Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1986/08/18 00:00

GUIA PARA ASPIRANTES

GUIA PARA ASPIRANTES

Para mí, lo más peculiar del actual sonajero político es que existe una debilidad evidente por el gabinete ministerial. Mejor dicho: para sonar en visperas de un cambio de gobierno se necesita aspirar a ministro. Y sin embargo, con ayuda del breve repaso que haremos a continuacion, es fácil descubrir que los ministerios son los cargos menos apetecibles de la administración, comparados con otros mejor remunerados menos riesgosos y mucho más discretos a los que se podría aspirar en compensación.
¿Qué tiene de bueno ser ministro?
En Colombia, salvo el Ministerio de Hacienda, cuyo titular es, en términos informales, el equivalente del vicepresidente del país, los ministros tienen un poder relativo. Por un lado el Presidente les respira permanentemente al oído. A un grado tal de subalternidad, que por ejemplo cuental que Carlos Lleras llamaba con frecuencia a los suyos a las tres de la mañana.
Pero no vayamos tan lejos. El ritmo paisa de Betancur tuvo al actual gabinete celebrando consejos de ministros antes de las siete de la mañana. Francamente no me explico que puede tener de agradable madrugar a esas horas para charlar sobre los problemas del país, y descubrir que se dividen en dos: aquellos que no se pueden solucionar ni con plata, y aquellos que tienen solución pero no hay plata.
Ni aún el extraordinario poder de un ministro de Hacienda hace este cargo apetecible. Por un lado, se necesita ser San Francisco de Asís o Roberto Junguito para tomar como un apostolado la circunstancia de que 28 millones de colombianos lo estén culpando a uno por la subida de la plata. Y además, debe crear una terrible sensación de soledad el saber que el oficio que uno desempeña como ministro no lo entienden sino los poquitos colombianos que han leído a Keynes: los demás están en su derecho de creer que el Ministerio de Hacienda es una simple corbata. La parte peor consiste en tener en sus manos la clave del prestigio del gobierno, o la de su eterno descrédito. Pero en eso poco o nada tiene que ver la habilidad del ministro. Mucho más influyente, podríamos decir inclusive que definitoria, es una helada en el Brasil.
¿Para qué diablos quiere uno que lo nombren ministro de Justicia? De inmediato le asignan media docena de guardaespaldas, lo meten entre una oficina de vidrios esmerilados a donde jamás llega el sol y a los pocos días lo amenazan de muerte.
Y algo muy semejante sucede con el ministro de Salud, a quien a diario está aguardando en su despacho la llamada del hospital de Guapi e intermedias, para informarle que por motivos estrictamente económicos tendrán que desalojar a la totalidad de los enfermos esa misma tarde.
El viacrucis del ministro de Educación es parecido. Siempre tendrá la culpa de que nunca haya plata para pagar los maestros.
Y si lo anterior no tiene nada de agradable, menos aún lo es el papel de ministro de Agricultura, inevitable víctima del regaño semanal de la SAC, esclavo de la Junta Monetaria y enemigo natural del ministro de Hacienda. Y todo eso en un país que perdió su vocación agrícola, pero que no se ha dado cuenta.

Pensarán que en el oficio de ministro de Comunicaciones todo es planchar y mandar. Pero eso de tener que llamar a Yamid Amat a "jalarle" las orejas por haber hecho una magnífica transmisión de una toma guerrillera o por haber computadorizado los datos electorales más rápido que los demás, cuando no están culpando al ministro porque el último capítulo de "Los cuervos" resultó menos bueno que el anterior, es algo a lo que uno jamás debería apuntarse, si tuviera tiempo de pensarlo.
Y del Ministerio de Gobierno... ni hablar. El reciente atentado contra la vida de Jaime Castro, y la forma milagrosa como su señora salvo la suya en la toma del Palacio de Justicia, demuestran que hoy, como están las cosas, para aspirar al Ministerio de Gobierno se necesita carecer de entrañas, estar muy urgido del sueldo o ser Mestre Sarmiento.
¿Para qué mencionar los demás ministerios? Probablemente muchos de los aspirantes lo sean por culpa del cuento chino de que ocuparlos se traduce en una mejora sustancial de la hoja de vida. Eso, claro, puede ser cierto. Siempre y cuando que la memoria de los colombianos les alcance para recordar quién era el ministro de Obras Públicas en 1972, o el de Minas en 1979.
Y todo por miseros 190 mil, que es el sueldo actual de un ministro, sin contar con los descuentos tributarios, los aportes al seguro, los cumpleaños de la secretaria y las propinas que hay que darles a los siete guardaespaldas para que vayan a comer mientras el ministro atiende el coctel con motivo del día nacional de Samoa de norte...
Debía existir, entonces, una gabinetología especializada en detectar a los aspirantes a cargos mucho más apetecibles que el de ministro.
Si de poder, buena remuneracion, prestigio e independencia se trata ahí está la gerencia del Banco de la República. Aspirar a que todos los billetes del país lleven la firma de uno debería constituir una codiciada "presea" de cuantos aventuran políticamente en el mismo equipo que gana las elecciones.
Pero sin duda alguna, el cargo por excelencia es el de gerente de la Federación de Cafeteros. Es, de lejos, mejor que el de Presidente. Se trata de un pequeño gobierno nacional sin la responsabilidad que exige el país entero. Tiene Ministerio de Relaciones propio-con un representante de la Federación en las principales capitales del mundo-· Ministerio de Gobierno propio-encarnado por los comités cafeteros-; y Ministerio de Hacienda propio--a través del Fondo del Café.
Mejor que el de ministro, y sin embargo sus aspirantes jamás se incluyen en los juegos gabinetológicos, es cualquiera de los siguientes cargos: representante de la Federación, la Flota Mercante, Proexpo, la Contraloría o la Corporación de Turismo en el mundo, y muy particularmente en la oficina que esta última tiene en París al lado del Café de la Paix. Gobernación en departamento rico, como en Antioquia o Valle. Embajada donde se trabaje poco y se gane mucho, como la del Vaticano o la de la Unesco.
Director ante la FAO, con sede en Roma -cuando no está en París Madrid o Francfort. O gerente de la Empresa de Energía de Bogotá, con mucha plata y mucho poder. O incluso superintendente bancario o hasta director del Instituto de Bienestar Familiar.
Por ahí andan diciendo que doña Sonia Martínez de Durán, no se sabe si en serio o en broma, ha expresado que preferiría mil veces más que la nombraran en este último cargo a que le ofrecieran un Ministerio.
Si ello llegara a ser cierto, se llevaría el título de la primera colombiana que sabe responder a la pregunta política más importante de la historia del país. La del poder para qué.

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