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Opinión

  • | 2015/05/29 09:49

    Celebrando los muertos

    La Mesa se puede agrietar de tanto en tanto, pero no por ello podemos permitir que la destrocen los envalentonados conspiradores a quienes la historia juzgará implacablemente.

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El fuego verbal avivado por los enemigos de la paz está llevando al país a preguntarse si el cese al fuego de las partes armadas, ya sea unilateral o bilateral, alcanzará para encaminar las negociaciones hacia el definitivo fin del conflicto. La obcecada y virulenta arremetida de los guerreristas ha terminado por propagarse y contaminar de tal forma a la sociedad, que con razón muchos podrían pensar que la firma de la paz en la Habana será insuficiente para ver a Colombia construyendo desde el posconflicto la patria pacífica, con un mejor desarrollo económico, con igualdad y empleo y real disminución de la pobreza, y con la plena justicia social que quisieran. Y es por ello que, dada la polarización reinante, habrá siempre oídos sordos, gestos de indolencia o activistas contradictores a quienes les “resbalará” lo dicho tan acertadamente por Jorge Restrepo en SEMANA, cuando el director del Centro de Recursos para el Análisis del Conflicto (Cerac) señalaba que durante los cinco meses de cumplimiento por parte de las FARC-EP del cese al fuego que decretaran, vivimos el momento más pacífico de los últimos 30 años: “Desde 1984 no había habido un período con tan bajo nivel de violencia en el conflicto armado”, dijo para desasosiego de “aquellos”.

Desde luego que las crisis que se presentan en las negociaciones son apenas naturales en cualquier arreglo entre enemigos. No es dable imaginar crisis en “arreglos” entre amigos. Y es a subliminar estos desencuentros esporádicos y transitorios a lo que apuntan los detractores del proceso de paz para tirárselo. Aquí lo grave seria desconocer que quienes se empeñan en obstaculizar o dinamitar los acuerdos suman una muy considerable masa de ciudadanos, millones, que imbuidos y permeados en su conciencia por la propaganda neofascista del uribismo estarían en condiciones de jamás permitir que Colombia encuentre el camino de la tranquilidad pública y la reconciliación, y entonces la Colombia del posconflicto no sería una, sino dos Colombias que continuarán enfrentadas.  

La mayor preocupación que debería acompañar a cualquier colombiano no es otra que la de ver frenar la contabilización de los muertos. Pero no es así. Está demostrado que los opositores a las negociaciones sienten una dulce fruición cuando los muertos son guerrilleros y un “pesar” calculado e hipócrita cuando pertenecen al bando de la fuerza pública.

Es tan contradictoria y criminal la postura guerrerista, que inconcebiblemente hace caso omiso de que las víctimas pueden provenir de su lado, lo que para ellos parece importar poco si ven que del otro lado se multiplican.

Celebrar los muertos de colombianos, así estos pertenezcan a la guerrilla, es siniestro e inhumano y pone al descubierto el material pútrido del que está hecho el alma de los esquizofrénicos bravucones.

El desescalamiento de la guerra, que trae como consecuencia la disminución de cadáveres, lisiados y damnificados, y menos dolor, angustia y lágrimas, sólo lo entienden como una expresión debilidad y entrega de parte de quienes lo reclaman.

Una aproximación a la trascendencia y la urgencia de desescalar el conflicto y perseverar con las conversaciones está reflejada en lo planteado por León Valencia y Ariel Ávila, de la Fundación Paz y Reconciliación, cuando nos recuerdan que “si comparamos los muertos y heridos de la fuerza pública del 2013 con los del 2014, podemos ver  que la cifra disminuyó en mil miembros de las Fuerzas Militares y de Policía afectados en su integridad física o muertos. También hubo 14.000 desplazados menos en la población civil. El país se ahorró 15.000 víctimas. Esto sin contar las muertes de guerrilleros que se evitaron, que son colombianos, que son también hijos de esta patria.” Además, demuestran cómo durante la reciente tregua se impidieron muertes y lesiones a cerca de 600 colombianos, mermando el ímpetu de la confrontación en cerca del 90 %.

La Mesa de La Habana se puede agrietar de tanto en tanto, pero no por ello podemos permitir que los envalentonados conspiradores que el país conoce y a quienes la Historia juzgará implacablemente, la destrocen.

guribe3@gmail.com
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