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Opinión

  • | 2015/04/29 16:22

    “Cautiva”, Atom Egoyan, 2014

    Atom Egoyan es un director armenio-canadiense con gran experiencia y conocimiento del medio.

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Atom Egoyan es un director armenio-canadiense con gran experiencia y conocimiento del medio. En 1984 realizó su primer largometraje hasta el de esta ocasión que es su treceavo, es decir, ya son treinta años de moverse entre sets, cámaras, actores y escritura de guiones. Cuenta en su haber con películas muy célebres y premiadas, como muy especiales por la temática abordada. Por ejemplo, en el 2002 escribió y dirigió “Ararat” acerca del genocidio armenio en 1915, negado por el gobierno turco, en últimas una valiente denuncia sobre esta masacre para casi todos desconocida. Años antes, en 1994, había sorprendido y cautivado con “Exótica”, por un gran trabajo cinematográfico de diversos planos,
movimientos de cámara, luz y contraluz, en un gran nightclub donde suceden la mayoría de los hechos, mostrando el director su faceta visual, tan desaparecida hoy por hoy entre muchos directores.

Así sucesivamente se podrían reseñar muchos de sus trabajos hasta llegar a la particular “Chloe”, que llegó al país hace pocos años, para hablar de seducción femenina entre mujeres, el tema de la bisexualidad que ya había presentado en otras cintas y en esta oportunidad con el protagonismo de Julianne Moore. Sobre la cinta, con su intrigante trama y desenlace, se le denominó como “suspenso erótico”. Son diversos y variados temas los que ha presentado en sus realizaciones como en su penúltima del año 2013 “Condenados”, sobre el tema de aplicar justicia y condenar a unos individuos, independiente de si los acusados son culpables o no; basada en hechos reales ocurridos en 1993 en Memphis y que en su momento y por ser plato fuerte de los grandes medios, causaron un gran escándalo político en los Estados Unidos.

Sin embargo, casi toda su producción con su diversa temática y contenido presenta un factor común que reside en la estructura de la información narrativa, es decir, no sólo en la particular presentación de los hechos y su fraccionamiento cronológico, sino en la manera en que informa o desinforma para esconder ciertas claves esenciales del relato, con lo cual se generan inesperados giros de comprensión del mismo, originando un suspenso muy especial con este método tan peculiar de entregar la conformación de la historia. Una característica que se encuentra presente en casi todas sus películas, claro está, en especial donde es el guionista, agregando el hecho de que casi nunca hay una linealidad cronológica continua, sino todo lo contrario, fragmentada en el tiempo y así va presentando los hechos, exigiendo al espectador que no está acostumbrado a estas particulares condiciones de tiempos fragmentados y además, con cambios de sentido y contenido en el desarrollo de la narración y su comprensión. Quizá por ello mismo es que no sea un director “popular”, y más bien sí muy apreciado entre los amantes del buen cine, al mantenerse alejado de fórmulas simplistas y repetitivas.

Con ese particular talento y veteranía es que llega a la película de esta ocasión en la que es el único guionista y por tanto, el suspenso creciente que le imprime al relato y su magistral desarrollo hablan de su capacidad y experiencia en dicho aspecto, que sigue siendo uno de los puntos más llamativos de este director en materia de creatividad y narración. Además la fragmentación en el tiempo, o sea, lo que sucedió en otra época y la actual, presentada de manera intercalada y como una constante en este film, se convierten en una exigencia y reto para el espectador, para que pueda ir haciendo comprensible la forma en que se le presentan los hechos y las situaciones descritas. Todo ello a través de otra de sus características narrativas que es mantener siempre un ritmo pausado y tranquilo para realizar el proceso informativo, logrando a su vez un creciente clímax, de nuevo otro de sus méritos como guionista.

Nota especial para la caracterización de sus personajes que sin ser un profundo y complicado estudio sicológico de ellos, tampoco cae en estereotipos y clichés. Así el protagonista principal resulta ser un individuo como todos los demás, con sus buenas y sus malas, más cerca del antihéroe que del héroe del cine comercial, pues es alguien que no sabe dar trompadas ni bofetones, ni ganarle a los “malos”; muy por el contrario casi pierde la vida al enfrentarlos. Son rasgos y tipificaciones que se salen de la norma que el cine de taquilla ha convertido casi que en obligación, en especial en este género del thriller. Que esto no suceda en esta película hace que la historia adquiera más verosimilitud y que el suspenso se desarrolle sobre otras condiciones más creativas.

Sin embargo, el tema de fondo, el que estremece y deja mucha inquietud y alarma, que Egoyan simplemente esboza, es el paso del sadismo a la crueldad extrema, un aspecto preocupante y creciente en la sociedad del actual siglo, en una de sus variantes: la complacencia y gusto por el dolor ajeno, por infringirlo y entregarse al placer de ver cómo lo viven diariamente sus víctimas. Ya no es sólo la violación de menores, el tráfico sexual de los mismos, ya no es este cáncer que crece inexorablemente, ya no es solamente el uso de la tecnología puesta al servicio de estas organizaciones conformadas por “respetables” adultos, ahora se le agrega la saña y sevicia de contemplar y disfrutar el sufrimiento ajeno.

La crueldad llevada al extremo, perversión inducida a límites insospechados en la época de la civilizada globalización. Tema candente, álgido y actual, que aquí su director  toca tangencialmente, pero que está ahí presente, que existe y que está lejos de acabarse. Asociarse para causar dolor en menores y en adultos, para contemplarlo y para gozarlo. Son los monstruos de los que se habla en la película.
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