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Opinión

  • | 2016/12/02 09:47

    “Después del amor” (L’Economie du couple), Joachim Lafosse, 2016

    El proceso de separación de una pareja con hijos puede entregar una realización plena de sentimentalismo y drama facilista o todo lo contrario, un planteamiento realista y sin juicios moralistas como el de esta película.

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El director Joachim Lafosse, bastante desconocido en nuestro medio, es de origen belga y filma en Francia o en coproducciones franco-belgas como la de la referencia. Siempre es el guionista o coguionista de todas sus películas, en las que ha demostrado una gran capacidad para escribir dramas de la vida real, sin estereotipos ni concesiones en cuanto plasmar estos individuos comunes y corrientes, escenificados en situaciones en las que todo espectador se ve representado, porque ha tenido alguna vivencia o experiencia similar en la que se siente reflejado, más bien personificado y esto significa, antes que nada, que el relato presentado habla del diario acontecer de todos y cada uno, que lo humano escenificado tiene poco de ficción y mucho de carne y hueso, de una realidad que conmueve e impresiona por lo bien caracterizados sus personajes, con todo lo que ellos sientes, viven y comparten.

Resulta llamativo apreciar una nueva tendencia de algún sector del cine europeo, interesado en retratar situaciones y momentos en la vida de los seres comunes y corrientes, sin calificativos ni juicios, con la intención de representar con un marcado realismo lo que ya para la televisión dejó de tener interés y por tanto, permite que el cine se acerque con una mirada directa a enfocar estas situaciones de lo aparentemente cotidiano, donde se escenifica a una inmensa mayoría y si para ello, como en esta ocasión, se acude a escribir el relato con una mujer y un hombre, expresando cada cual su visión de género, tan de por sí diferente en todo y para todo. Historia escrita por personas que se nota que han vivido esta experiencia y así lo plasmado en la narración tiene la visión del uno y del otro, esto le otorga ese matiz tan verídico, sin caer en el documental y tampoco en el melodrama. Un balance que no siempre es fácil de mantener y que aquí los guionistas lo consiguen de manera brillante.

La película se acerca a la temática de cuando en una relación de pareja el hombre es mal proveedor de lo económico, enfrentando el patrón sociocultural de mayor tabú, puesto que eso es lo único que no le está permitido, todo lo demás es aceptable pero que no sea sustento material es inadmisible; la sanción y rechazo es igual por parte de mujeres y hombres, incluso aún más por parte de estos últimos para con un marido así (Tan igual a si una mujer no es buena madre, dentro del m ismo modelo sociocultural que establece cuando es buena o no, y la fuerte condena que sufre por parte de hombres y mujeres, en especial el de estas últimas porque es más acentuado y agresivo).

Si el hombre no es buen proveedor, ahí se termina la relación. No es lo más importante en la pareja, pero si lo financiero no funciona, ésta se acaba. Distinto con el sexo, pues si hay problemas en ese aspecto se buscan ayudas y terapias, pero con lo financiero no. Esto lo resalta el guión de manera concisa, lo que se corresponde con el m ismo título original que le dieron sus autores “La economía de la pareja”, pues este punto es el verdadero fondo de toda la cuestión, del desafecto y del rompimiento, más acentuado en el conflicto por la separación de bienes. La economía de la pareja y en especial lo que aporta el hombre, pues a veces no es cuestión de sentimientos o de infidelidad, es sólo lo relacionado con los ingresos, pues este factor siempre separa parejas y en gran cantidad.

La narración presentada se convierte en muy buena radiografía en la que a veces se llega a un hiperrealismo que deja al espectador sin aliento, participando de la puesta en escena y representación de lo humano en sus diversos aspectos, de las diversas formas en que se manifiestan las frustraciones y los sueños rotos en una mujer y en un hombre que conformaron una relación y una familia. Situación compleja, tortuosa y difícil, donde no hay ni buenos ni malos y esa ausencia de juicios moralistas es otro de los méritos de la historia que se escenifica.

Sin caer en el facilismo del melodrama, gancho mercantil con el que mucho director-guionista suele remediar su falta de creatividad. Aquí en cambio se está apelando a la experiencia vivida de la realidad por parte del espectador, en el que es involucrado desde lo emocional y desde su condición de género, en el que el drama es el elemento estructurante del relato (Una variante narrativa que ya se puede apreciar en varias realizaciones europeas actuales y por citar dos de las más recientes, la película francesa “17” de André Techiné y la alemana “24 semanas” de Anne Zohra, que presentan esta característica común de un cierto hiperrealismo al registrar fílmicamente un fracaso, una adversidad o una tragedia, convirtiéndola en el aspecto relevante que organiza y estructura la misma narración).

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