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Opinión

  • | 2017/01/11 10:17

    Por decisión judicial, regresan a Bogotá la barbarie, la sangre y la muerte

    Los toros que van a ser asesinados en la nueva temporada taurina entregarán sus vidas (sin saberlo ni quererlo) para contribuir a la causa del respeto a sus propios derechos, ya establecidos, como animales no humanos.

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La tauromaquia, orgía de barbarie, muerte, alcoholismo, sangre e inmoralidad, regresará a Bogotá el próximo 29 de enero por un mandato judicial que la rescata como valor "cultural", mientras en el resto del mundo esa depravación es desterrada y penada.

El regreso de esta infamia ocurre exactamente un año después del nacimiento de la ley 1774 que declaró a los animales seres “sintientes” y concretó el trato que los animales humanos les deben a los no humanos. Un avance fundamental en nuestra evolución moral. El nuevo marco jurídico echó por tierra las disposiciones del viejo Código Civil que mantenía a los animales en la categoría de cosas o semovientes.

Además, se elevaron a la condición de delito los procederes que atentan contra la vida, la integridad física y emocional de los animales. Las penas son hasta de tres años de cárcel y las multas hasta de, aproximadamente, US$ 10 mil. Ahora, la Policía Nacional debe atender, antes de 24 horas, las denuncias por maltrato y puede quitarle el animal a su maltratador sin necesidad de orden judicial.

Empero, la tauromaquia, de inmensa e influyente afición mafiosa y corrupta, quedó por fuera de la ley y Colombia todavía pertenece al grupo de siete países en el mundo que toleran esa incultura, ese rezago salvaje de la cada vez más maldecida herencia española en América.

Durante los últimos cuatro años las corridas de toros estuvieron proscritas en Bogotá, pero ahora regresan, en la administración de Enrique Peñalosa, uno de los alcaldes más depredadores de la naturaleza y el medio ambiente que ha tenido la ciudad.

El reintegro de esta fiesta de la sangre y el horror tendrá como figuras centrales a los matarifes José Tomas, ‘El Juli’, y Pablo Hermoso de Mendoza.

En el momento que la ley colombiana estableció derechos para los animales, Alejandro Ordóñez, entonces Procurador General de la Nación, católico extremista, enemigo del aborto, la homosexualidad, el matrimonio entre personas del mismo sexo (recientemente instituido) y practicante del concepto oscurantista de que la Biblia debe regir por encima de la Constitución Nacional, rechazó cualquier posibilidad de reconocimiento de derechos a los animales y advirtió que, como consecuencia de la nueva ley, estamos por llegar pronto “al matrimonio entre humanos y animales”, sin tener en cuenta que él es furibundo y fervoroso promotor del mito religioso de bestialismo según el cual una virgen engendró a un hijo con una paloma. Ordóñez es aficionado a la tauromaquia y la defiende como principio rector de la libertad.

No existe un solo argumento válido en favor de las corridas de toros, por fortuna, en vías de extinción (a pesar del baño de sangre que se reanudará en Bogotá) pues hoy solamente se practica en siete países: Colombia, España, México, Ecuador, Perú, Portugal y Venezuela.

En octubre de 2012, El Espectador, de Bogotá, entrevistó al taurófilo español y “filósofo de la moral” Ernesto Sabater (uno de los petulantes vivos más reconocidos del mundo contemporáneo) y a la pregunta sobre si los animales tenían derechos, arrojó esta perla:

“Los animales no tienen derechos en el sentido estricto de la palabra, pues tampoco tienen ningún deber”. Querría decir entonces este disparate que, por ejemplo, los niños de brazos o los enajenados mentales no tienen derechos en el sentido estricto de la palabra, pues tampoco tienen ningún deber.

Así, con este tipo de consideraciones, es como se defienden las corridas de toros, el sanguinario espectáculo de sufrimiento de un ser vivo al que le destrozan los músculos del cuello para que un asesino pueda ejercer el “arte” del toreo y quitarle la vida sin ningún derecho.

En la misma entrevista, a la pregunta de si la abolición de la fiesta brava sería también el fin de los toros de lidia (desarrollados mediante manipulación genética solamente para torturarlos y matarlos en un espectáculo de lucro, sangre y horror) el “filósofo de la moral” argumentó: “Los que luchan contra la fiesta del toro no tienen claro que su desaparición no sería simplemente la desaparición de los toros bravos. En España, las dehesas donde se crían son un ecosistema específico que comprende bosques, aguas y muchos otros animales pequeños y grandes. Acabar con los toros bravos es condenar esos terrenos, verdaderas reservas naturales, a ser campos de maíz transgénico”.

Lo que Sabater ni los taurófilos en general se atreven a reconocer, en vez de enredar tanto la pita, es que sienten fascinación por la maldad y la inhumanidad. No es, de ninguna manera, amor al arte sino una enfermedad moral llamada sadismo, descrita así por  el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: “Crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta”. Wikipedia la describe mejor: “Comportamiento consistente en sentir placer causando dolor físico o psicológico a otro ser vivo”.

No creo que vaya a durar mucho en pie el argumento de que la perversión y la muerte puedan prosperar en calidad de bien "cultural".

Sabater, sumo pontífice, palabra mayor de la tauromaquia y máximo dispensador de argumentos "inteligentísimos" en defensa de ese “arte”, sostiene que la suerte del toro de lidia sin corridas puede ser pronto como la del caballo:

“El caballo salvaje pasó a usarse en el campo, en la guerra, en el transporte. Ahora sobrevive débilmente porque se usa para pasear y jugar a los vaqueros”.

La lidia de toros es defendida con estupideces de esa naturaleza, todas falsas e insostenibles. Para comenzar, los toros miura que se utilizan en la carnicería de la tauromaquia no son deliberadamente bravos, tampoco son "asesinos", "nobles", "innobles" y todas las demás virtudes y defectos que les inventan los taurófilos.

Los toros son dóciles y pacíficos por naturaleza. Mantienen lazos afectivos, razonan, sienten, se frustran con el encierro, toman decisiones, poseen autoconciencia y percepción del tiempo, lloran las pérdidas, aprenden, se comunican y son capaz de transmitir lo aprendido.

Plena prueba de ello la ofrece Christophe Thomas, joven granjero francés, quien adoptó a un toro de lidia nacido para ser toreado en Barcelona. No obstante, lo convirtió en su mascota y pudo demostrar que uno de estos pacíficos animales llega a ser más fiel, incluso, que un perro, lo que está expuesto en esta bellísima y conmovedora pieza de video.

Los toros que van a ser asesinados en la temporada taurina de Bogotá entregarán sus vidas (sin saberlo y sin quererlo), para contribuir a la causa del respeto a sus propios derechos, ya establecidos, como animales no humanos y respetables.

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