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Opinión

  • | 2014/08/09 00:00

    Guido

    La historia de Guido demuestra que la reparación es un proceso de largo plazo. Y que nunca se puede desistir de ella.

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Justicia poética. Eso es. Estela de Carlotto, de 83 años, abraza por primera vez en su vida a Guido, su nieto de 36 años. La historia tiene conmocionada a toda Argentina y es noticia mundial. 

Ocurrió así: en 1978 los militares secuestraron a Laura, una muchacha de 23 años, militante de los Montoneros. Nadie sabía hasta ese momento que estaba embarazada. Su bebé nació en cautiverio y a las cinco horas los milicos se lo arrancaron de los brazos. Laura luego fue asesinada. Testimonios de sobrevivientes y las pruebas forenses sobre el cadáver de la joven confirmaron que había sido madre mientras estaba “desaparecida”. Y desde entonces la abuela del niño, doña Estela, no ha descansado ni un minuto en su búsqueda. Ella es una de las fundadoras de las Abuelas de la Plaza de Mayo. Su cabeza y su símbolo. 

Durante años las Abuelas fueron las más fervientes y valerosas opositoras al régimen militar. En los 80, cuando llegó la democracia, muchos quisieron echarles tierra a los desaparecidos. ¿Para qué remover heridas si los milicos ya habían sido depuestos? Pero las Abuelas no les iban a echar tierra a los 400 niños robados durante la dictadura. ¿Por qué iban a hacerlo?

Mientras la democracia se consolidaba, las Abuelas iban quedando como un grupo radical y anacrónico que se negaba a cualquier fórmula de transacción. Querían justicia. No aceptaban la impunidad como requisito para la transición. No querían ni quieren el olvido. 

Fueron los Kirchner, tanto el difunto Néstor como Cristina, quienes les dieron un decidido apoyo, al destinar recursos oficiales para la búsqueda de los nietos, y un fuerte respaldo político que les ha valido, por cierto, muchas críticas. Se inició una gran campaña mediática en la que incluso participó Messi, para que las personas con dudas sobre sus orígenes se acerquen al banco genético de los familiares de desaparecidos para corroborar su identidad. 

Así lo hizo Ignacio Hurbán, un pianista de provincia criado en una familia campesina que se enteró en junio pasado de que era adoptado. Decidió hacerse la prueba de ADN y esta semana supo que él era en realidad Guido, el hijo de Laura. El niño 114 que recuperan las Abuelas de la Plaza de Mayo. Y sí, el miércoles, y otra vez el jueves y el viernes, Guido y su abuela Estela se fundieron en abrazos. Un abrazo, como bien lo dijo la prensa Argentina, aplazado por cuatro décadas. 

Hay días en los que las cosas vuelven a su sitio. En los que aquello que la violencia desajustó se recompone. Y esos días son metáforas de la vida. La historia de Guido demuestra que la reparación es un proceso de largo plazo. Que a veces toma generaciones. Que no se hace sola, sino que requiere de políticas de Estado. Y que nunca se puede desistir de ella.
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