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Opinión

  • | 1993/04/19 00:00

    Gobierno y negocios

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DE LOS PRESIDENTES, DE SUS FAMIlias, de sus hijos o hermanos, se dicen por costumbre cosas "soto voce". Que les regalaron un apartamento. Que un rico los protege económicamente, y que al rico se le retribuye con favores del Estado. Que reciben comisiones. Que los familiares se enriquecen bajo el amparo del poder, o que reciben información privilegiada que les permite hacer los negocios que toca, a la hora que toca. Etc.
Son chismes inevitables, que en la mayoría de los casos se quedan a mitad del camino y que casi nunca concuerdan con la verdad. Pero alcanzan a hacer daño y a aumentar el desprestigio producido por el desgaste natural de los gobernantes colombianos, como está sucediendo actualmente con el debate, apenas incipiente, que se está dando en torno a la vida comercial de un hermano y de un cuñado del presidente Gaviria.
Me parece que, para arrancar, y si aceptamos que este tipo de debates son inevitables. Gaviria ha salido hasta bien librado.
Muchos de sus antecesores eran personalmente protagonistas de las consejas populares. ¿De Pastrana no se decía, por ejemplo, que se había "beneficiado" con los Mirage? ¿De López, que le construyó una autopista a la finca de un hijo? ¿De Belisario, que se había "enriquecido", con el metro cuando era embajador en España, y que un amigo suyo muy poderoso le regaló potente apartamento en Bogotá? ¿De Barco que acabó de "taparse" con los K-Fir? Por fortuna, Colombia no ha llegado en este tema a la "venezuelización" de la moral, punto en el cual los chismes sobre los negocios presidenciales se convierten en piedras angulares de
la política. Pero para que no nos suceda, no sobra que los colombianos nos pongamos de acuerdo sobre ciertas reglas del juego que deberían respetar los presidentes y las familias de los presidentes colombianos, que permitirían aclarar de manera sencilla qué es lo que les es permitido, y qué no, en materia de negocios. Evitaríamos así una cacería de brujas que sólo conduce a interpretar que todo familiar de un presidente, que no se meta entre la cama a esperar que transcurran los cuatro años del período presidencial, es automáticamente sospechoso de ordeñar al Estado, o de cometer indelicadezas al amparo o bajo el patrocinio del poder.
Para comenzar por los presidentes, está claro que ni ellos ni las primeras damas pueden aceptar regalos valiosos. Ejemplos de errores semejantes está el de Giscard D'Estaing, que recibió diamantes del troglodita de Bocassa, o el de Nancy Reagan, que se dejó vestir por los más costosos modistos del mundo. Y desde luego que el máximo extremo es dejarse regalar vivienda así sea citadina o veraniega. porque nadie entiende que estos favores sean gratuitos, ya que las hadas madrinas que por puro amor al arte convierten calabazas en carrozas y no cobran nada sólo existen en los cuentos de los niños, y ya ni ellos se lo creen.
En cuanto a los familiares de presidentes, se me vienen a la cabeza dos ejemplos extremos. El del hermano de Jimmy Carter, que aceptó representar a gobiernos extranjeros, y particularmente a Libia, en gestiones ante el gobierno norteamericano, o el del hijo de Seorge Bush, un financista del Sector privado, que cuando comenzó a ver a su empresa en problemas financieros movió toda suerte de palancas para que se demorara la supervisión estatal y tuviera tiempo de recuperarse.
Yo pensaría que mientras se muevan en el sector privado los familiares de los presidentes pueden hacer todos los negocios licitos que quieran, pero que en cambio deben abstenerse de hacer negocios con el Estado, a no ser que tradicionalmente hayan vivido de ellos, caso en el cual la medida debe ser que se mantenga una proporción equivalente entre los negocios que tenía antes y los que tiene ahora con presidente a bordo. Hay que ser realistas en cuanto a que sector privado no existe sino en Bogotá, Medellín y Cali, pero que en el resto del país es prácticamente imposible subsistir de lo que llaman "negocios particulares", sin codearse nunca con alguna instancia estatal.
Tengo entendido que el actual Gobierno, pero me desmentirán las autoridades respectivas si no tengo la razón, ha sido especialmente paranoico en cuanto a la prohibición de que familiares y allegados se mezclen comercialmente con el Estado. Hasta donde he podido averiguar, el hermano del Presidente que actualmente es objeto de un detallado escrutinio periodístico (y también del Procurador por petición expresa de Gaviria), construye vivienda popular, pero que le compren una de sus casas no depende para nada de una decisión estatal -léase el Inurbe- sino de que a un particular interesado le guste y resuelva comprársela por su propia voluntad.
De la lectura de la investigación que ha adelantado El Siglo, uno podría concluir que lo único singular que hay en la historia de este hermano del Presidente es que le ha ido muy bien comercialmente de cinco años para acá. Que en ello haya influido su cercana con el poder es muy relativo, pero no imposible. Sapos hay en todos los climas, y la manera de evitar que a un hermano del Presidente le presten plata más fácil o le salgan más rápido unos papeles o es pegarse un aviso en la frente en el que se advierta que se está inhabilitado para que las cosas le salgan bien.
Mientras esperamos a que la Procuraduría investigue el caso y se pronuncie, o a que El Siglo encuentre algo realmente feo en la hoja de vida del personaje que nos ocupa, sólo una última reflexión. La de que este debate podría terminar en que al presidente Gaviria no le descubrieron la existencia de un hermano rico, sino la de un hermano.
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