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Opinión

  • | 2015/03/19 17:35

    Reseña de ‘Birdman’, Alejandro González Iñárritu, 2014

    Motivos más que suficientes tiene ‘Birdman’ para que se alzara con el Oscar a mejor director.

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Quinto largometraje del muy premiado y conocido director mexicano que, con tan pocas películas en su haber, sorprende en ‘Birdman’ por la experiencia y veteranía que demuestra en la puesta en escena, movimiento de cámara, trabajo de actores, luz y contraluz, y antes que nada, una intensidad y permanente dramatismo que le imprime a cada una de las secuencias de esta realización, logrando un ritmo muy adecuado para el conmovedor relato de unos individuos sometidos al frenesí caótico de sus vidas, en el que claro está, se resalta el del personaje principal. Motivos más que suficientes para que se alzara con el Oscar a mejor director, sin olvidar que también es coguionista de la cinta, un guión muy sólido en su construcción y en el desarrollo de la historia que se sucede en pocos días. Todo ello no podía pasar indiferente ante la Academia que lo premió con el Oscar al mejor guión original.

El espacio cinematográfico que se construye con una gran variedad de tomas y planos, acontece, literalmente, entre bambalinas, o sea, entre los bastidores, entretelones y camerinos de un teatro, es decir, en una serie de lugares donde el espectador promedio no suele estar, ni conoce en detalle, pues por lo general siempre está del otro lado, sentado dentro del público y mirando solamente el escenario. Este elemento desempeña un papel muy particular en la cinta, como quiera que allí entre los intersticios de detrás del escenario, existen, se mueven y se desenvuelven una serie de personajes que serán enfocados de diversas maneras, por una cámara que los busca desde diversos ángulos y enfoques, registrando sus actos y comportamientos que son producto de una neurosis y de una frustración en lo más profundo de sí mismos, pues sólo han sido buenos y triunfantes en sus vidas como actores y nada más. El vacío y desesperanza que ello conlleva circula por estos bastidores y bambalinas, y ese es un mérito más de González Iñárritu de poder transmitir en imágenes ese ambiente agobiante y desconsolador, y que en su conjunto como film, son ya muchos destacados elementos, suficientes para recibir el Oscar como mejor película.

Una simple lectura del film conlleva necesariamente a reflexionar sobre ciertos puntos aparentemente centrales de la obra, como es el impulso del ego hoy en día sometido a ser “importante” y famoso, que en el mundo de la actuación ya sea teatro o cine, lleva a dichos individuos a extremos inimaginables, a pagar un precio demasiado alto que supera el propio nivel de la vida misma. Es el costo del intangible “ser famoso” que no conduce precisamente a un estado de plenitud, de placidez y satisfacción, o algo por el estilo. Se convierte más bien en un pesado yugo que ata al personaje central a su pasado, sin presente y soñando un futuro que no llega. Aquí aparece el valor del guión al respecto que a través de diálogos simples, más bien banales, y de esbozos de análisis que se quedan en lo superficial, a su vez, paradójicamente, entrega muchos elementos para cuestionar profundamente los estereotipos y valores impuestos en esta sociedad de inicios del siglo XXI a la que todos pertenecemos.

Siguiendo con la historia y el desarrollo del guión, entra en el espinoso tema de que todo lo que sea espectáculo de la índole que fuera y más si es en New York, todo se reduce a comercio, a mercadeo y taquilla, a la cruda ley de la oferta y la demanda que es a la que ha quedado sometido todo lo relacionado con el mundo del arte y la cultura desde hace muchísimo tiempo y que aquí se describe abierta y claramente, de forma descarnada, algo que poco gusta a los productores y que quizá pasa algo disimulado por estar referido al teatro y, supuestamente, no al cine. En esta puja de venta e ingresos donde al actor se le mide por su capacidad de lograr taquilla, aparece el papel de los medios de comunicación en una de sus variantes más polémicas: la crítica. La cual es también una cuestión de mercadeo, pues según la importancia y prestancia del medio, así también la de quien ahí escribe, aunque la persona se resista a creerlo como normalmente suele suceder, llegando a pensar que su valor es por ser quien es y no por el medio que la sustenta. Es marketing finalmente y hace parte del todo.

Es necesario hacer una cierta digresión y plantear que desde el punto de vista de publicación, de mass media, es muy diferente la crítica que se hace para teatro de la que se hace para cine. La que se presenta en esta cinta y quien escribe para el influyente y poderoso “Times” representa y con mucha soberbia el poder que le entrega el medio como tal. Para cine es muy distinto. Sin salir del “Times” y de otros poderosos medios escritos, estos hace mucho tiempo despidieron -fue noticia mundial- a sus críticos de siempre, puesto que desde que el cine es manejado por grandes consorcios transnacionales de gran poderío económico y político, todos ellos fueron reemplazados por promotores comerciales de cine, algunos disfrazados de “críticos” y otros más abiertamente dedicados a la difusión y mercadeo de estos productos llamados “películas” y hechos para rendir grandes beneficios. Es una tendencia, una ley general que se da en los medios del mundo.

Sobre la particularidad de que todo fue filmado en largos planos secuencia, es mucho lo que se ha informado al respecto y la técnica usada por Emmanuel Lubezki, encargado de dicha labor y por la que ganó el Oscar a mejor fotografía. Sin embargo, sobre lo que se ha escrito muy poco es sobre el efecto visual y dramático que tiene sobre la película el haber acudido a esta forma de filmación, algo que casi nadie comenta cuando se refiere a cine, extraña paradoja pues la imagen fílmica es el medio de expresión del llamado séptimo arte.

Porque poco y casi nada del drama y de la tragedia que deambula entre bambalinas sobre estos personajes, nada de ello se hubiera logrado si no fuera por el efecto creado con los interesantes movimientos de cámara logrados, como también de los diferentes planos y enfoques que realiza para crear este espacio cinematográfico que registra estos lugares donde se desarrolla la acción. El drama en cine es visual, González Iñárritu lo sabe muy bien y lo confirma con estos diversos y variados enfoques, que por haber sido muy bien estudiados y preparados con anticipación y trabajo, tienen más fuerza en su estructuración visual y conformación del relato.

Todo esto es lo que hace que el film tenga esa capacidad expresiva tan enorme y permanente, que no sólo recae en la interpretación de los actores o de la intensidad de la historia que desarrolla el guión. Pues estos dos últimos elementos son válidos para el análisis en teatro, pero en cine la puesta en escena y como recrearla es a través de un enfoque, de un plano, por eso su capacidad dramática de índole visual, que el director le sabe imprimir a sus realizaciones. En esta puso toda su experiencia, madurez y antes que nada talento para saber hablar y narrar con la imagen, esencia del cine. Remata con un final abierto, con el que se sale del drama de toda la obra y lo vuelve algo de comedia, de tragicomedia, un giro que no desentona con el humor negro que contiene. Una película que no deja a nadie indiferente, que siempre dará de qué hablar y no sólo por sus cuatro bien ganados Oscar, sino antes que nada por la forma fílmica como se han tratado los especiales temas que se abordan.

*gusvalenciap@yahoo.com
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