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Opinión

  • | 2015/06/23 10:35

    Manifiesto cultural por la paz

    La estridencia de la guerra se ha vuelto, con notorio éxito, argumento de historias, de producción intelectual y creatividad artística en función, sin duda, de satisfacer demandas y gustos del público.

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El eco de balas que empezó hace más de cincuenta años en Colombia silba cerca. Si no vivencialmente entre batallas, es un ruido, sí, que puede leerse y verse. Está en periódicos, noticieros y en la conversación cotidiana; algo que de forma inevitable envuelve la historia de todos y que alcanza, incluso, para excitar el hábito de narrar ficciones y realidades.

Así que de manera particular a veces comprometida otras como simple decorado, los hechos de la encanecida confrontación alimentan el teatro, las artes plásticas, la literatura, hasta las insípidas series televisivas. La estridencia de la guerra se ha vuelto, con notorio éxito, argumento de historias, de producción intelectual y creatividad artística en función, sin duda, de satisfacer demandas y gustos del público.
 
Si en el concierto internacional ser colombiano se percibe con contrapuestos matices,   presentarse como bailarín, rapero o escritor de este origen atrae mayor interés.  En este instante muchos alistan maletas hacia ferias del libro, mercados de cine y música a donde llevarán obras relativas al conflicto y a las salidas que proporciona la cultura; otros, acudiendo a metáforas del desangre,  vienen de recibir premios  literarios o de recorrer con éxito alfombras rojas en prestigiosos festivales mundiales del cine.

Incitan y venden las expresiones culturales con sello nacional impreso desde la atmósfera de la confrontación. En un nivel macroeconómico aquéllas aportan desde hace años cerca del dos puntos del PIB y se sitúan en los primeros índices iberoamericanos.  

Desde luego, aunque luminosas las cuentas de la oferta cultural y artística colombiana, de mayor trascendencia es su “rentabilidad social”. Se trata de obras inspiradas en el conflicto, pero activadas para devolver fórmulas de inclusión y diálogo. Llama la atención, por ejemplo, cómo pesadumbres de víctimas y victimarios desmovilizados de la barbarie paramilitar, guerrillera y de no infrecuentes casos de Estado, hacen catarsis en prácticas teatrales, poéticas o escénicas gestionadas desde organizaciones culturales.

Siendo así que las expresiones culturales y artísticas acuden a argumentos del conflicto nacional como rentable elemento narrativo, resulta ineludible preguntarse ¿por qué sus autores, creadores o trabajadores no se expresan de manera decidida sobre el proceso de paz? ¿Acaso los diálogos con las FARC u otros en cierne con el ELN están vacíos de referencias simbólicas?

Lo evidente es que a más de dos años de avanzada con altibajos y muchos ataques esta significativa agenda que entraña una oportunidad histórica de superar parte de la extendida violencia, la que podría denominarse corrientemente “gente de la cultura” poco o nada dice a este respecto en forma individual, gremial ni mucho menos concertada.

Intelectuales, artistas, gestores, productores parecen ajenos no solo por no estar sentados a la mesa de negociaciones, sino por su extremado silencio voluntario. Y no puede perderse de vista que la confrontación ha tocado profunda y mayoritariamente a las comunidades étnicas, campesinas y los engranajes culturales de distintas generaciones en el país.

Puesto que no es frecuente oír a alguno en círculos cerrados manifestándose en contra, muy importante sería a la sazón que en conjunto asumieran una posición pública.  Una expresión que, parece lógico, debería ser un “manifiesto cultural por la paz” que exponga de manera explícita el apoyo a la continuidad de los diálogos en perspectiva de un acuerdo frente a la guerra.

Valga precisar que un “manifiesto cultural por la paz” como el que se echa en falta, no significa ni podría confundirse con un voto de apoyo político al gobierno, a las guerrillas ni mucho menos a alguna oportunista propuesta electoral.

El país cree en los intelectuales, en los artistas y gestores de la cultura quienes han puesto el conflicto en el foco de sus creaciones para bien de la memoria y el debate. No da espera ahora que hablen públicamente de un proceso espinoso pero trascendental para un poco de paz.

(*) Asesor de políticas y proyectos sociales y culturales en países latinoamericanos. Columnista en diarios nacionales.
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