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Opinión

  • | 2003/03/07 00:00

    Guerra preventiva

    Si se acepta la legalidad de la guerra preventiva en contra de amenazas potenciales, todo se permite en las relaciones internacionales

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Vamos a suponer que la India, basada en precedentes históricos (fue invadida por Gran Bretaña durante casi dos siglos y sufrió el yugo colonial hasta hace apenas 50 años) lanzara un ataque preventivo contra Inglaterra ya que sospecha que el régimen de Blair posee armas de destrucción masiva que, en caso de un nuevo proyecto colonial británico, serían nefastas para la India. O imaginémonos que Cuba, con el precedente de la invasión de la Bahía de Cochinos, y teniendo en cuenta que los Estados Unidos ocupan una parte de su territorio (Guantánamo), solicitara a la ONU una inspección de los arsenales químicos de la superpotencia. En caso de encontrarse pruebas de que USA posee ojivas con gas nervino, napalm, o varicela, Cuba exigiría al Consejo de Seguridad un ataque preventivo contra el gobierno americano, o al menos que el presidente Bush renuncie y acceda salir hacia el exilio en Guatemala mientras se instala un régimen procubano en Washington, pues Castro teme que ese armamento biológico pueda eventualmente atentar contra la seguridad de la isla, y Bush, según muchos indicios y declaraciones, es un claro enemigo del régimen comunista.

Podemos seguir jugando: Japón, habiendo sido el único país del mundo cuya población civil fue atacada con armas nucleares, solicita la inspección del arsenal atómico norteamericano, y en caso de negativa de los Estados Unidos, pide a la ONU autorización para bombardear Washington, Los Angeles, Houston y Nueva York. Mientras llega el permiso, y aunque no llegue, ya tiene en la frontera con México 150.000 hombres, y una flota de acorazados y portaaviones se acerca amenazante a las costas de California. Vamos más allá: China, temiendo la posibilidad de un ataque nuclear norteamericano que ponga fin al poderío comercial y bélico de Pekín, decide bombardear preventivamente a los Estados Unidos, porque el que pega primero pega mejor, e invade con un ejército de 20 millones de chinos la Nueva Inglaterra y los pozos petroleros de Texas.

En fin, si uno acepta la legalidad y la moral de una "guerra preventiva" en contra de "amenazas potenciales" de otros países, de un momento a otro todo está permitido en las relaciones internacionales. Los ejemplos de arriba suenan ridículos y parecen risibles, tal vez porque en nuestra conciencia primitiva (ajena a todo concepto de soberanía o de justicia), la ley del más fuerte suena como la ley más ética, así sea la más arbitraria. Pero si algún país representa realmente una amenaza potencial contra los demás, ese país suele ser el país más poderoso, y en las actuales circunstancias del mundo ese país se llama Estados Unidos. Así como Hitler invadió a Polonia porque ésta representaba un estorbo contra la voluntad expansionista del imperio ario, así mismo, de un día para otro, la actual superpotencia ha resuelto invadir a Irak porque representa una "amenaza potencial", o porque tal vez tenga armas de destrucción masiva (que aún no ha usado ni nadie cree que se atrevería a usar jamás contra Estados Unidos).

Ante esta situación de teatro del absurdo, algunos sugieren, para rescatar alguna racionalidad, que lo que "el país líder del mundo libre" desea, simplemente, es poner bajo su dominio un territorio cuyo subsuelo está lleno de un líquido negro que los fanáticos dirigentes ultranacionalistas (y para colmo mahometanos) se niegan a vender bien barato o al menos a dejar que lo exploten los únicos que saben hacerlo bien: las compañías petroleras norteamericanas. En Irak, no se nos olvide, está el 10 por ciento de las reservas del mundo; únicamente Arabia Saudita tiene más.

Joseph Stiglitz recordaba en estos días que después de la anterior Guerra del Golfo (adelantada por el clon del Bush actual: su padre) vino la recesión mundial de 1991 y la derrota de Bush-papá en las elecciones del 92. Recordaba también que el cálculo del dominio del petróleo le puede salir a Estados Unidos por la culata, pues la invasión a Irak podría desestabilizar varios regímenes frágiles de la región (tan poco democráticos como Irak, pero aliados de Estados Unidos) como Arabia Saudita, Pakistán, Emiratos Arabes, etc. Además, según el célebre premio Nobel de economía, "los mercados abominan la incertidumbre y la volatilidad", por lo que la aventura en Irak puede costarle muy cara al mundo entero.

Hasta ahora, la dudosa moral de las guerras entre naciones, se apoyaba, en último análisis, sobre el derecho a la legítima defensa. En ese sentido la "guerra al terrorismo" tenía una cierta justificación. Pero ante la incapacidad de hallar y matar a Ben Laden (Bush ya ni lo menciona para evitar la vergüenza), y como no se ha podido desenmarañar la red de Al Qaeda, ahora los conservadores resucitados del régimen de Bush-papá buscan terminar el proyecto que quedó trunco hace 12 años: derrocar a su viejo aliado Saddam y entronizar a algún amigo en Irak. Como no se puede alegar legítima defensa, entonces se alega un posible ataque futuro o "guerra preventiva". Lo grave es que el mal cálculo de esta probable invasión no se pagará solamente con miles de víctimas iraquíes inocentes, ni tan sólo con inestabilidad económica en la aldea global, sino, sobre todo, con un odio imborrable en los países islámicos que servirá de alimento a los terroristas que, en cualquier momento, nos dejarán atónitos con su furia despiadada, suicida y sanguinaria.
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