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Opinión

  • | 2016/08/04 15:23

    “Las inocentes”, Anne Fontaine, 2016

    ¿Cómo es la fe de unas monjas que han hecho votos de castidad y son violadas varias veces por soldados invasores, dejando a muchas de ellas embarazadas? ¿Cómo es ese drama al interior de ese convento?

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Desde que existen monasterios de monjas se sabe por las crónicas mismas de todo un historial de saqueos, violaciones e incluso masacres, por lo general, a manos de todo tipo de ejércitos. Ahí empieza y ahí termina dicha información, no se sabe más, nadie indaga más, parece que a nadie le importa qué sucede dentro de las paredes de estos conventos, entre otras razones porque las mismas víctimas se han encargado, por obvias razones, de que todo se cubra con un pesado manto de silencio y olvido, algo que mal que bien han logrado hasta el momento, pues de hecho el tema mismo es casi inexistente en literatura y en cine.

Abundan sí, libros y películas sobre situaciones conflictivas claustro adentro, como de luchas internas, misticismo y claro está, escándalos sexuales. De todo ello en cine la referencia inmediata es con “Los demonios” de Ken Russell de 1971 con la magistral interpretación de Vanessa Redgrave; pasando por “Agnes de Dios” de 1985, con la dirección de Norman Jewison y con Jane Fonda en el papel protagónico; hasta “La religiosa” del 2013, dirigida por Guillaume Nicloux según la novela de Diderot; sin olvidar la particular reconstrucción histórica de Margarethe von Trotta “Visión. La historia de Hildegard von Bingen” de 2009. Más sobre este particular drama de violación a las monjas de un convento y la subsiguiente tragedia vista desde adentro, casi que el tema es inédito y por tanto, hay mucho que plantear y representar, en últimas todo un reto para quien intente traducirlo en imágenes para la pantalla grande, reto que asume Anne Fontaine.

La directora de origen franco-luxemburgués, en algunas de sus últimas películas se ha basado en novelas escritas por mujeres, así se conserva el punto de vista femenino de la respectiva autora al ser llevado al cine por otra mujer. Por ejemplo, en el año 2005 adapta una obra de la novelista Dominique Barbéris con el título de “Entre sus manos”. En el 2013 su más polémica realización que partiendo de Doris Lessing, adapta “Las abuelas” con el título de “Adore” que habla de dos mujeres, amigas íntimas desde la infancia y que establecen relaciones sexuales cada una con el hijo de la otra sin que merme su amistad. Un tema que sólo podía concebir la escritora, premio Nobel, y mantener su esencia otra mujer al trasladarla al mundo de las imágenes en movimiento. En el 2014, partiendo de una novela de Posy Simmonds realiza “Gemma Bovery” una divertida sátira sobre una Madame Bovary contemporánea.

Para la película de esta ocasión Anne Fontaine no acude a una novelista sino a las personales memorias y notas que escribió Madeleine Pauliac, médica de la Cruz Roja, quien al finalizar la segunda guerra se encuentra asignada a una especial unidad cercana al convento de los acontecimientos y por tanto, lo que relata son hechos verídicos, de los que otras personas se van a enterar, porque es alguien de afuera que acude a tratar de ayudar a estas monjas embarazadas, si no, sería otro caso más que hubiera caído en el silencio y el olvido. Empieza, por tanto, detallando el conflicto existente con el voto de castidad que han hecho y su condena al infierno, puesto que no pueden ser tocadas, ni vistas, ni mostrarse desnudas, no importa que sea ante una mujer médica. Aparece y está presente durante toda la cinta la mirada crítica de la doctora, quien es confrontada con unas monjas con temor al castigo divino y a los férreos conceptos del dogma cristiano en un convento.

En las memorias que escribe Madeleine Pauliac se puede apreciar que apuntan a observar la crisis de fe al interior de estas monjas, no tanto al drama de embarazo y atención médica que para esta doctora es lo cotidiano, es su quehacer permanente. La directora recrea muy bien a esta mujer valiente y decidida, que se enfrenta a sus jefes, a sus colegas, a las tropas rusas y a las monjas mismas. Para todo ello la directora va desarrollando una ambientación y puesta en escena muy especial para recrear el drama de cada una de las embarazadas, en donde se nota que los hechos son verídicos, pues cada una de ellas reacciona de forma bien diferente ante el hecho de haber dado a luz.

A través de unas imágenes muy sobrias y bien estudiadas acordes con lo que se representa, la película es una trágica sucesión de hechos con base en estas memorias, algo que el guión mantiene como un punto importante del relato, sin descuidar el drama mismo que supone violación, embarazo y mantener el secreto, asociado necesariamente con una profunda crisis de fe en muchas de ellas, desde la madre superiora hasta la monja que se suicida o la que se va del convento a criar a su bebé. Dentro de la puesta en escena es importante reseñar el sombrío intencional de casi toda la película como planteamiento lumínico y de ambientación, algo difícil de por sí, pero que ayuda de todas formas en la recreación del ambiente dramático permanente que se representa, que al final contrasta con mucha luz y color dada las nuevas condiciones que imperan en el ambiente.

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