Sábado, 25 de octubre de 2014

| 2013/07/09 00:00

¿Golpes de Estado democráticos?

A veces la democracia elige gente tan mala que sus promotores apelan incluso a su antítesis (el golpe de Estado) para defenderla.

José Fernando Flórez

No es broma. La expresión fue acuñada por The Wall Street Journal para referirse al golpe de Estado que le propinaron en Honduras al presidente elegido democráticamente, Manuel Zelaya, el 28 de junio de 2009. En aquella ocasión, el diario conservador estadounidense consideró que el “putsch” había sido “extrañamente democrático”

Del golpe de Estado que tuvo lugar en Egipto contra el presidente Mohamed Morsi el pasado 3 de julio, al día siguiente el mismo diario afirmó que el pueblo egipcio “tendría suerte” si llegara al poder un general al estilo de Pinochet, prócer de la patria chilena que según el editorial facilitó su transición hacia la democracia (repito que no es broma, lean el último párrafo del texto).

Con respecto al reciente golpe militar en Egipto, tampoco ha faltado quien diga abiertamente que fue democrático. Es la opinión en The Daily Beast de Michael Tomasky, quien considera que se trató de “un golpe para celebrar” pues el presidente derrocado se había convertido en un tirano, y la toma irregular del poder puede considerarse democrática porque según el columnista la apoyaron muchas personas en la Plaza Tahrir, tal vez tantas como las que votaron por Morsi en 2012. 

Aunque el autor no cita la fuente estadística que avala su silogismo, resulta cuando menos curiosa la concepción de “procedimiento democrático” que parece manejar.

En términos lógicos, afirmar que un golpe de Estado (la negación violenta del mecanismo electoral como único método legítimo de acceso al poder) es democrático conduce a un absurdo semántico insostenible. Semejante despropósito se explica porque ciertos demócratas solo lo son cuando la democracia lleva al poder a candidatos de su gusto: en el caso de Zelaya se trataba de un chavista declarado y en el de Morsi de un fundamentalista islámico, sin duda lo peor que se puede encontrar entre la fauna política propia de cada región del planeta. 

No digo que yo no celebre ambos golpes de Estado pues es imposible no hacerlo si se tiene alguna sensibilidad frente a la desgracia del prójimo. Mi punto es que una cosa es considerarlos políticamente convenientes para sus países y otra decir que fueron “democráticos”. Los círculos no pueden ser cuadrados.

Chesterton entendió el problema de fondo y lo plasmó con brillantez en su tiempo: “No hay nada particularmente antidemocrático en patear al mayordomo escaleras abajo. Puede estar mal, pero no es antidemocrático”. La consolidación en el imaginario global (al menos de Occidente) de la democracia como “el mejor sistema gobierno”, hace creer falsamente que es el modelo más proclive a elegir buenos gobernantes, y por lo tanto reserva el adjetivo “democrático” para todo lo que es deseable y justo, mientras condena todo lo que resulta indeseable e injusto a ser “antidemocrático”.

La principal consecuencia de la normalización del mito democrático es la confusión global que existe entre lo que realmente es la democracia electoral (un mero método de elección de élites) y lo que debería ser: el mejor método porque escoge a los mejores gobernantes para que tomen las mejores decisiones; el que redistribuye la riqueza y asegura la igualdad económica, como aspiran los socialistas; el que mejor garantiza la paz, según algunos ingenuos pacifistas que pierden de vista el hecho de que el país con la democracia más antigua del mundo es también el más grande fabricante de guerras; y el que reconoce más libertades y derechos fundamentales, como piensan los constitucionalistas, los activistas y los defensores de derechos humanos cuando en realidad es difícil encontrar algo menos democrático, “contramayoritario”, que los derechos humanos.

La verdad es que la democracia lo único que garantiza como método político es la igualdad de –ciertos- derechos políticos: la “isonomía”, en el vocabulario de la Atenas del siglo V a. de C. En especial el derecho al sufragio, no a gobernar sino a elegir quiénes gobiernan, es decir, quiénes ejercen realmente el poder. Y esta “elección” no está exenta de problemas pues viene influida -por no decir “manipulada”- por quienes dominan la poderosa maquinaria mediática que moldea la popularidad de los gobernantes y la “opinión pública”, principal artefacto moderno de conquista de electorados.

Desde esta perspectiva vuelvo a la lucidez de Chesterton ya que patear al mayordomo, bien mirado, resulta particularmente democrático: “En cierto sentido, un golpe o una patada pueden ser considerados una confesión de igualdad: el hombre que se está enfrentando a su mayordomo cuerpo a cuerpo está, prácticamente, concediéndole el privilegio del duelo".

No es entonces de extrañar que hoy se hable de golpes de Estado democráticos. A veces la democracia elige gente tan mala que sus desesperados promotores apelan incluso a su antítesis (el golpe de Estado) para defenderla.

Twitter:@florezjose 

*Candidato a Doctor (PhD) en Ciencia Política por la Universidad París II Panthéon-Assas.

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