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Opinión

  • | 2018/01/03 07:21

    Y volvió la Guerra Fría

    La Guerra Fría de hoy la dan Rusia y Occidente a través de los saudíes y los persas. La destrucción material, y los cientos de miles de muertos y desplazados en Yemen, son una aproximación apocalíptica a cómo se ven las cosas cuando la Guerra Fría se calienta.

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“¡Derribe este muro!” fue la categórica frase pronunciada por Ronald Reagan, el 12 de Junio de 1987, en un discurso histórico en la Puerta de Brandenburgo en Berlín, retando así a su homólogo soviético Mikhail Gorbachev, usando la simbología del muro para probar la seriedad de las promesas de la Perestroika y el Glasnost, y, en últimas, ambientando el fin de la Guerra Fría.

El muro cayó dos años después, paulatinamente se fue desintegrando la Unión Soviética ante la mirada expectante de un mundo que presenciaba la forma como los principios de la economía de mercado parecían haberse convertido en un consenso mundial, y la tradicional pugna y carrera armamentista entre los dos bloques surgidos después de la Segunda Guerra Mundial podría dar paso a una romántica geopolítica de colaboración donde la diplomacia y no el militarismo fuera la regla.

No todo salió como se creía. La transición a la economía de mercado estuvo marcada por la consolidación de una clase de nuevos ricos, oligarchs, que se beneficiaron de las privatizaciones de las industrias controladas por el Estado, y el ascenso al poder de un exoficial de la KGB, Vladimir Putin, con nostalgias imperiales más propias de la época de los zares que de un líder transformador de una economía en desarrollo.

Si bien el trasfondo de la Guerra Fría era bloquear la expansión del poder e ideología soviética, el nuevo escenario mundial en los ochenta y los noventa ya no estuvo determinado por la emulación comunismo versus capitalismo, sino por la alineación de las potencias mundiales en torno a intereses estratégicos en lo económico, tales como el acceso a recursos naturales, en especial el petróleo y el gas, y a las rutas para su distribución. Todo esto nos lleva a lo que es hoy el teatro de operaciones de la nueva guerra fría: el Medio Oriente.

Si bien la pugna de sunitas contra chiitas es un tema de casi 2.000 años, es innegable que el colonialismo de las potencias de Occidente ha sido un factor de inestabilidad, generador de tensiones y, cómo no, baños de sangre. La caída del Imperio Otomano al final de la Primera Guerra Mundial marcó un patrón de violencia en la región, como lo fue también la suscripción unilateral, arbitraria y cuasi clandestina del Acuerdo Sykes-Picot, por medio del cual Gran Bretaña y Francia definieron el nuevo mapa de lo que antes era el Imperio Otomano. Si bien las tensiones contemporáneas se originan en parte en estos hechos, otros -como la creación del estado de Israel y las dos invasiones a Irak- han sido factores que han tiznado de rencores, rabias y frustraciones a todo el Oriente Medio.

De igual manera, la fallida intentona de invasión soviética a Afganistán, en los ochenta, marcó un punto definitivo de alineación de las potencias al respaldar Estados Unidos, económica y militarmente, a la insurgencia afgana, la cual, en últimas y con la complacencia de un tradicional aliado de los Estados Unidos, Paquistán, degeneraría en el surgimiento de los talibanes. Las terribles consecuencias bien las conocemos.

Todos estos factores confluyen hoy en una región que todos los días pareciera estar más cerca de explotar. Las que antes fueran solo rivalidades religiosas hoy son teatros de guerra donde el gran poder sunita, Arabia Saudita, encuentra su némesis en el gran poder chiita, Irán. Y como siempre, ahí arriba van los titiriteros echándole combustible al conflicto para preservar sus propios intereses hegemónicos, Estados Unidos con Arabia Saudita, y Rusia con Irán.

La política de mirar hacia otra parte de las épocas de Obama probó su inutilidad con el aprovechamiento que hicieron los rusos copando espacios en Siria, lo cual muestra la tozuda realidad de que el liderazgo de los Estados Unidos, si bien no es lo óptimo, es necesario.

La Guerra Fría de hoy la dan Rusia y Occidente a través de los saudíes y los persas. La destrucción material, y los cientos de miles de muertos y desplazados en Yemen, son una aproximación apocalíptica a cómo se ven las cosas cuando la Guerra Fría se calienta.

Las señales no son promisorias: el bloqueo a Qatar por sus vecinos árabes es una pequeña muestra de hasta dónde pueden llegar las tensiones. De igual forma, los ruidos recientes relacionados con Jerusalén, la otrora improbable coincidencia entre Israel y Arabia Saudita contra Irán, la incredulidad de los Estados Unidos al acuerdo de armas nucleares con Irán, las crecientes tensiones con Paquistán, la inconformidad de los kurdos, y el interminable caos en Siria (con bases militares rusas), nos muestran una pugna de poderes que deja en claro que se revivió la Guerra Fría. O quizás nunca terminó en realidad.

*Rector Universidad Autónoma del Caribe

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