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Opinión

  • | 2008/03/07 00:00

    Guerra y medio ambiente

    Ser ambientalistas en un país en guerra es un reto enorme que implica comprometerse en la búsqueda de formas de vida viables no sólo en términos económicos, sino también ecológicos-sociales.

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Con frecuencia se señala la ingenuidad de pensar en lo ambiental en un país en guerra. La guerra daña la naturaleza, se dice más o menos, y por eso es más urgente ganar la guerra que mirar el medio ambiente. Cuando acabemos con `los malos´, se suele afirmar, podremos preocuparnos por el lujo de un medio ambiente sano.

Que el conflicto armado y su combustible, la ilegalidad de los cultivos de coca y amapola, son causas de deterioro ambiental, lo tenemos más o menos claro. El petróleo derramado por el bombardeo de oleoductos; las avionetas que riegan glifosato persiguiendo cultivos de coca y amapola, que entonces se dispersan por entre los bosques naturales; los laboratorios de donde salen líquidos tóxicos a las fuentes de agua… Esas son imágenes que vemos al pensar en la relación entre guerra y medio ambiente.

Pero la relación es más compleja. Tomo prestadas aquí algunas de las ideas contenidas en el libro `Guerra, paz y medio ambiente´, publicado en 2003 por el Foro Nacional Ambiental (un grupo de instituciones dedicadas a reflexionar sobre las políticas ambientales del país), para tratar de ilustrar esta complejidad.

Una red que entrelaza conflicto y medio ambiente que se suele ignorar, es la que se teje en torno al desplazamiento. Los ecosistemas del país han sido también víctimas del despoblamiento del campo: la gente se ve forzada a irse de sus tierras, en donde se reemplaza la economía campesina por monocultivos, ganadería extensiva o minería a gran escala, procesos todos estos ambientalmente intensivos. El desplazamiento se da en gran medida hacia ecosistemas frágiles -la frontera agrícola de bosques húmedos o las laderas suburbanas- que acaban, también, entrando en una cadena de deterioro difícilmente reversible. Este proceso, a su vez, genera pobreza en las poblaciones desplazadas.

La gente que se va –de resguardos indígenas, de territorios colectivos- se lleva consigo el conocimiento construido durante generaciones sobre el funcionamiento de los ecosistemas, que es fundamental para el manejo y la conservación de la diversidad biológica. Se van los líderes locales, aliados potenciales de las instituciones para cualquier iniciativa de manejo de los recursos naturales. Conservar la naturaleza sin gente vinculada a ella es imposible; lo demuestra el que los mayores éxitos en la conservación en este y en otros países sean el resultado de reconocimiento de la propiedad del territorio por parte de comunidades ancestralmente arraigadas.

Pero la relación guerra – medio ambiente es aún más compleja que esa flecha unidireccional en la cual el conflicto es causa y el deterioro ambiental es consecuencia. Las relaciones descompuestas entre los grupos humanos y la naturaleza están en la base del conflicto social. La inequidad en la distribución del territorio, de los bienes y de los servicios ambientales, el deterioro en los ecosistemas, la consecuente escasez de alimentos y el desplazamiento de población, han sido identificados como detonantes de crisis sociales y enfrentamientos a lo largo de la historia colombiana.

Desafortunadamente, la visión de futuro imperante en país está llena de escenarios en los que empresas ganaderas, mineras, motocultivadoras a gran escala, con el monopolio local del acceso a los recursos naturales se instalan sin tener conocimiento de las limitantes ecológicas y sociales, empleando a la población local como mano de obra no calificada. En términos ecológicos y culturales, estos escenarios no son tan diferentes de los cultivos de coca; las consecuencias de su establecimiento tampoco se puede esperar que lo sean. En qué medida al llevar a la realidad estos ideales se está alimentando el mecanismo perverso en el que el deterioro de las relaciones entre la gente y su entorno natural abona el terreno para el conflicto, es una pregunta que no se aborda seriamente.

Ser ambientalistas en un país en guerra es entonces un reto enorme que implica comprometerse en la búsqueda juiciosa de formas de vida viables no sólo en términos económicos, sino también ecológicos-sociales. Así, al fortalecer las relaciones entre las personas y la naturaleza, estaremos cerrándole puertas al desplazamiento humano y al conflicto futuro. Tal como lo afirma Germán Andrade en su sección del libro citado: “En el futuro los planteamientos no podrán limitarse a ‘sacar el ambiente del conflicto’, sino a integrar la dimensión ambiental a la paz”.
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