Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2017/01/26 10:07

    Bendito sea el teléfono celular

    Alguna vez fui profesor universitario y casi nunca debí dictar clase realmente en vista de que los alumnos estaban atendiendo otros asuntos más importantes en sus teléfonos.

COMPARTIR

Tuve, y aún conservo, uno de los primeros modelos de teléfonos celulares que llegaron a Colombia, Ericsson. Es negro, pesa medio kilo y lo mantengo entre un cajón con todas las cámaras fotográficas análogas que he poseído, restos de un pasado inservible, cercano y cambiante. Lo cargaba colgado del cinturón como si se tratara de una granada de fragmentación. Me lo entregó el periódico en el que trabajaba en ese tiempo y yo debía pagar, si bien recuerdo, la mitad de la cuenta del servicio.

Servía, en teoría, para llamar desde todas partes, lo que nunca fue cierto porque casi en ningún lado había señal. Otra ventaja era la de que todo el mundo podría llamarlo a uno donde quiera que estuviera, aunque muy pocas personas estaban dispuestas a pagar lo que costaba una llamada de esas y cuando se decidían a hacerla, obviamente, no había señal. El mío estaba afiliado a la desaparecida empresa Celumóvil.

Pasaba días sin recibir llamadas y sin hacerlas por miedo al alto costo del servicio. Llegué a sospechar que este invento prodigioso no iba a tener futuro: eran pocos los que podían costear su uso oneroso, tanto que esos corpulentos aparatos, a los que era necesario extraerles una antena para utilizarlos, servían más para ostentar que para comunicarse.

Recuerdo que en el balance policial sobre la destrucción de una discoteca que se incendió en Caracas con un inmenso saldo trágico, quedó consignada la aparición de decenas de celulares chamuscados que portaban los clientes, con la característica de que todos eran de juguete. Los usaban para aparentar.

Pero mi percepción sobre la utilidad de estos aparatos comenzó a cambiar la noche del 20 de diciembre de 1995. Un grupo de amigos, casi todos ellos colegas, me tributó una despedida porque me iba a vivir y a trabajar a otro país y sobre las 10 de la noche comenzaron a timbrar con violenta exaltación los celulares de todos los invitados. A cada uno lo llamaban del medio al que pertenecía pidiéndole información inmediata sobre un avión Boeing 757-223, de American Airlines, que se acababa de accidentar en una montaña de Buga, Colombia, cuando volaba entre Miami y Cali, con 164 ocupantes, de los cuales sólo se salvaron cuatro.

En menos de dos horas, gracias a los celulares, entre todos reunimos la información necesaria para que cada cual enviara su propia versión de la historia trágica sobre los infortunados colombianos que regresaban para la Navidad, los turistas que viajaban atraídos por bellezas inciertas y los consagrados empresarios que llegaron en busca de negocios.

Ya con las ediciones cerradas en varias partes del mundo a las que llegaron oportunamente nuestras notas, nos dedicamos a exaltar la natural inclinación del teléfono celular para beneficiar nuestro oficio y tan pronto llegué a mi nuevo empleo exigí que todos los periodistas tuvieran teléfonos móviles, encendidos de día y de noche, al costo que fuera.

Muy pronto, los vaticinios de las revistas más prestigiosas del mundo se hicieron realidad: los celulares se pudieron conectar a internet y convertirse en el centro de nuestras vidas. Con el mío, como usted con el suyo, puedo tomar una foto o un video para mandárselo inmediatamente a mi hermana en España o a mis sobrinos, simultáneamente, a Nueva York, Londres y París. Voy de mi hotel en Lima a la dirección más enrevesada de la ciudad usando el GPS de Google Maps; chateo en tiempo real con la gente que conozco alrededor del mundo, manejo mi cuenta de correo electrónico y trino desde donde quiera que esté. El celular me dice dónde está la farmacia más cercana en una ciudad que no conozco en absoluto y me traduce los artículos que encuentro en diarios y revistas escritos en idiomas tan enrevesados como mandarín, ruso o chileno. Tengo el diccionario de la RAE a la mano, sin necesidad de cargar con el gran tomo de tres kilos empastado en cuero, y la opción de investigar a fondo sobre los temas que quiera mientras vuelo en un avión con Wifi.

El celular lo es todo. No obstante, hay quienes se han dedicado a cuestionar nuestra dependencia de ese diminuto adminículo mágico del que ellos son tan esclavos como nosotros. Dicen que las familias ya no hacen tertulias en el calor del hogar (normalmente eran cruces de insultos y reclamos) porque cada uno está en otra cosa a través de su celular. Las parejas, por fortuna, ya no hablan entre ellas cuando están juntas ("cada vez estoy más convencido de que eres un bueno para nada", "tus mentiras me tienen harta", "me da vergüenza andar contigo", " a tu mamá sí la quiero, pero muerta"...) y los niños viven venturosamente pegados a los teléfonos en vez de dar gritos que le trepanan a uno el cráneo y saltar entre barrizales para ir después a caminar sobre los muebles de la casa.

Las personas revisan sus pantallas mientras manejan carros, bicicletas y caminan por la calle sin fijarse por donde van, de manera que se estrellan entre ellas, quedan mutiladas o mueren, exactamente igual que cuando no existían los teléfonos celulares, los carros ni las bicicletas.

¿Las esposas o los maridos contemporáneos se han puesto a pensar en el grado de violencia letal que se desataría entre ellos si llegaran a convivir un solo día bajo el mismo techo sin la distracción tranquilizante de sus respectivos celulares?

Ya estamos acostumbrados a entender que cuando suena determinado ruidito en nuestros bolsillos quiere decir que nos llegó un mensaje de correo, WhatsApp, Telegram, BBM, etc. Podemos archivar un número de teléfono y bloquearlo, saber a qué altura sobre el nivel del mar estamos y cuál es la temperatura ambiente del lugar del mundo donde nos encontremos.

Alguna vez fui profesor universitario y casi nunca debí dictar clase realmente en vista de que los alumnos estaban atendiendo otros asuntos mucho más importantes en sus teléfonos.

La única vez que un celular encendido es indeseable y despreciable es en el cine u otro evento parecido.

No obstante, si uno va, por ejemplo, a Managua, La Paz o Tegucigalpa, puede permanecer todo el tiempo abstraído por medio del teléfono en asuntos mucho más satisfactorios que ver la fealdad y la miseria asombrosas de esas ciudades.

A mis lectores quiero darles varios consejos que no me han pedido, pero me los van a agradecer: A) Usen cada vez más sus teléfonos y todas las ventajas que ofrecen, útiles e inútiles. B) No hagan nada que no exija de alguna manera el uso del celular. C) Lo más importante es el teléfono celular, dedíquenle cada vez más tiempo y atención. Ámenlo.

Los teléfonos celulares hacen que la gente le encuentre más sentido a su vida o al menos le impiden tener que ponerse a pensar en qué hacer con ella, pero, llegado el caso, para eso está Google ("¿qué hacer con mi vida?", oprime "buscar" y tendrá un millón de respuestas. Alguna le servirá).

También, ayudan a que los niños sean seres visionarios, recursivos, afirmativos y optimistas. Me contaron de una abuela que se encontró en la calle a una mujer con ataque de epilepsia.

—Dios mío, ¿qué le pasará?
—Tranquila, abuelita, no es nada: se está reiniciando –contestó la nieta que la acompañaba.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1839

PORTADA

Odebrecht: ¡Crecen los tentáculos!

Las nuevas revelaciones del escándalo sacuden al Congreso y al director de la ANI. Con la nueva situación cambia el ajedrez político al comenzar la campaña electoral.