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Opinión

  • | 2015/05/29 10:29

    ‘Mandarinas’, Zaza Urushadze

    Con ‘Mandarinas’ la guerra se remite a los antiguos países de la Unión Soviética, cada vez más escindidos y buscando su consolidación como estados nacionales.

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Desde que existen las guerras también han existido quienes se oponen a ella por diferentes motivos ya humanitarios, políticos o religiosos; igualmente, otros lo han expresado en el ámbito de las manifestaciones culturales y artísticas. Ya el famoso Aristófanes lo hacía en obras como La paz y Lisístrata y así sucesivamente muchos autores y artistas durante los siguientes siglos con ánimo antibelicista y pacifista en literatura, teatro e incluso en pintura, por ejemplo el conocido Guernika de Picasso, hasta la invención del cinematógrafo y con ello, se asiste al surgimiento de películas al respecto. Para la época del cine mudo cintas como Civilización de Thomas Ince en 1916, y la de King Vidor El gran desfile en 1925, se refieren a dicho aspecto.

Con el inicio del sonoro, muy creativamente con este nuevo invento un alemán, Wilhelm Pabst, rueda Cuatro de infantería en 1930, en el mismo año que Lewis Milestone lleva al cine la novela de Erich Remarque Sin novedad en el frente. Sin embargo, las guerras continúan independiente de las diversas opiniones y manifestaciones en su contra hasta el día de hoy, pasando por guerras relacionadas con odios nacionales, étnicos y religiosos. Sobre este tópico y de los últimos años se destaca la realización del bosnio Danis Tanovic sobre el conflicto de los Balcanes En tierra de nadie de 2001, ganadora entre otros premios internacionales del Oscar a mejor película extranjera.

Con Mandarinas la guerra se remite a los antiguos países de la Unión Soviética, cada vez más escindidos y buscando su consolidación como estados nacionales. Esto es lo que sucede entre georgianos, enfrentados a separatistas de Abjasia que cuentan con el apoyo de chechenos. Sin grandes discursos ni llamados plenos de argumentos humanistas o religiosos, el film presenta a su protagonista, un hombre mayor quien con su paso lento, ya sin odios ni pasiones, casi que por encima del bien y del mal, no se ha ido de su terruño como todos los demás, aunque la guerra lo está cercando, o sea, la destrucción y la muerte están por llegar. El director que también es el guionista, en diálogos muy sencillos con los otros coprotagonistas y más que con palabras, a través de los hechos simples y cotidianos, va confrontando el carácter irracional y estúpido de todo lo que son creencias y resentimientos que justifican matarse entre sí.

Este es el quinto largometraje de Zaza Urushadze quien muestra, además de un conocimiento y experiencia en la materia, que posee un talento fílmico muy especial y muy apto para el ritmo que le imprime a toda la película. Con una cámara que desplaza suave y pausadamente como el andar de su protagonista principal, va captando en imágenes el espacio cinematográfico para la tragedia en ciernes, ya sea con diversos planos y enfoques en los interiores en que se mueve buena parte de la cinta, como también con estudiados planos para los exteriores, como por ejemplo en la recolección de mandarinas. En todos estos momentos se aprecia su talento fílmico para lograr que el drama como todo drama en cine sea eminentemente visual, y en este relato por el tema mismo, el antagonismo de los beligerantes y el sinsentido del mismo, esto hace que imperceptiblemente todo descanse en el agradable y oportuno tratamiento de saber expresarse por medio de la imagen fílmica, esencia del cine.

Este saber hablar con la imagen es lo que le permite al desarrollo del relato que obtenga mucha economía de palabras (el cine se llenó hace tiempo de palabras y palabras) y que lo visual sea lo que predomine en la intención de que de manera muy sencilla y en apariencia simple, se logre la profundidad del sentimiento antibélico y de exponer en toda su dimensión el sinsentido e irracionalidad de estos enfrentamientos injustificados y que convierten a personas honestas y de bien en avezados asesinos, en sangrientos monstruos que no tienen nada que ver con su carácter natural y forma de ser. Que son preparados y condicionados para matar, no por ideales ni motivos justos, pues nunca los hay para estas acciones, sino para generar un frenesí y ceguera colectiva al servicio de unos pocos. Por eso a veces la narración adquiere matices de comedieta y de tragedia a la vez, pues es la tragicomedia de los que se quieren matar entre sí y no saben realmente por qué lo hacen, más bien obligados a hacerlo.

Muy al margen y que vale la pena resaltar aunque se presenta muy tangencial en el film y es sobre una corta secuencia pero muy diciente, que de manera aguda plantea muchos aspectos sobre lo que el cine comercial ya tiene acostumbrados a todos en el mundo entero. Si un automóvil o similar cae por una ladera o precipicio, cuando llega al fondo o antes, estalla de forma espectacular y ya todo el público está condicionado a dicha explosión. En la película cuando echan a rodar la furgoneta de los “enemigos” por un pequeño barranco, la cual se destroza en la caída y no sucede nada más, el director elabora las siguientes líneas, una para cada uno de los tres que contemplan la caída:

-Pensé que iba a explotar (Dice el médico)
-Explota en el cine (Dice el de las mandarinas)
-El cine es un gran engaño (Dice Ivo el protagonista)

Un diálogo muy de cineasta crítico trasladado al guión; un diálogo digno de ser transcrito por todo el sentido de cuestionamiento que conlleva y que refleja mucho de lo que el cine comercial ha creado falsamente en la conciencia y en las creencias de las personas. Interesante que sea un director de cine quien realice el comentario y de una forma sencilla y profunda, como es todo lo que expresa en esta bien lograda película.
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