Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2016/10/18 12:13

“17”. André Techiné, 2016

Película que se presenta en el marco de la segunda edición del Biff y que por su importancia y tratamiento fílmico bien merece ser vista. Un punto más a favor de este Festival que continúa con su tónica, al igual que en su primera versión, de traer cine internacional que normalmente no se ve en la cartelera.

Gustavo Valencia Patiño.

Llevar a la pantalla grande lo cotidiano, lo común y corriente es algo bastante inusual, poco acostumbrado. No es propio del entretenimiento del espectáculo cinematográfico ni de las grandes producciones comerciales, hecho que por extensión pasó a ser algo de poco interés, casi prohibido para el resto del cine, para las que no son esas gigantescas realizaciones de acción, de aventura, y por lo general, con exceso de violencia gratuita, que es lo que genera taquilla. En últimas, es un tipo de cine que no despierta mucha motivación entre productores y directores, algo que no se hace con frecuencia y por ello mismo casi que no se sabe hacer, puesto que además es difícil, no es nada sencillo hablar de la vida ordinaria, de lo más banal del día a día de personas normales y sencillas.

El experimentado director francés André Techiné es el encargado de que sea posible un film con estas características bastante inusuales, para hablar de la rivalidad entre jóvenes, entre adolescentes que se hacen hombres en la época de cambios, de transformaciones corporales y anímicas, del yugo e imperio de la testosterona y sus manifestaciones de macho, que se pelea físicamente con el otro, en la necesidad de dar y recibir golpes, de ese comportamiento que no comprenden ellos mismos y mucho menos lo entienden las mujeres.

La veteranía de Techiné (cerca de 30 películas) se aprecia en muchos aspectos, el principal de ellos y de índole cinematográfica es el de conocer a fondo las propiedades de la imagen fílmica, dejando que la imagen narre gracias a su inmensa capacidad descriptiva. Muchas secuencias de sólo imagen en la que se registra todo lo que sucede, lo que hacen sus protagonistas. Siempre buscando los mejores enfoques y ángulos para captar con la lente todo lo que acontece, todo tipo de actividad y donde sobran las palabras, puesto que son innecesarias ante la gran elocuencia que posee la sola imagen fílmica. La televisión, que odia los espacios silenciosos y lo que no tiene diálogos, ha enseñado a hacer un cine con demasiada verborrea, un mal cine, que se apoya más en el micrófono que en la cámara que produce imágenes.

Con este particular estilo el director va llegando a uno de los temas centrales de la película y de cierta forma recurrente en muchas de sus realizaciones: la sexualidad en sus diversas manifestaciones. Ya en 1985 con “La cita”, teniendo a Juliette Binoche como protagonista, enfrentó lo tórrido de una relación sadomasoquista en la que profundizó lo más que pudo, que le valió la Palma de Oro en Cannes a mejor director. Años después se acercó, de forma sugerida, al incesto en “Mi estación preferida” con la siempre sensual Catherine Denueve, muy apta para estos films. En 1994 con “Los juncos salvajes” y más adelante con “Los testigos” incursionó en la temática gay con la que vuelve de nuevo con la cinta de esta ocasión.

Narrar lo simple, lo cotidiano, donde aparentemente no pasa nada, para ir describiendo un proceso en el estado anímico y emocional de dos adolescentes con el despertar a su sexualidad, confusión, negación, miedo, la dificultad de aceptar su condición gay, todo ello, como ya se indicó, más con imágenes que con palabras, es uno de los buenos logros del guión y de la película misma. La puesta en escena de lo cotidiano, de la vida de todos los días, dejando que el peso del mismo relato descanse en el carácter visual de esta realización es su mayor mérito. Por eso lo bien recibida en el mundo fílmico, por eso los muchos aplausos que ha recibido su director a nivel internacional.

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