Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2003/09/22 00:00

Guerra de ricos y pobres

Al derrumbarse el 'campo socialista' los capitalistas dejaron de tenerle miedo a la posibilidad de una revolución social

Guerra de ricos y pobres

Creo que fue Lenin el que dijo que los capitalistas, en su codicia, acabarían vendiéndoles a los proletarios la cuerda para ahorcarlos. Hasta ahora no se ha cumplido su vaticinio. La Revolución Rusa del propio Lenin, que fue un ensayo de ese ahorcamiento general, no concluyó la tarea propuesta; en parte porque los proletarios del mundo se dedicaron a ahorcarse ellos entre sí, y en parte porque la propia Revolución generó entre los capitalistas supervivientes de los demás países un miedo que moderó su codicia. De ahí vinieron, en la aterrada Europa, las reformas sociales que empezaron a hacer no sólo tolerable sino incluso agradable la vida de los pobres: la seguridad social, las pensiones de vejez, el seguro de desempleo, las vacaciones pagadas. En vez de seguirles vendiendo a los pobres malestar y miseria, los capitalistas empezaron a venderles bienestar y consumo. Y resultó que era mejor negocio. Resultó que, al dejar que los pobres fueran un poco menos pobres, los capitalistas se volvieron mucho más ricos.

Pero no supieron aprender ni siquiera en cabeza propia. En cuanto se derrumbó por dentro el llamado 'campo socialista' para abrirse a una economía capitalista mafiosa, los capitalistas del llamado 'mundo libre' dejaron de tenerle miedo a la posibilidad de una revolución social. Y decidieron de pronto que, a pesar de las muchas décadas de fenomenal enriquecimiento generalizado, ya no había riqueza suficiente para seguir costeando las ventajas que habían logrado los pobres, y había que quitárselas. Había que disminuir el monto de las pensiones, retrasar la edad de retiro, reducir las garantías de la seguridad social, sustituir el empleo permanente por el temporal, facilitar y abaratar el despido, etc. Y así se hizo. Con lo cual se inició la última década del siglo XX, que vio el triunfo universal, -'global'- del neoliberalismo, la brutal depauperación de los pobres y el rápido crecimiento de su número, y una desaforada multiplicación de la riqueza de los ricos, a la vez más concentrada en menos manos que nunca en la Historia. Para aumentar el infortunio de los pobres aparecieron además enfermedades nuevas, exclusivamente para pobres, o reaparecieron otras de la misma índole que se habían extinguido, pues la ciencia ya sólo avanza cuando es rentable, y los pobres no constituyen una demanda solvente.

A todo esto, el sistema político y económico del mundo está organizado de tal manera que profundiza esas tendencias que vengo enumerando. Acabamos de verlo de modo elocuente en Cancún, donde con motivo de la reunión de la Organización Mundial de Comercio se reunieron los representantes de los países ricos y de los países pobres. Y ahí los ricos -Estados Unidos, Japón y la Unión Europea- se aliaron para bloquear una iniciativa de los pobres que era benéfica para ellos y no era mala, sino sana, para los ricos: el desmontaje de los descomunales subsidios que reciben de sus gobiernos los agricultores y los exportadores de productos agropecuarios de los países ricos para que puedan vender sus productos a precios artificialmente baratos y en consecuencia saquen del mercado mundial a los productores pobres de los países pobres. Y los saquen incluso de sus propios mercados locales, pues para conservarlos tendrían que reducir aún más sus costos de producción, es decir, sus salarios miserables, y en consecuencia volverse todavía más pobres.

Digo que los ricos no supieron aprender ni siquiera en cabeza propia porque esa pauperización que están logrando gracias a las recetas económicas del neoliberalismo, esa desesperación que están haciendo crecer entre los pobres de los propios países ricos pero sobre todo entre los pobres de los países pobres, acabará volcándose contra ellos. Están volviendo a su viejo vicio de codicia que los impulsa a vender hasta las cuerdas con las que van a ser ahorcados: un poco a la manera en que hace cincuenta años, cuando empezaron las guerras de liberación contra los viejos colonialismos europeos, fueron los propios gobiernos europeos los que vendieron armas a los ejércitos rebeldes (mientras que el de los Estados Unidos se las vendía a la vez a los unos y a los otros). Y ese círculo, además de vicioso, es peligroso, tanto para los ricos como para los pobres. Lo estamos viendo en ese par de guerras, o, mejor, de avanzadillas de una gran guerra, que están librando los norteamericanos en Afganistán y en Irak: no son fruto del enfrentamiento entre la libertad y el terrorismo, como dice el presidente de los Estados Unidos George Bush; ni tampoco el preludio de un choque de civilizaciones (la judeocristiana y la islámica, a la espera de que la inmensa Asia meta baza otra vez), como escribe el historiador Huntington. Esas guerritas, esas escaramuzas, anuncian la próxima gran guerra. No entre las religiones, ni entre los nacionalismos, y ni siquiera por el control de los más esenciales recursos naturales -el petróleo, el agua, muy pronto también el aire de respirar-: sino la gran guerra entre los ricos y los pobres. Desatada por la desesperación creciente de los pobres pero producida por la insaciable codicia renacida de los ricos.

La vamos a perder todos, ricos y pobres, como se pierden las guerras en esas novelas de ciencia ficción en las que los únicos vencedores son unas enormes cucarachas mutantes movidas por los intereses animales de la supervivencia, pero no por las pasiones humanas de la codicia o del rencor. Porque las guerras del interés, que son racionales, tienen salida: la salida inevitable de la paz, producida por la victoria de la fuerza o por la resignación del cansancio. Pero las guerras de la pasión no son racionales, y sólo se terminan cuando todos los participantes están muertos. Como en las tragedias de Shakespeare.

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