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Opinión

  • | 2016/01/18 16:39

    Bogotá, ciudad grafiti

    Uno de los más complejos legados de los gobiernos de izquierda que gobernaron durante los últimos 12 años a Bogotá es que entregaron el espacio público contaminado, pintoreteado y vandalizado.

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Todos los meses la estatua del Libertador del escultor Italiano Pietro Tenerani, ubicada en el centro de la Plaza de Bolívar de Bogotá, uno de los monumentos más emblemáticos e importantes del país, así como el pedestal y la plataforma enchapada en piedra sobre la que descansa, son atacados por personas que los pintoretean con tinta, spray, tiza y otros materiales.

Uno de los más complejos legados de los gobiernos de izquierda que gobernaron durante los últimos 12 años a Bogotá, es que entregaron el espacio público contaminado, pintoreteado y vandalizado, como nunca antes en la historia de la ciudad. Al abrir espacios de tolerancia al grafiti en todas sus modalidades y formas desataron una enorme invasión de imágenes –dibujos, caligrafías, obscenidades, pensamientos, firmas y mamarrachos- en cualquier área pública disponible: muros de casas y edificios públicos o privados, culatas de edificios, mobiliario urbano, muros de contención, puentes, postes, aceras, construcciones abandonadas, monumentos, caños, parques públicos, entre muchos otros.

Es un tema sensible que suscita enfrentamientos y polémicas, en especial en el emotivo escenario de las redes sociales que agrupa a seguidores y archienemigos del también heterogéneo grupo de autores que incluye artistas populares, grafiteros, barras del fútbol, agitadores políticos, vándalos, desadaptados y hasta delincuentes de alguna peligrosidad.

El grafiti comenzó a ser popular en Bogotá en los años 70 como medio de expresión de frases y consignas de grupos radicales, por lo general de estudiantes universitarios y también de grupos armados ilegales como las Farc, el ELN, el M-19 y el EPL. El hip-hop y el punk lo masificaron desde otros segmentos de la población a partir de los 80 y 90 y en el nuevo siglo avanza exponencialmente de la mano de Internet. Según Idartes en la actualidad hay 5.000 personas dedicadas al grafiti en la ciudad donde también existen múltiples agrupaciones, publicaciones especializadas y toda una industria de compra y venta de insumos y materiales en torno de esa actividad.

Murales, esténciles, pegatinas, todas las manifestaciones del arte callejero están presentes en Bogotá, como en muchas otras ciudades del mundo. Hay quienes los ven como una catarsis a la indignación colectiva a través de la apropiación y re significación del ámbito público, con formas de arte más democráticas. Para otros son graves manifestaciones de desorden y anarquía. A ese debate lo acompaña el de la calidad estética de las pinturas, inacabable e indefinible por la enorme subjetividad que carga precisar toda forma de belleza. Hay personas que encuentran deplorable el conjunto pictórico que hoy afecta vías como la calle 26 o la carrera 30 mientras otras lo consideran una importante intervención del espacio público y un significativo aporte estético a la ciudad.

El tema adquiere otra perspectiva cuando se considera que además de los “artistas urbanos” y de los veteranos escritores de consignas, el grafiti agrupa vándalos y desequilibrados como algunos cultores del writing -personas obsesionadas por escribir sus nombres o firmas en el espacio público cuantas veces puedan- y del “grafiti barrista” que ejecutan miembros de las barras bravas de equipos de fútbol (Los del Sur, Los Comandos Azules, El Disturbio Rojo). Desde esas fuentes los daños a la ciudad son constantes, violentos y costosos. La agresión que padece el monumento a Bolívar, afecta a casi todos los 497 monumentos, esculturas y estatuas que tiene la ciudad. Igualmente los propietarios de viviendas y negocios de extensos sectores de los barrios Chapinero y Teusaquillo viven en los últimos años una interminable pesadilla porque con frecuencia les pintan en fachadas y paredes, mamarrachos, ofensas, vulgaridades algo también típico y frecuente en amplios sectores de Suba, Kennedy y Fontibón, entre muchos otros. Casi nadie repara ni vuelve a pintar esos espacios porque se sabe que de inmediato los volverán a atacar.

La muerte a manos de la Policía del grafitero Diego Felipe Becerra, menor de edad, ocurrida en agosto de 2011, suscitó rechazo en la opinión pública y condujo a un proceso de diálogo de la alcaldía con individuos y organizaciones de grafiteros. De ahí surgió el decreto No. 075 de Gustavo Petro para promover el grafiti “como una forma artística y responsable en la ciudad”. Les asignó espacios, creó condiciones y reglas de juego para la actividad que sin embargo se siguió expandiendo en donde se prohibió: inmuebles, señales de tránsito, parques, escuelas, cementerios, bienes de interés cultural etc.

Esa es la herencia que recibió el actual alcalde Enrique Peñalosa quien ya expresó claramente que aunque los grafitis quieran ser muy independientes y autónomos, la gente no los puede pintar en la propiedad de los demás. “Vendedores ilegales y carros en aceras, grafiti, mugre, avisos desordenados, mala iluminación traen inseguridad” es su pensamiento, que está en sintonía con el de los gobiernos de otras grandes ciudades latinoamericanas que transitan desde la permisividad a la tolerancia cero con el grafiti. En Ciudad de México se sanciona ahora con multa de entre 50 y 100 salarios mínimos o 36 horas de arresto, en Santiago de Chile con presidio menor –de 61 a 541 días- y hasta en Buenos Aires, que fuera el gran territorio libre del continente en la materia, elevaron controles e incluso mediante un acuerdo sanción con los propios grafiteros limpiaron toda la flota del transporte público que estaba vandalizada en más de un 80%.

La nueva administración de Bogotá anunció que en adelante habrá multas y sanciones a los infractores. Está por verse si tendrá resultados dado el tamaño y gravedad del fenómeno y que los cultores duros del grafiti están por lo general curtidos en la zozobra, la clandestinidad, el marginalismo y la ilegalidad. Queda claro en la reciente respuesta de uno de ellos al respecto, en una publicación especializada: “Ojalá mientras haya grafiti, siga habiendo policía. Si no, no sería tan divertido”.
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