles en la sociedad actual: el pecado entró en el mundo a través de la mujer, la mujer fue creada en segundo lugar, el tabú de la menstruación, entre otros.

El debate actual del tema tiene sus raíces en el Concilio Vaticano II cuyo ímpetu reformista quedó truncado por la muerte de su promotor, el Papa Juan XXIII. Desde los años 70 del siglo pasado el sacerdote suizo Hans Kung, uno de los más lúcidos e importantes teólogos del catolicismo, compañero en el Concilio Vaticano II de Joseph Razinger quien sería después el Papa Benedicto XVI, advirtió que el futuro de la iglesia católica estaría comprometido y que perdería buena parte de sus fieles si no se llevaban a término reformas en temas que estaban desplazando a muchos fieles hacia otras iglesias.

Hablaba de asuntos como el sacerdocio femenino, abolir el celibato, abolir la infalibilidad del Papa, abrir la jerarquía y flexibilizar la doctrina respecto del divorcio y la anticoncepción, que acertadamente vio como motivos principales de la estampida de católicos hacia sectas cristianas en las zonas más pobres del mundo que es donde la Iglesia tiene sus mayores huestes -Latinoamérica, África, Filipinas-.

Kung se convirtió en referente para millones de católicos que percibieron la tendencia a detener los cambios y a reversar decisiones del Concilio en el papado de Pablo VI y muy especialmente en los muy conservadores de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Sus libros, conferencias y declaraciones de prensa sobre el tema desataron grandes polémicas en la curia romana y en el clero y llevaron en 1979 a Juan Pablo II a prohibir a Kung la cátedra de teología, una especie de excomunión en tono menor. Hoy es un anciano de 88 años, enfermo de Parkinson que sigue escribiendo sobre los temas de su lucha.

“Las mujeres ya no se dejan degradar a meros objetos de mandatos, prohibiciones, reglas y atribuciones de rol formulados por varones” anotó Kung en abierta oposición a la carta Ordinatio Sacerdotalis a través de la cual en 1994 el Papa Juan Pablo II sentó doctrina y manifestó que por voluntad del propio Cristo la función de enseñar, santificar y regir a los fieles, desde el principio, ha sido reservada siempre en la Iglesia Católica exclusivamente a los hombres. Según el Papa polaco Cristo escogió sus Apóstoles sólo entre varones y “la exclusión de las mujeres del sacerdocio está en armonía con el plan de Dios para su Iglesia”

Acogida con reverencia y disciplina por millones de religiosos y fieles, esa decisión de Juan Pablo II causó al mismo tiempo inconformiso y rechazo en sectores también representativos de la iglesia, en particular de mujeres que reclaman trato igualitario y sus derechos a participar en todos los órdenes de la Iglesia, sin restricciones.

La participación de la mujer sería determinante para contrarrestar la pérdida de vocaciones sacerdotales que mantiene en crisis parroquias en todos los países del mundo. Pero, sobre todo, la resistencia a consagrarla demuestra que sigue pendiente la tarea de actualizar la institucionalidad medieval de la iglesia, absolutista, centralista y dictatorial, a la nueva concepción de los derechos humanos, la democracia, la libertad de culto y la igualdad de géneros del mundo contemporáneo.

En su reciente viaje a Cracovia el Papa Francisco expresó de nuevo su opinión sobre el tema. Dijo categóricamente que el asunto del sacerdocio femenino quedó sellado en el concepto de Juan Pablo II pero puso en marcha una comisión encargada de analizar que las mujeres sean diaconisas, una figura de los primeros tiempos de la Iglesia a través de la cual vienen atendiendo, con hombres, la escasez de sacerdotes y de vocaciones. Los diáconos pueden ser casados o solteros, se ordenan en ceremonias muy similares a las de los sacerdotes, pueden bendecir, bautizar, casar, dar la comunión, llevar el viático a los moribundos, presidir la celebración de la palabra y ceremonias fúnebres, entre otras funciones.

Parecería una respuesta menor, en especial viniendo de un Papa claramente reformista como Francisco, una especie de premio de consolación a las mujeres que contrasta con la determinación de la Iglesia Anglicana que aprobó el sacerdocio femenino pleno, desde los años 90 del siglo pasado. Una concesión incompleta, pero que expresa también pragmatismo y un mensaje claro acerca de que, aunque crezca el clamor de las católicas y pretenda proyectar las reformas de Juan XXIII, los tiempos todavía no están maduros para que Francisco pueda demoler las ultraconservadoras estructuras construidas durante siglos por cardenales y obispos, para perpetuar su dominio y poder en la iglesia católica.

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