Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2015/08/27 17:34

“La sal de la tierra”, Wim Wenders, 2014

Las últimas décadas de la historia de la humanidad sobre su lado oscuro, feroz e inhumano. Una película imprescindible de ver.

Gustavo Valencia.

Suele suceder con uno que otro gran maestro del cine que por su posición, merecidamente adquirida, se pueden dedicar a filmar lo que desean, pues por su prestigio internacional lo que dirijan tendrá un gran público que lo verá. De esta forma, como en el caso de Wim Wenders, maestro de la imagen fílmica, entrar en el terreno del documental no representa un obstáculo para que sea visto, analizado y comentado. No es la primer vez que acude a este género para hablar de la obra de alguien en particular, ya lo había hecho por ejemplo sobre el director de cine Nicholas Ray en su etapa final de vida; sobre el maestro japonés Yasujiro Ozu y después sobre los hermanos Skladanowsky.

Tres documentales sobre importantes personajes de cine, posteriormente, lo hace sobre algunos músicos ya maduros en “Buena Vista Social Club” con el que sorprendió al mundo entero al saber captar a través de imágenes el medio y el ritmo del son cubano, por parte de un alemán que no conoce este ambiente y esta música latina. La otra obra que se destaca y hecha en 3D fue “Pina” sobre su famosa compatriota Pina Bausch, quien fallece poco antes de iniciar el rodaje, y es a través de sus alumnos y su escuela de ballet como rememora y expone su legado artístico a través de un impresionante trabajo visual, que con la nueva tecnología del 3D incursiona de paso en toda la problemática teórica de la construcción sintética del espacio cinematográfico.

Wim Wenders es uno de los reconocidos directores que entregó aquel famoso movimiento del llamado nuevo cine alemán, cuyo auge tuvo lugar en los años setenta, convirtiéndose a su vez en uno de los principales referentes de aquella corriente en cuanto saber hablar por medio de la imagen, en ser heredero de toda una escuela y tradición dedicada a la preeminencia de lo visual en el cine, que junto a su talento y capacidad de expresarse con imágenes, le han situado en el puesto que hoy ocupa entre los grandes maestros vivos del cine mundial y representante de un estilo y un concepto de cine que hoy por hoy se extingue que es el de concebir el cine a través de la imagen fílmica, de lo visual como medio de expresión y no de lo que actualmente se impone, es decir, planos fijos, ningún movimiento de cámara, demasiados primeros planos y principalmente el predominio de la palabra sobre la imagen, o sea, simple televisión llevada a la pantalla grande.

La primer película de Wenders está realizada en 1970, así que han transcurrido más de cuarenta años en su quehacer fílmico, con cerca de treinta largometrajes en su haber, lo que significa además de su talento, una gran experiencia en la materia con la que llega para filmar sobre la obra del gran fotógrafo Sebastián Salgado de origen brasileño, que ha hecho carrera a nivel internacional desde París donde se instaló desde su juventud y desde allí se dedicó a recorrer el mundo con su cámara. Wenders con su sapiencia a través de toda la película muestra el gran talento, la impactante capacidad de este artista para retratar y captar seres humanos en diferentes formaciones sociales, en sus diferentes condiciones y diversas situaciones, en sus dramas y tragedias. Resalta en esas fotografías el impresionante manejo de ángulos y planos para registrar con el lente de una cámara, ya sea en grandes panorámicas, planos medios o primerísimos planos, variados acontecimientos sociales de carácter trágico, de crisis humanitaria en grandes proporciones.

Fotos deslumbrantes, talento que asombra, que cautiva, porque según el ángulo y enfoque revelan y expresan todo lo que hay del entorno y del medio existente, retratando las grandes hambrunas de algunos países de África como en Etiopía, Malí y Tanzania, o de las masacres entre tribus como lo sucedido en el Congo, más también la guerra de Yugoslavia o del éxodo forzado de millones de seres en el planeta. Fotografías de la humanidad a finales del siglo pasado, que no hablan del avance de la maravillosa modernidad sino de sus nefastas consecuencias. La terrible y mortífera cara oculta del “progreso”, de ese progreso del que tanto se habló y se pregonó por esos mismos años con el auge del Internet y de todas las bondades que consigo traía para el mundo entero, todo lo que se dijo al respecto y el contraste escalofriante con esta realidad captada de forma tan magistral como aterradora.

Con estos elementos Wenders va construyendo su película, va elaborando la narración sobre la obra de este fenomenal fotógrafo y su compromiso de tipo social con grandes sectores de la población mundial, relato que el director matiza con apartes biográficos de su vida personal y familiar, con otros momentos y otros lugares que director y protagonista recorren juntos, que le imprimen otro tono y ritmo visual. En su conjunto Wenders ha logrado un lirismo visual apoyado en las fotos seleccionadas de Sebastián Salgado, que al igual que él, sabe hablar con la imagen, aquél con la fílmica y éste con la fotográfica, documentando la historia reciente de las últimas décadas de la humanidad, retratadas desde la parte más oscura, más terrorífica y feroz de esta llamada civilización. Quedan esas series de fotos como testigos mudos de una situación imposible de ocultar, aunque a nadie le interese en el momento, aunque resulte difícil de aceptar.

Detrás de todo este sobrecogedor lirismo visual que desarrolla Wenders en esta realización, muestra también una nueva faceta en su temática que no se le conocía: su interés por la sociedad en que se desenvuelve desde el punto de vista de lo humanitario, de los que sufren una terrible desigualdad que los aboca al sufrimiento y a la muerte. Seguramente influenciado por el fotógrafo Salgado, se descubre un Wenders que protesta, que plantea su queja a través del medio que más conoce, con el que mejor se expresa y con el que se ha hecho mundialmente famoso. Cine de ficción o documental tienen la misma esencia: la imagen fílmica. Quien la cultiva y se expresa a través de ella enriquece al cine, al arte fílmico. Wenders ha hecho cine de ficción y documental en ambos casos desplegando su talento de saber hablar con la imagen, de aportar al arte de las imágenes en movimiento. Ahí está su extensa obra como una gran enseñanza sobre el sentido profundo y creativo que tiene el difícil arte de hablar a través de la imagen fílmica, para develar, como en este caso, las flagrantes contradicciones del actual sistema social que tanto pregona el progreso y la civilización.

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