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Opinión

  • | 2015/06/22 09:55

    “El juicio de Viviane Amsalem” Ronit y Shlomi Elkabetz, 2014

    El film relata el tortuoso proceso de la protagonista tendrá a partir de un absurdo legalizado que sobrepasa los límites de lo imaginable, es un simple esbozo de realidad imposible de que suceda en occidente.

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Hace más de un siglo en algunos países de Europa y en los Estados Unidos, la sociedad comenzó a ser cuestionada en sus valores más tradicionales y antiguos respecto de la mujer, por una serie de reivindicaciones feministas que estremecieron sus cimientos, que nunca antes habían sido posibles e imaginables y que a partir del momento irían a cambiar radicalmente muchos patrones de comportamiento en la cultura occidental, desde el mismo núcleo familiar hasta las profesiones más conspicuas, pasando por la sexualidad y libertad de pareja, además de una particular y propia cosmovisión. Nadie estaba preparado para ello, ni siquiera el grueso de la población femenina, crecida y educada social y culturalmente para ser sumisa y dependiente del hombre. Con muchos matices y corrientes según cada país o sociedad, se le conoció con el genérico de “liberación femenina” entorno a la reivindicación e igualdad de sus derechos.

De aquellos años hasta el momento ha corrido mucha agua, han sucedido infinitos cambios y ya son varias las generaciones que crecen en otro ambiente sobre  igualdad femenina, aunque el tema y la situación estén lejos de agotarse. En el ámbito de las manifestaciones culturales en donde más se ha reflejado este asunto es en el de la literatura, en el que muchas escritoras, particularmente en las primeras décadas del siglo XX se hicieron portavoces de dicho movimiento. El cine, siempre a la zaga de todo aquello que convulsiona social y políticamente una sociedad, en especial el cine comercial que por ser de gran difusión popular se hace eco de todo esto tardíamente, así por ejemplo, sólo hasta las décadas de los sesenta y setenta cuando resurge de nuevo este movimiento de liberación femenina, el cine comienza a referirse al tema porque son las mismas mujeres quienes se colocan detrás de cámara para filmar y dirigir  según sus propios puntos de vista tanto femeninos como feministas.

Con el tiempo y relativamente afianzadas sus tesis como logradas muchas de sus reivindicaciones en la cultura occidental, la mirada se vuelve a otras sociedades, las del cercano y medio oriente en especial, donde todo permanece igual a través de los siglos y la estructura patriarcal de lo establecido es incuestionable. En cine primero sucede a través de terceros, por ejemplo, es por medio de películas alemanas y francesas que se informa sobre la cultura turca o árabe respectivamente, y de la situación de opresión que sufren las mujeres sometidas a unos patrones culturales que no encajan con la sociedad de los países a donde han emigrado sus familias con sus tradiciones y valores ancestrales. Luego, con los años, se ruedan más explícitamente, desde diversos países, valerosas películas que hablan y describen esta situación.

Cintas iraníes, hindúes, egipcias y de otras naciones circunvecinas, que plantean un enfrentamiento directo a estas condiciones que sufren las mujeres de dichos lugares a nombre de la tradición, la religión, el honor y otros valores patriarcales como recursos de justificación y legalización de lo establecido.

Con “El juicio de Viviane Amsalem” de la pareja de israelitas Ronit (ella es la actriz  protagonista) y Shlomi Elkabetz, el turno le corresponde a la sociedad judía, a la actual nación israelí, de la que se conoce muy poco en esta materia. Una nación de gran poderío económico en occidente, del que se puede llegar a pensar que es tan liberal y progresista como en los países donde es tan fuerte financieramente, y esta película se convierte en un documento contemporáneo y muy cuestionador de la sociedad patriarcal hebrea donde la mujer tiene roles fijos y férreamente establecidos, inamovibles y bajo la supervisión y control masculinos. En el que, como en este caso ante el divorcio, no tiene ni voz ni voto, más aún donde no es visible, donde no existe como mujer y mucho menos como género.

A partir de un proceso de petición de divorcio por parte de la esposa, se viene a saber que según la ley sólo se lo puede otorgar el marido, si él así lo desea. Sobre esta base el film relata el tortuoso proceso que la implicada tendrá que vivir a partir de un absurdo legalizado que sobrepasa los límites de lo imaginable, que por la fuerza de los hechos escenificados se hace más difícil de aceptar, de digerir y de creer que lo que la pantalla muestra es un simple esbozo de realidad imposible de que suceda en occidente y por eso su amargo sabor a opresión, a humillación permanente, que enciende los ánimos y la discusión al respecto.

Una película que dará mucho para comentar y discutir, que de todas formas se hace imprescindible verla para poder terciar en el debate. Por la temática que transmite de hecho viene ganando premios en grandes festivales internacionales como en el de San Sebastián y en el de Chicago donde ganó premio al mejor guión, escrito por la pareja que dirige, cuyo trabajo se convierte en la fisura de una sociedad muy hermética que deja ver la mentalidad y cultura machista judía, y que hoy en día con la lucha por la igualdad femenina, es un documento fílmico de gran valor e importancia sobre esta nación muy cerrada al respecto a nombre de la religión, la tradición y la ley.

Punto aparte para hacer referencia a otro aspecto presente en esta película, aparentemente formal y secundario, que es un fenómeno mundial. Es el relacionado con los efectos de la televisión en la realización de cine, en el empobrecimiento fílmico que conlleva, pues en el set de televisión se reducen muchos elementos que en el cine son básicos, o que eran básicos para no perder su esencia cinematográfica. Algo que hoy por hoy pasa desapercibido para todos, es decir, para público en general, directores, comentaristas y especialistas. Ya no importa que la cámara no tenga movimiento, que los planos sean siempre fijos, muy frontales y con sólo rostros en la pantalla, con una luz plana y sin contrastes, como en esta película, que todo es como en un pequeño set de televisión, donde no hay espacio para un riel donde se deslice la cámara y capte diversos planos y enfoques y que antes era una constante en el cine, ahora la nefasta influencia de la televisión ha venido degradando el lenguaje fílmico. Pasa desapercibido, nadie lo nota, nadie lo comenta. Como lo dijo hace muchos años Henri Langlois, el famoso director de la Cinemateca francesa, “la televisión ha enseñado a hacer un mal cine”.

La película se filma todo el tiempo en el pequeño salón de audiencias donde se encuentran los jueces y las partes en litigio (además de una que otra breve escena en la sala de espera de dicho salón), lo que significa un reto fílmico y que supone un permanente desplazamiento de cámara que entregue una variedad de enfoques y planos con el fin de crear y recrear un espacio cinematográfico, lo que hoy en día nunca sucede. Actualmente muchos realizadores no desarrollan ni aprovechan esta capacidad visual inherente al cine, esta facultad de poder hablar con la imagen y así el dramatismo queda reducido a los diálogos y no a las imágenes mismas, que es lo que ocurre con esta película que la sostiene el tema mismo, el qué de la historia y no el cómo se relata. Ahora lo que importa, según la televisión, es lo qué se dice y no el cómo se dice. En estos términos pierde el arte cinematográfico y todo se reduce a un relato, lleno de diálogos y con un apoyo visual muy secundario. A la mayoría de las películas de hoy les falta cine y les sobra televisión.
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