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Opinión

  • | 2017/03/13 08:30

    Pacífico enrarecido

    Es mentira que el Pacífico es pobre, si no tuviera enormes riquezas la guerra no estaría incrustada en su selva de esa manera.

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En las últimas cinco semanas, escépticos y creyentes del proceso de paz con las FARC fuimos espectadores del traslado de 7.000 personas armadas hacia 19 puntos de concentración regados por la geografía nacional. En las zonas veredales transitorias de normalización, como se llama oficialmente a estos puntos, la gente concentrada adelanta el proceso de entrega de armas, normalización de ciudadanía, inclusión en la seguridad social, amnistía; si van a ser juzgados y cómo, se sabrá según quede definida la Justicia Especial de Paz cuando tenga a bien estudiarla y votarla el Congreso. (Que se estanquen el debate y la votación de la JEP porque los partidos le están muñequeando puestos al Gobierno es simplemente un chantaje asqueroso, pero ese es tema para otra charla).

De las 19 Zonas Veredales en donde está concentrada la tropa de las FARC, cinco se ubican en la región geográfica del Pacífico, o en sus límites: Tumaco y Policarpa, en Nariño; Caldono y Buenos Aires, en Cauca, y Riosucio, en Chocó. Como un dato para la historia que se empieza a escribir, en la que ya no se habla más de frentes ni columnas guerrilleras, a Tumaco y Buenos Aires llegó la gente que pertenecía a lo que fueron los frentes 30, 6, 29 y la columna móvil Jacobo Arenas, esto es, los frentes de la agreste selva húmeda que conocen de siembra y de rutas de coca y saben de extracciones ilegales en ríos de oro, frentes que se dieron garra con el Ejército y la Armada, con los paramilitares y bacrimes, con los elenos, con los mafiosos, con todos los que deambulan por ahí peleándose a bala el control del territorio o del negocio que por él transita. Frentes guerrilleros que hicieron un gran aporte para empeorar la calidad de vida, la posibilidad de supervivencia, la salud mental y la tranquilidad de los legítimos pobladores del territorio.

Esos frentes guerrilleros ya no existen, lo que a todas luces es un triunfo de la sensatez y del deseo de dejar de matarnos los colombianos. Pero tras cada paso en retirada de las tropas de las FARC en su marcha final, lanzaron su zarpazo los mil demonios enquistados en esas selvas y rápidamente otros indeseables entraron a librar su guerra por ser el patrón de la zona; el dueño de la gente, del terreno o del negocio. Esos grupos instauran regímenes de terror de los mismos que tantas veces hemos visto reproducirse en la guerra, de esos que quisiéramos haber expulsado de la vida colombiana al firmar un acuerdo de paz con la guerrilla más antigua del mundo.

Pero no. Según la Defensoría del Pueblo, en los últimos días a Quibdó han llegado desplazados forzadamente más de 300 de los 1.600 habitantes de la cabecera municipal de Alto Baudó, huyendo de la guerra entre unas tales autodefensas gaitanistas y el e-ele-ene. Se desconoce cuántas personas más estén huyendo por la selva, básicamente porque de lo que sucede en este municipio, antiguamente llamado Pie Pató, las autoridades militares y de policía nunca dan razón, no sabemos si porque no se enteran o porque se dan cuenta y se hacen los locos. Siempre estarán los argumentos de las dificultades de la zona, de la falta de vías y de señal de comunicación, los eternos impedimentos a los que siempre alude un Estado ineficiente e indolente con esta franja de tierra pacífica no logra conocer la paz, inmensamente rica en aguas que caen al mar, en ríos cargados con oro, en maderas invaluables, en caminos y trochas por donde sólo transitan las drogas y las armas.

Es mentira que el Pacífico es pobre, si no tuviera enormes riquezas la guerra no estaría incrustada en su selva de esa manera. Tampoco es cierto que es un territorio olvidado porque a las mafias y a los delincuentes no se les olvida guerrearse por gobernarlo y porque los politiqueros de oficio siguen peleándose los votos incautos de sus gentes. Que lo diga Vargas Lleras, abucheado en Tumaco por andar politiqueando con las casas gratis sobre las que edifica su aspiración presidencial.

Ahora cuando ya no están las FARC para ser las culpables de la guerra, el Pacífico está demostrando el arraigo de la violencia en sus territorios y la enorme dificultad que supone para el Estado intentar hablar de posconflicto en tierras donde el conflicto no da tregua, una realidad tan devastadora como la carencia absoluta de condiciones de salubridad, educación y vías en la zona.

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