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Opinión

  • | 2016/11/24 13:47

    Farc: del teatro de operaciones, al teatro

    Para las Farc era más fácil lo que estaban haciendo en el teatro de operaciones.

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Lo escribió un tal William: «El mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres son meros actores, tienen sus salidas y sus entradas, y un hombre puede representar muchos papeles». El gobierno y las Farc han elegido la sede de un teatro para firmar la última y definitiva versión del acuerdo de paz. No está mal este toque de irreverencia circunstancial en una sociedad levantada sobre los cimientos de la hipocresía y en la que unos políticos, mayoritariamente hipócritas y demagogos, cohabitan junto a un pueblo chévere que, a pesar de la mierda que le echan encima, se divierte a su manera.

Quedan para la historia 310 folios firmados por un Nobel de Paz de origen burgués y educado en Estados Unidos e Inglaterra, llamado Juan Manuel Santos, y por «Timo», un hombre que nació en un hogar sencillo de un pueblo de la provincia cafetera y ha pasado más de la mitad de su vida peleando por una causa, llevando una mochila sobre sus espaldas y un arma entre sus manos. Es como en las telenovelas o la vida misma: unos vienen de arriba y otros vienen de abajo. «El obrero quiere ser rico, el rico quiere ser hípster y el hípster quiere ser obrero», leí en una columna de un periódico de derecha en el que dejan escribir a gente de izquierda.

El acuerdo es del tamaño de un libro. Un libro destinado a un país en que se ven muchas telenovelas y se leen pocos libros. La revolución del 20 de julio de 1810 se hizo con una proclama que se podía leer en 5 minutos. Simón Bolivar liberó a un continente con un decreto a muerte escrito en un papel del tamaño de una hoja DIN-A4 de nuestro tiempo. Pero, bueno, eso es Colombia: un país de papeles, empapelados y traspapelados. No hay una sola revolución en los anales de la historia del mundo que se haya ejecutado mediante un papel. Las transformaciones, no estoy inventando el pan, las hicieron y las seguirán haciendo lo que llamaría como los «motores sociales». Sin esos «motores sociales» lo escrito se vuelve papel mojado. Así pasó con la Constitución de 1991. Esos «motores sociales» existen en Colombia. ¿Cómo ponerlos en marcha?

Las Farc, entonces, salen del teatro de operaciones y debutan en el teatro de la política. Más que teatro es una especie de vodevil en la que hay pocos personajes y sobran las comparsas. Un escenario plagado de marionetas, picapleitos, marrulleros, ventrílocuos, dobles y extras que actúan para beneficio de sus bolsillos. Es fácil caer en ese engaño. El M-19, repito por enésima vez, cayó fácil. En un abrir y cerrar de ojos se volvieron otra cosa. Eso es lo que tienen los castillos de fuegos, te hacen creer por media hora que todo es real, cuando la verdad es que todo es mera pirotecnia y al final sólo quedan el humo y los cartuchos vacíos.

Para las Farc era más fácil lo que estaban haciendo en el teatro de operaciones: matar y no dejarse matar. En el teatro de la política las cosas son más complejas porque allí toca lidiar con los adversarios, con los aliados que a veces son más rabiosos y difíciles que los adversarios, con los fiscales y jueces politizados, con la maraña de leyes, con los reclamos de tu propia gente, con los electores acostumbrados a cobrar por su voto, con los implacables medios de comunicación y sus juicios paralelos, con los poderes fácticos que te hacen el quite si empiezas a pisarles los cayos, con el tic tac del reloj, con el tiempo que todo lo vuelve polvo, con los desmemoriados, con los gatilleros…

Es recomendable que los dirigentes de las Farc, luego de firmar los papeles en el teatro, se dirijan hasta los camerinos y se peguen una higiénica ducha de realismo político. Tienen espacio -no mucho por ahora- en donde poner a su gente y sus ideas y consolidar un proyecto político que podría seducir a un segmento de la población. Si tratan de calcar el estilo y las maneras de los políticos clásicos los pueden acusar de plagio. Si se dejan influenciar por los lameculos, podrían acabar sus días haciendo parte de un grupito de amigos alcahuetas que se reúnen en una estrecha, destartalada y enmohecida sede partidaria y beben cervezas y aguardiente en la tienda de la esquina.

Desde el minuto uno las Farc cuentan con cuadros experimentados y una base guerrillera -hasta ahora- leal, poseen una base social periférica, tienen presencia territorial real y cuentan con un pensamiento político básico. Es un capital envidiable para cualquier formación política que quiera influir en el destino de un país. Hay gente lista que consigue multiplicar el capital y gente menos lista o díscola que malgastan el capital en inversiones ruinosas. Allí está el teclado. Basta con oprimir las teclas correctas para escribir una buena historia. Creo que, hasta ahora, las Farc han sabido mover las teclas pero, ahora viene la parte jodida.


* Escritor y analista político
En Twitter: @Yezid_Ar_D
Blog: En el puente: a las seis es la cita

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